Ezra Pound. Cantos. 1915-1962. Estados Unidos.

 

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Autentico work in progress, enciclopedia del saber poético, en Cantos se dan cita toda clase de signos: verticales, fonéticos, visuales, sonoros… griegos, latinos, chinos, alemanes, españoles, italianos…nada histórico le es ajeno. Si alguien se dispone a desentrañar las claves de Cantos, muy seguramente tendrá que vérselas con la inabarcable idea de que cada hombre es, ha sido y será todos los hombres (una idea que cruza igualmente los infinitos pasadizos de la obra de Borges). Por eso es de esperar que los grandes temas, los temas inevitables en todos los frescos del mundo, se den cita aquí, y que entre ellos, el Amor y la Muerte celebren un ruidoso festín de mar y vino, de sangre amarilla como la del sol, para que entre tropeles orgiásticos, entre un Yo de dimensiones místico-divinas, copulen simultáneamente las demonologías griegas y americanas, las Hojas de hierba del Nuevo Mundo, la intrepidez de las balsas de la Eneida, y los primeros y últimos hombres de Europa (la usura, contemplada como el mayor mal que aqueja a Occidente, también se evidencia en las numerosas citas de economistas).

El hecho de que a cada rato tropecemos en Cantos con el omnipresente rostro de la libertad, como germen de todas las transformaciones, de todos los excesos, nos dice que en Pound habita una suerte de Robin Hood de los bosques de palabras: hurta vocablos allí donde yacen temerosos y presos, y los libera en mil direcciones acústicas. Casi como si tomara piedras antediluvianas y encontrara en ellas resonancias vírgenes.

Hay mucho de las vanguardias en Cantos, y a la inversa. El Ulises y la Tierra Baldía primigenios pasaron por las manos de Pound, por el rumoroso licor de ese tonel inagotable que es Ezra, al punto de contagiar a Eliot y a Joyce de sus pretensiones totalizantes. Entre tanto, Pound abandonará la «cuna que se mece eternamente» por el vaivén acuífero de una góndola en Venecia. Dejará el progresista canto de su tierra a Whitman, y correrá a Europa a embriagarse con sus quesos rancios y sus guerras tuberculosas.

Es en Europa donde los Cantos cobran mayor significancia. Para Pound, el provincianismo puritano de los Estados Unidos se le antoja estrecho. Es en Europa, cuna de varios idiomas cultos, hogar de doctrinas antiburguesas como el fascismo —que, dicho sea de paso, con su falsa aureola de novedad y contundencia, llevara a Pound, poeta políticamente niño, hasta la cárcel—, donde el de Idaho mejor se siente.

A lo mejor los Cantos cuestionan la coincidencia de pensamiento y lenguaje justo por ello. La geografía y la ficción conjuntas conducen a que unos fragmentos tengan resonancias en otros, a que Pound, por esa vía, desarrolle su idea de Paideuma, la búsqueda de un ideal de cultura. Es así que Confucio, Malatesta, los poetas chinos, los provenzales y los Clásicos, agrupen un monstruoso y a la vez sereno canto de cisne que nos habla de, por ejemplo, su agitada vida pública: “He intentado escribir el paraíso/ Nos os mováis/ Dejad hablar al viento/ ése es el paraíso/ Que los dioses perdonen/ lo que he hecho/ Que aquellos que amo traten de perdonar/ lo que he hecho.”

En definitiva, en Cantos encontramos una de las obras poéticas más importantes del siglo XX. La tenacidad y la inteligencia incombustibles de Pound, más su enorme sensibilidad lírica, así lo hicieron posible.

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