Stoner, John Williams. 1965. Estados Unidos

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Algunos libros son como brochazos. Otros como pinceladas. Algunos vienen con ansias y vehemencia y te rugen dentro de la cabeza como si fueran gritos a la medianoche. Algunos (y estos son los que más me gustan), se te acercan leves y empiezan a susurrarte cerca como si fueran arroyos de agua dulce. Es la magia del arte, de las letras. Y en el caso de Stoner, la novela que nos convoca, está en no ser precisamente ni lo uno ni lo otro, sino las dos cosas al tiempo. En juntar de un solo golpe la imagen de, pongamos por caso, una catedral en ruinas y abandonada, pero rodeada de los vitrales más despampanantes que pueda imaginarse.

Y es que, seamos sinceros: ¿qué de emocionante podría tener la vida de un granjero (hijo de granjeros) que un día cualquiera se va a la universidad a estudiar agronomía (o algo parecido) y que algo después, ya instalado en la universidad, descubre a Shakespeare y a la literatura?

Pues precisamente aquí empieza la excelsitud de Stoner: no se necesitan brincos ni cabriolas para contar historias que nos sacudan la silla. No hay que apelar necesariamente a mil sucesos tipo Robinsón Crusoe, o a innumerables técnicas al estilo Ulises, para escribir novelas que se queden a vivir en nuestras dendritas. No. Stoner, con su naturalidad para contar una vida grisácea e intrascendente, hace a un lado cualquier grandilocuencia narrativa, pues aquí no hablamos de una vida turbulenta o llena de sucesos (ya Marcel Schowb nos había instruido en lo contrario: una vida mayúscula puede contarse de modo inmejorable desde una caja de Petri, hurgando en las insignificancias del día a día). Así que esta novela, con ese estilo donde lo fome se desliza ennoblecido y con una serenidad hecha milagro, nos dice a las claras que lo que llamamos “vidas exitosas” caben todas en una misma horma, iterativa, fordiana, y que todos los ‘fracasos’ tienen cada uno sus propios visos y pliegues (Tolstoi mediante).

Stoner, que viene de un ambiente empobrecido y rural, descubre un día la literatura y se deslumbra como seguramente le ha pasado a muchos. A partir de aquí mudará positivamente su camino. Vivirá, sin pensar mucho en ello, una existencia casi anodina en su rol como profesor, de hombre de letras (como se decía antes), en tanto el tren de su vida seguirá en ese ir y venir entre las minúsculas felicidades de lo cotidiano; entre los desaires que la vida nos arroja siempre perennes.

Y claro, Stoner, que encuentra cierta seductora lasitud en aquello que otros considerarían fracaso, no ansía ni envidia otras vidas. Para él, la modestia no será un concepto a meditar porque él nunca ha vivido por fuera de ese marco. Si tiene una amante y la pierde, si tiene un enemigo profesional y lo confronta, si tiene un matrimonio permisivo con el engaño, si en todos estos lances Stoner no se convierte en otro Stoner, es sencillamente porque Stoner será siempre el mismo: un hombre cuya vida acabó por coincidir punto por punto con sus apocadas aspiraciones; porque, en el fondo, es posible que más allá de lo que nos diga la intuición (o mejor, la intuición que nos vendió el Mercado), en el proceder de Stoner se esconda realmente el éxito. Ser lo que se desea ser, profesor, albañil, arriero, cualquier cosa, más allá de los dictados sociales. No más, no menos.

De modo que si hay algo de lo que puede enorgullecerse este libro, o su autor, es de alcanzar un equilibrio sinigual y la imposibilidad de atraparlo. De intentar representar lo continuo a través de lo que no cambia. De inyectar esa diferencia, continuidad y mutación. De afianzar en nosotros la idea de que Stoner, en alguna parte, está vivo, hecho de un cuerpo propio que no busca pulir sus esquinas y que nos dice que, cuando un libro es realmente bueno, la palabra “fin” viene a ser el comienzo. La posibilidad de seguir buscando en nuestras debilidades y osadías no resueltas.

Así que en Stoner, cuando aparece la palabra “fin”, ya nuestras maletas están listas para el más apacible viaje: la certeza de un amigo que durará para siempre.

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