Maluco, la novela de los descubridores. Napoléon Baccino Ponce de León. Uruguay. 1989.

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Toda buena novela debe contar, al menos, dos historias: la que se le cuenta a simple vista al lector, y la que subyace y justifica a esa primera. Uno puede narrar el viaje de una pareja y atribuir a ese viaje los motivos más diversos, pero lo que en realidad quiere contar es, pongamos por caso, cómo esa pareja se percata de que ya no tiene futuro. Esta última trama, sugerida por detrás de la primera, es la que realmente da valía y peso a la obra. Las malas novelas, no está de más decirlo, carecen de esa parte o poseen deficiencias en ella.

Ahora bien, en Maluco se nos narra el periplo y la mar de dificultades que enfrentaron Magallanes y su tripulación para llegar por occidente al Maluco, a las Islas de las Especias, hasta completar la primera vuelta al mundo, todo ello contado desde la perspectiva de un bufón que viaja en una de las naves y cuya carta-memoria, dirigida a Carlos V años más tarde, solicita la pensión que le fuera negada durante el reinado de Felipe II. Hasta aquí el argumento. La sinopsis que aparecería en cualquier solapa al uso. Y sin embargo, más allá de esta suerte de andamiaje, la verdadera historia que perfila y persigue Maluco es la historia que parece guiar la brújula de todos los soñadores: la odisea de un rebaño de quijotes que de a poco se ve desposeído de lo más esencial y corpóreo, mientras deambula en pos de un sueño tan brumoso como impredecible.

El enorme maremágnum de información que contiene la novela se dosifica y cose a ella con una fluidez que ya parece que vamos sobre el mar y a bordo de una nave; el lenguaje, preñado de un remozado éxtasis lírico, nos desvía de las tribulaciones que acaecen a los aventureros; las referencias al Quijote, más las guasas del payaso, nos sacan unas buenas carcajadas; las escenas de unos desahuciados tripulantes sin viento en las naves, que tras más de noventa días a la deriva se inventan un entretenimiento existencialista, nos desarman y ponen en tensión los lacrimales. En Maluco, el conjunto destaca por su hondo calado y por su capacidad para tocar las teclas más finas y sinuosas de la fragilidad del hombre.

Ahora, sobre el personaje principal, Juanillo Ponce, también debemos decir un par de palabras: por momentos da la impresión que se le va la mano, que se excede en eso de fabular y dar circunloquios sobre ciertos hechos. Frena la narración, cuando le da la gana, y sin ambages nos dice —o mejor, le dice a Carlos V— que lo hace a propósito pues él, como si fuera una especie de dictadorzuelo, es quien tiene la potestad sobre su historia y nadie más que él posee el señorío de soltarla a su arbitrio. Con todo, estos pasajes están plenamente justificados, pues él mismo ya ha hecho mención al asunto: es un bufón, un lenguaraz, su misión es entretener y para ello no halla mejor medio que su cháchara desatada. Habla y habla sin detenerse mientras da vía libre a su desaforada imaginación, en tanto hace las veces de una Scherezada versión masculina y versión clown. Al final, cuando se indague por la suerte del requerimiento de Juanillo Ponce, esto es, la pensión que solicita, encontraremos que gracias a esta capacidad de fabular sin paralelo, tendrá su petición a tiro de piedra.

Mención aparte merece el final. La novela se cierra con un guiño al autor y a las dificultades que implica la creación de una obra de esta envergadura. Si ya Stefan Zweig nos había regalado un cofre de piedras preciosas con su crónica sobre la gesta de Magallanes, si ya Julio Verne en Los hijos del capitán Grant nos había paseado por ese legendario cruce como si de un museo se tratase, aquí Napoleón Baccino transforma esta historia de vicisitudes en un obelisco literario que hombro a hombro comparte laureles con las mejores novelas históricas.

Una proeza hecha de palabras que, en cierto modo, no le va en zaga a aquella que lograra Magallanes.

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