El padrino 2. Francis Ford Coppola. Estados Unidos. 1974.

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I

Año 1974. Conmoción gringa. Escándalo Watergate. Aparición en cines de El exorcista y de otra cinta muy esperada: El padrino, segunda parte.

II

El patriarca Corleone muere y con esa muerte el poder de la familia tambalea, coquetea con el derrocamiento, pero un imperio caído nunca se vacía del todo. Siempre termina por integrar sus átomos, su esencia, en algo más que llega y se ensalza (o se desestima), en las estirpes que a partir de aquí toman aquella herencia y la pulen (o la carcomen).

Es así: una plusvalía nueva se vuelve reconocible.

III

Nada más americano que la forma en que los inmigrantes se americanizan. Sobrevivir, buscar amparo. Apoyarse en los coterráneos y echar raíces allí donde el suelo cede. En la primera parte –El padrino I–, el poder se afianzaba en la lealtad, las amenazas próximas a ejecutarse, en hacer un favor para cobrarlo después. Aquí, en cambio, aquel ritornelo pierde sentido al prodigar una violencia intrusa, ajena, sin dirección ni pausas. Los códigos de honor gansteriles, la violencia intimidante y sigilosa del padre, pasan ahora por una violencia sin tradición, alejada del cerebro y muy cerca del gatillo.

Pero es comprensible. Mafioso a su pesar, Michael Corleone nunca quiso pertenecer a este oscuro retrato de familia, sino a una versión alcahueta y estandar de la muerte, el ejército. Lamentablemente para él, en su ADN corre cierto halo trágico que hubiera hecho las delicias de Milton o de Sófocles. Así que nada. No hay escapes. Instalado en la piel de futuras derrotas, este ángel caído, este Orestes de nuestro tiempo, tendrá que vérselas con perder su “paraiso” justo como tantos otros.

Y claro: derramar sangre familiar para detener la hemorragia interna, la del imperio Corleone, será el clímax y el Gran Castigo, la tragedia a la italiana. Es un golpe que hará olvidar cuán cuarteada está la democracia por la mafia, que una música de cámara emita bemoles de Sicilia; que, incluso, nos hallemos ante una obra de friso histórico. No. Nada de esto. Ni contar diabólicamente bien una historia hacia adelante y hacia atrás, ni los contrapuntos, ni las vendettas, ni siquiera los festejos litúrgicos que solapan crímenes, nos prepararán para la gran caída y el caos. Ese fin idóneo, propicio para intuir los nuestros, descubrir que también somos algo gansteres.

IV

¿Y qué pasa en Cuba? La Revolución intenta derrocar a Batista mientras Michael, allí presente, asiste al retoñar de sus tiranos internos. Los dilemas morales, sus guerrillas del alma, le dicen que no ha ganado aún, pese a lo que dice Tom Hagen. Para Michael, la victoria siempre está más allá, adelante de sus enemigos y sus brumosas convicciones. No importa si el judío avariento, Hyman Roth, tiene un pie en la tumba, si ya es casi una momia, hay que deshacer de él cueste lo que cueste.

Así que en esa espiral de insania y balas, de soledad y reproches, solo quedará un dictador cansado. Una victoria amarga, convulsa, de espaldas a la familia pero que sin embargo llenará de Cine los años venideros.

V

Pero miremos a Robert de Niro. ¿Qué nos dice ese Vito joven, recién llegado a América? Nos dice que el núcleo de toda narración siempre tiene un origen; un comienzo que, pese a lo convulso que pueda resultar, a veces necesita contarse, medirse. Escenificarse para develar sus motivaciones y querellas, sus claroscuros.

Entonces, desperdigados por los rincones de una región, perdidos a veces en las esquinas de un fotograma, los inmigrantes como Don Corleone son casi siempre una presencia molesta, subsidiaria para el Estado, aunque nunca para el cine. No, todo lo contrario. Allí en la gran pantalla, pese a ser los sospechosos de siempre, los inmigrantes provocan muchas veces hálitos de vida, de humanidad, de una luz que nos facilita la comprensión de un drama o de nuestra existencia, de sus entramados.

El padrino es la gran parábola de los que llegan.

godfather4

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