El lobo estepario. Hermann Hess. 1927. Alemania.

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Tres partes componen a El lobo estepario: la presentación del héroe y eje de la novela, el artista Harry Heller; la confesión o autorreflexión sobre su yo interior; y un breve tratado intercalado en la confesión. La narración en forma de diario de su vida ofrece la visión particular del autor sobre el alma humana. Harry Heller, solterón que ha arribado a la cincuentena, alquila una habitación en una mansión burguesa, en el corazón de la gran ciudad. Heller, qué duda cabe, posee buenos modales, pero sin duda es un hombre extraño. Un anacoreta citadino cuyo mundo interno se revela a través del relato de sus insólitas experiencias.

Al principio, Harry sólo es capaz de dividir su vida interna en dos estados superpuestos: su yo espiritual, que se deleita con los placeres eternos, y su yo animal, que lo define como un lobo estepario. En este punto podríamos recordar aquello de “el hombre es un lobo para el hombre”. Una puñalada de Plauto que popularizó Thomas Hobbes. En el caso de Harry, es él quien es un lobo para sí mismo, pues en cierta ocasión, hallándose completamente borracho, nos dice que se encuentra cara a cara con su inconsciente. A primera vista, da la impresión de que se trata de un personaje que encarna el carácter contradictorio de la esencia humana, lanzada a una época convulsa, de profundos cambios para Occidente (algo de esto ya nos había anticipado el Mr Hide de Stevenson); o también podría ser el modo en que Hesse aborda al Doppelgänger, a ’el otro’, ese tema que ha cruzado desde tiempo inmemorial todas las literaturas.

En todo caso, en el tratado ‘El lobo estepario’ Harry desarrolla el tema de la dualidad interior del hombre. Habla de la imposibilidad de liberar el espíritu de la cárcel del cuerpo sin morir, y al parecer, él mismo lo logra. El hombre versus el lobo, o lo que es lo mismo, el espíritu versus el instinto, es una reflexión pasada por el polen del recién nacido psicoanálisis. Allí, en la espiral rocambolesca y alucinatoria que vive Heller, se indaga cuál sería la unidad, el punto de equilibrio en un mundo que se presenta caótico. Su dilema, el dilema de este hombre que vive en el siglo XX pero que aún mastica las expectativas del XIX—recordemos aquella vieja idea del Progreso—, es el del individuo que ya no halla refugio en la fe, en las grandes ideas, en nada.

Así las cosas, el desmembramiento y desorden interno que aquejan al protagonista se exacerban a medida que avanzamos en la novela. Su fascinación por el abismo, su obscena atracción por el suicidio y la catástrofe, se manifiestan en el éxtasis que lo abrasa al conocer a Armanda, «su yo vital». Al final, cuando el protagonista ha sucumbido totalmente a la locura, aparecerán Mozart y Goethe para recordarle que aún existe un lugar donde puede encontrar la calma y el oasis, un punto muerto a los incendios, las turbulencias, a todos los paroxismos y extravíos: el sublime mundo del arte.

De todos modos, el que quiera abarcar todas las implicaciones filosóficas o existenciales que se desprenden del LE se lanzaría a una tarea imposible y hasta irresponsable. El nihilismo nietzscheano, el pesimismo de Schopenhauer, el budismo Zen, las alegorías sobre el crepúsculo de la civilización, todo esto y mucho más empuja a Heller hacia un escepticismo autorreflexivo, que da cuenta de cómo él, con todo lo que teníamos por humano, se despeña día a día, paso a paso, hacia la debacle total. Si bien Harry Heller, cuyas iniciales coinciden con las del autor, representa el arquetipo del individuo que padece los efectos devastadores de una sociedad insolidaria, atomizada, encarna también la paranoia que absorbe a todos los hombres de esa sociedad, el miedo en que han caído tras cavar unas trincheras insondables, las que cuartearon su alma y su siglo, el de la Gran Guerra.

Si nos acercamos a la obra desde un plano estrictamente literario, en ella hallamos una fuerte sacudida para con la novela precedente, la decimonónica. El naturalismo de Zola— que había nacido con un fuerte tufo a determinismo (Naná es una ‘buscona’ por una predisposición de su clase social)—, indudablemente se distancia de ella. Lo mismo pasa con el realismo balzaciano o el de Flaubert: ambos se derriten cuando Harry Heller pone un pie en el Teatro mágico. Estamos en el surrealismo.

Pero es posible que nada nos prepare para su primera lectura. El lobo estepario, hay que decirlo, puede llegar a impactar, sobre todo en la adolescencia. Hoy sabemos que su influencia se ha extendido incluso a las bandas de rock— Steppenwolf. Así las cosas, estamos ante una obra notable, que leída a la luz del siglo XXI, quizá no tenga mucho que decir sobre los drones o las luces LED, pero sí quizá sobre el homo tecnologicus, el lobo de la estepa de cemento, aquel que raptado por un adminiculo parlante, espera hallar en la virtualidad algún dulzor, algún querer, cualquier cosa que lo entretenga y le haga olvidar la fatigosa realidad.

Es alguien a quien Harry podría mirar con terneza.

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