Sobre héroes y tumbas. Ernesto Sábato. 1961. Argentina.

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I

Alejandra sufre ataques repentinos que la dejan más cercana al otro mundo que a éste. Duerme, lo poco que duerme, en la misma cama donde descubrió a su padre engañando a su madre, que, dicho sea de paso, murió cuando ella tenía sólo cinco años. Su tío, Bebe, toca un clarinete destemplado por las noches y en la más espantosa de las soledades. Su abuela, Escolástica, acompañada por la cabeza de su padre decapitado, se encerró a vivir ochenta años en el mismo mirador donde Alejandra duerme. Su padre, Fernando, un hombre que además de trastornado parece dueño de cierta lucidez esquizofrénica, ha cometido el innombrable acto del incesto. En resumidas cuentas, hablamos de una familia cuya casa muy bien podría ser, sin temor a exagerar, ideal para un manicomio.

II

Indagar “las verdades últimas (y muchas veces atroces) que hay en el subsuelo del hombre”, todo esto se propuso Ernesto Sábato con esta obra. Y al mirar en conjunto el resultado—una obra cuyas virtudes se abren en un jardín de senderos que se bifurcan en mil virtudes más—, es evidente que lo logró con creces. Considerada la mejor novela argentina del siglo XX, Sobre héroes y tumbas narra las horas finales de los últimos representantes de una familia de la oligarquía porteña, en tanto intercala la historia de los seguidores del general Lavalle―héroe de la independencia argentina—que tras la derrota llevan a su jefe muerto al exilio. No obstante, el eje central de la obra reposa en la atormentada pasión entre Martin y Alejandra, dos jóvenes que se contraponen hasta el delirio y cuya extraordinaria caracterización logra que los abismos personales e históricos comulguen en un mismo plano.

III

Los personajes de Sábato oscilan entre la dureza más extrema y la fragilidad más pura. Algunos, como Martin, dan la impresión de ser un cristal que camina bajo un torrentoso aguacero de piedras; otros, los más logrados― pensemos aquí en Alejandra—, nos llevan a imaginar un martillo que se bate y corre bajo un aguacero de yunques. Algo de esto ya lo habíamos visto en El túnel: caracteres humanos fuertemente atormentados por una personalidad desarticulada del mundo.

¿Y qué podemos decir del Informe sobre ciegos, uno de los capítulos antológicos de la literatura hispanoamericana? Es un texto que habla y calla por sí mismo. Calla, a todas luces en un registro simbolista, porque desde el inicio mismo se nos dice que a partir de ahora caminaremos por “regiones prohibidas donde empieza a reinar la oscuridad metafísica”. Y habla, incluso mucho más de lo que dice, porque desde la sagacidad malsana de Fernando Vidal se pueden conjeturar un sinfín de hipótesis, todas correctas.

No en vano, en El escritor y sus fantasmas Sábato afirmará que Dostoievski en Memorias del subsuelo abre las compuertas a toda la literatura posterior porque “al ahondar en los tenebrosos abismos del yo encuentra que la intimidad del hombre nada tiene que ver con la razón, ni con la lógica, ni con la ciencia, ni con la prestigiosa técnica.”

Es decir, Sábato nos está diciendo que en esos pasadizos del yo profundo es posible hallar una gran veta de que se pueden nutrir todas las novelas, porque allí yacen los caminos que nos acercan más a nosotros mismos, a esos que no hallamos en ninguna otra parte. El Informe sobre ciegos es, precisamente, un ejemplo consumado de ello: asistimos a una introspección que afanosamente busca algún tipo de certeza, alguna brizna de razón, al caminar sin descanso por los balcones de la paranoia y el desvarío.

IV

Sobre héroes y tumbas es una página de la historia argentina contada con un pie en el siglo XIX y otro en el XX. Parece decirnos que no hay una felicidad absoluta, que acaso ella apenas se nos da en frágiles y efímeros momentos, y que es el arte, quizá, la forma en que mejor podemos apresar esas ráfagas de amor, de anhelado éxtasis.

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