Iluminaciones. Arthur Rimbaud. Francia. 1875.

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Incluida a veces dentro del llamado Simbolismo, la poesía de Arthur Rimbaud escapa a cualquier definición y a cualquier corsé academicista que intente fijar su frenesí y sus atisbos de clarividencia.

Escrita entre 1872 y 1875, Iluminaciones se caracteriza en principio por dar cuenta de una belleza dueña de una robustez insólita: “el pabellón de la carne sangrante sobre la seda de los mares y de las flores árticas”; por la creación de un paganismo renovado que parece instalarse en el presente: “este ídolo, de ojos negros y crin amarilla, sin padres ni corte, más noble que la fábula, mejicana y flamenca”; y por un raro poder de concentración verbal que se torna visionario a medida que atisba en regiones poco imaginadas o percibidas.

Salta a la vista, además, que un cinismo con tintes escépticos camina de puntillas sobre las visiones de Rimbaud. Es como si las metáforas apenas importaran y mucho menos compensaran las carencias fundamentales del ser humano. En el poema Partida, por ejemplo, advertimos algo de ello: “Visto lo suficiente. La visión se ha vuelto a hallar en todos los aires.” Lo mismo pasará con el dato biográfico, que en otros apartes se esconde tras el poema en prosa: “En un desván, donde fui encerrado durante doce años, conocí el mundo, ilustré la comedia humana” (Vidas).

Algunos teóricos dividen la obra en partes notablemente diferenciadas: el Ciclo de las vigilias, el Ciclo de los paisajes, y el Ciclo de la ciudad, según los núcleos temáticos que allí parecen advertirse. En el primero, estarían los poemas más autobiográficos; en el segundo, las visiones que resultan de paisajes, parajes y figuras; y en el tercero, los aspectos de la ciudad de entonces: “La ciudad, con su humareda y el ruido de sus oficios, nos seguía desde muy lejos por los caminos” (Obreros).

Si pudiera hablarse de uno solo, el rasgo fundamental de las Iluminaciones sería su formidable poder de atracción creadora entre prosa poética y datos reales, epifanías, lugares concretos o imaginados, en los que la frase aforística, los afectos, la inagotable plasticidad en lo que se mira, se reúnen para dotar a los poemas de una mitología que salta más allá de lo personal y lo terrestre, que los transforman en un rumor de cadencias subterráneas que se alejan del verso retórico y sus patrones convencionales.

Así, pues, Iluminaciones hace honor a su resplandeciente título: casi siempre deja en el perplejo lector una indefinida sensación lumínica que lo acompaña mucho después de cerrar la obra. Es esta, sin duda, una razón más que suficiente para leer este libro.

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