Moby Dick. Herman Melville. 1851. Estados Unidos.

maxresdefault(imagen tomada de internet)

1

Hablemos de ballenas. O mejor, de una ballena, una muy especial. Se trata de un ejemplar que tiene la frente arrugada, la mandíbula torcida, y tres agujeros perforados en la cola de la aleta. Tiene, además, restos de arpones desperdigados a lo largo del cuerpo. O sea que es una desfigurada, que no es para nada feliz. Aparte de eso, esta ballena, tan blanca ella, tiene algo más, una cosa caligráfica y misteriosa: un nombre. No sabemos si ya figura inscrito en el Registro Civil, pero Moby Dick, nombre anglosajón donde los haya, da la impresión de pertenecer a alguien corajudo y tenaz. A alguien a quien le habría encantado una obra como Rebelión en la granja, por aquello de la ira zoológica y vengativa…

2

El argumento de la novela, en apariencia, es de una sencillez casi pueril: el capitán Ahab, un curtido hombre de mar a quien una ballena arrancó una pierna alguna vez, corre ahora en pos de esa «omnidestructora», presto a cobrar venganza, «hasta que eche un chorro de sangre negra y estire la aleta», a través del océano Atlántico, en una persecución hollywoodense y en la que el testarudo hombre termina por encontrar «una muerte muy mohosa y salada» y, diría yo, heroica.

Muchas páginas de la obra cuentan cómo se comercian las ballenas capturadas, además de la vida cotidiana en el barco. Otras insertan reflexiones filosóficas, astronómicas, políticas, ontológicas y más. Entre tanto, Ismael, el marinero que cuenta la historia, ha hecho buenas migas con un arponero caníbal, oscuro y poblado de tatuajes. Es una amistad que revela en él un hombre de mente abierta; excesivamente abierta para su siglo, tan puritano, racista y varonil. Además de culto, es buen observador. Una cualidad que le permitirá narrar fidedignamente la multiplicidad de hechos y matices que ocurren a bordo y afuera del Pequod, «el coche fúnebre» naval.

Está claro que la tripulación entera sabe que Ahab está de psiquiátrico, que es el mismísimo Belcebú, pero ellos, hechizados, sanchopanizados, agradecen su chifladura. Hay cierta aureola de grandeza en el delirio de Ahab: la belleza y los terrores que prodiga a bordo del Pequod sirven a Melville para hacer un poderoso despliegue de sus preocupaciones más íntimas: las confusas derrotas del hombre confrontadas a sus aún más confusos triunfos, sus irreprimibles deseos para crear y, al mismo tiempo, destruir cuanto tiene a su alcance.

En la ballena se ha querido ver un símbolo de la naturaleza indescifrable y, en Ahab, aparte de su voluntad a prueba de balas, la necedad inconmensurable que rebosan los hombres. También se ha inferido, un poco crípticamente, que la obra es una deslumbrante metáfora sobre el inútil combate contra el Mal, cualquier cosa que ello represente. Sea como fuere, podríamos convenir en que la vaporosa textura del destino (cualquier destino), resalta la impotencia humana para elegir. Para tomar una decisión que acabe con la ambigüedad que reina en él. O sea que volvimos a los griegos, a Edipo.

En todo caso, los símbolos de Moby Dick nacen de hechos tan visibles como el océano. Ése que con su populosa megalomanía sirve a Melville para fundir cualquier elemento alegórico que habite en su poderosa y neoyorquina cabeza (tal como luego hará David Lean con el desierto, o Stanley Kubrick con el espacio exterior).

Para Melville, hablando nietzscheanamente, el hombre está sometido a dos fuerzas antagónicas: «una que lo dispara directo al cielo, y otra que lo arrastra masticando a una meta horizontal.» De modo que lo que persigue Ahab no es la ballena, sino un modo de autoflagelarse. Una excusa para desahogar sus ganas de expiación y desatino.

Entre tanto, esa cosa de pastor protestante, de tipo sermoneador que también tuvo Nathaniel Hawthorne y que le sale a chorros al capitán Ahab (¡Ah, esos tres inexpugnados campanarios míos; quilla sin quebrar; casco sólo herido por los dioses; firme cubierta y altanero timón, proa apuntada al polo; barco glorioso en la muerte!), es la máscara que delata los dilemas místico-religiosos de Melville, una suerte de Tolstoi estadounidense, de André Gide heterosexual, que no puede esconder que, tras algunas de sus obras, pese a su aparente heterogeneidad y heterodoxia, se esconde un predicador, un orador evangelista en pleno atrio dado a prodigar monsergas.

El libro de Jonás— por aquello de la ballena y el mar y la ira de Dios— se acerca mucho a Moby Dick. Ya uno de los personajes, en un tono entre catastrófico y elogioso, nos ha dicho que ese libro «es uno de los cordones más pequeños en el poderoso cable de las Escrituras». Y aquí, si somos un tanto suspicaces, sospechamos las verdaderas intenciones del autor, el verdadero cachalote al que persigue Melville: él, con su desmesurada aventura oceánica, desea escribir su propia versión del libro de Jonás, con catadura de novela, pero en plan agotador, ulisesco. Algo así como si tomáramos a El viejo y el mar y lo ensancháramos en varios tomos. Es el anti-Hemingway.

3

Hace poco, alertando a todos los padres de hijos adolescentes del mundo, oímos hablar de un juego suicida llamado La ballena azul. Habría que invitar, a quienes sobrevivieron a él, a que se suscriban a esta ballena blanca.

Saldrán con más vida, eso es seguro.

maxresdefault (1)(imagen tomada de internet)

Anuncios

4 Respuestas a “Moby Dick. Herman Melville. 1851. Estados Unidos.

  1. Bendita ballena. Si Melville se hubiera casado con una ballena blanca no me sorprendería. Moby Dick es un libro que me gustó mucho hasta que llegué al capitulo (que para mi suerte no recuerdo el nombre) en que describe minuciosamente a este ser…morí de aburrimiento y no pude enganchar nuevamente. Pero tengo pensado volver a leerlo. Salvo ese capítulo. Lo del juego nunca me quedó claro. Qué horrible es 😥

    Le gusta a 1 persona

  2. Acá entre nos, a mí me costó mucho terminarlo. Muchísimo. Pero me había impuesto esa tarea por simple reto personal. Después, por ahí he visto que MD suele considerarse uno de esos libros que casi nadie termina, por lo mismo, por agotador, como decía arriba.
    Y bueno, sí, ese capítulo que mencionas es como para cerrar el libro, e irse a jugar a La ballena azul (horriblísimo). Y pese a todo, MD tiene momentos increíbles, como el final, pero está tan lejos….. Un abrazo.

    Le gusta a 1 persona

  3. Ahora que leo tu comentario, acabo de caer en la cuenta de que, quizá, es Ahab la verdadera ballena de esta historia. Es decir: que así como él se fascina por ella, asimismo nosotros caemos fascinados por su obsesión, justo como si fuéramos un marinero más. Una cosa muy quijotesca, desde luego.
    Un abrazo.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s