Bierce, Borges, Cortázar. Tres cuentos agitados por el tiempo derretido.

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Comencemos por Cortázar. La isla al mediodía.

El cuento podría haberse titulado ‘el loco de la isla’, pero JC prefiere bautizarlo como finalmente lo recordamos y conocimos. E hizo bien: la protagonista de esta historia no es otra que ella, la «tortuga dorada», esa isla que entra y sale de la ventanilla de Marini como podría hacerlo, digamos, un Moliere en escena.

Cuando Carla dice a Marini que no tendrá un hijo suyo, que acaba de abortar, que se casará con otro, al pobre hombre sólo se le ocurre pensar en la isla. Ah, parecería que Carla no es más que ‘la otra’. Y que ella, contra esa vaporosa ensoñación flotante, no tiene la menor oportunidad. Pobre. Un Don quijote aún más quijotesco pensaría menos en Dulcinea.

De modo que aquí comprendemos, mucho mejor, por qué su preferida es Felisa, la chica de Teherán (¿acaso una alusión a Scherezade?). Ella si entiende lo importante, lo que a Marini urge de veras: una mujer que gestione para él su tiquete a la isla.

Todos estos preparativos nos ponen sobre aviso para un momento, en apariencia, insignificante, pero que en realidad constituye un pasaje capital: Marini, ya instalado en su ensoñación isleña, se arranca el reloj de la muñeca y lo guarda en el bolsillo del pantalón de baño.

Lo que debe llamarnos la atención aquí no es que el pantalón de baño tenga bolsillo, no. Lo que aquí debemos advertir es que Marini, con este gesto, nos demuestra que para alcanzar su ‘Ítaca’ no tiene más opción—pues se va a dar de bruces al océano— que abolir al tiempo cronológico y todo lo que intente medirlo (ya su creador, JC, lo había hecho con el narrativo).

Es así que nos vemos frente a Parménides y a su filosofía de la eternidad, a la inexistencia del tiempo, frente a Zenón y sus paradojas tipo fábula infantil. Marini, ansioso por instalarse en sus molinos de viento insulares, en una fracción de tiempo ajeno a los tiempos del reloj, logro asir el sueño que parecía derretirse: irse a vivir a su «tortuga dorada».

Acaso el tiempo, el Tiempo, no sea más que esa cárcel común de la que sólo la muerte o la imaginación nos permiten huir.

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Fotograma del corto L’île à midi (Philippe Prouff, 2014)

 

Seguimos con Bierce. Un suceso en el puente del búho.

Ambrose Bierce, un hombre a quien Carlos Fuentes homenajeó en Gringo viejo, alguien a quien Fernando del Paso dedicó un capítulo entero en Palinuro de México, nos presenta aquí a Farquhar, un patriota. Un hombre en cuyo pecho late fuerte la causa secesionista. Alguien para quien los plantíos de algodón valen tanto como valdrán luego las pepitas de oro para los aventureros del Klondike. Por eso espera la oportunidad, el momento preciso, vital, para demostrar su valía, su adhesión a la Causa…

Si nos fijamos bien, la primera parte del cuento está contada en un estilo cortante, militar. El lugar de la ejecución es descrito con frialdad castrense, con cierto objetivismo que nos servirá de contrapunto para lo que viene: la ya legendaria ironía ‘bierciana’: el encuentro entre el soldado y el héroe que correrá la cortina a los deseos de un «ciudadano aficionado a la horca».

El estilo de la parte final del cuento es más flexible, musical si se quiere. Farquhar, el esposo, se presenta ante su amada en una escena que sólo la abolición del tiempo pudo lograr. Aquiles alcanza la tortuga, el hechizo se rompe, y nos percatamos de que el agua torrentosa que corría bajo los pies de nuestro amigo era, en realidad, un férreo e inalcanzable río de Heráclito; un escurridizo arroyo en el que el pobre hombre no pudo bañarse ni una sola vez.

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Finalizamos con el Maestro, con Borges y su Milagro secreto.

Los paralelismos con el cuento de Bierce son evidentes. Borges mismo no tendría empacho en reconocer su influencia. Pero claro, los métodos borgianos, ya lo sabemos, son otros: babélicos, insuperables.

El cuento abre con un epígrafe que nos da una idea de su derrotero. Luego Borges abre ―y cierra— con fechas precisas. Luego nuestro protagonista sueña con relojes ensordecedores. Luego nos dice que Jaroslav, el protagonista, ha escrito un libro titulado Vindicación de la eternidad, donde examina las «diversas eternidades que han ideado los hombres». Luego nos topamos con el argumento de una obra de teatro, donde a su vez se desliza el argumento del cuento. Igual que en Hamlet.

En suma, Borges nos ha dejado desperdigadas todas las migas de pan posibles para guiarnos por su laberinto, nos ha expuesto la filosofía de Parménides sin exponérnosla, y nos ha dicho así que «la sustancia fugitiva del tiempo» acaso ocurra sólo en nuestra mente, tal como sucede con la lectura de cualquier ficción, o de este cuento, el cual abarca un hiato de catorce días, pero que a su vez contiene un año, y que nosotros leemos en 15 minutos.

Vaya. Así que el Tiempo sí resultó ser una «falacia» después de todo. La «tortuga dorada», el río del tiempo, y simple el acto de leer, nos lo han dicho. No cabe duda de que Borges,(¿hay que decirlo?) se ha salido con la suya. Nuevamente.

Borges, contrario a lo que podría suponerse a simple vista, no se aparta del mundo al atacarlo desde una orilla fantástica; antes bien, nos demuestra que nada hay tan fantástico como aproximarnos a la verdadera realidad del mundo.

El milagro público de sus ficciones –incluidos sus ensayos– no es menos real que el milagro secreto que nos acaba de ser narrado. Parménides sonríe.

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