Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar. 1951. Francia.

wp_20161005_001(Primera edición de Memorias de Adriano, 1951, ed Plon)

Memorias de Adriano aparenta ser una autobiografía del emperador que gobernó el imperio romano durante el siglo II d.c, y que en forma de cartas se dirige a su sobrino. Para escribir como Adriano, Yourcenar se documentó sobre cada suceso y cada detalle, leyendo durante años lo que leía y escribía el emperador-filósofo, viajando por donde él viajaba e inspeccionando todo documento de la región. Por aquí empiezan a entenderse, como es de suponer, tanto la excelencia estilística como la capacidad sugestiva alcanzadas por Yourcenar en esta obra; un par de cualidades que parecen reservadas a pocos escritores. Pero este hecho, por sí sólo, no alcanza a explicar por qué una obra de ficción (y de carácter histórico) haya alcanzado un éxito tan torrencial entre el gran público. Esa otra parte, claro, debemos atribuírsela a Yourcenar, a su capacidad sobrenatural como escritora. A su sensibilidad y a una inteligencia capaz de palpar en las pulsaciones más finas y esenciales.

Las reflexiones del emperador sobre su largo reinado y los años precedentes, sobre su cercana muerte y el misterio del amor, sobre su pasión por el esbelto Antínoo y el gobierno, sobre la música y el arte, tejen un vívido retrato del imperio que sorprende por su hondura y precisión de filigrana. Humanista, amante de lo griego, mecenas de las artes, aficionado a la magia y a la astrología, Adriano terminó con la política de conquistas de su predecesor, Trajano, y estableció la pax romana.

Es evidente la simpatía que siente la autora por su personaje, al que consideró uno de los pocos hombres sabios que han transitado por esta tierra. Desde el principio nos encontramos con un Adriano moribundo, quien hará un gran repaso de su vida y de su Roma: un verdadero ajuste de cuentas por parte de quien, a sus 60 años, hinchado por la hidropesía e incapaz de sostenerse sobre las piernas que otrora sostuvieran a un guerrero brillante, medita y rememora con responsabilidad y sosiego, mientras sentimos cómo su escritura se desprende, flota en el umbral de una “desconocida región” que cantará en un poema.

Pero no hay agonías. Tampoco angustias por el advenimiento de la muerte. Estamos frente a la serenidad de un hombre a solas consigo mismo. Un alma haciendo balance y rumiando su legado; una prosa impasible, enhebrada de poesía, impregnada de cierto dulzor melancólico que nos irá llevando a ese final en que la autora trenzará el poema de Adriano mismo: “Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño”.

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No queda más, pues, que rendirse a la potencia totalizadora pero serena que respira Memorias de Adriano. Que sea alejado o fantástico este Adriano del Adriano histórico, poco importa; con que sea magnético, inagotable y persuasivo ―como diría Aristóteles en su Poética―, nos basta para afirmar que muy seguramente pasarán los años y las décadas y Memorias de Adriano se mantendrá ondeando, inamovible, en la categoría que se merece: la de obra maestra.

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Marguerite Yourcenar (foto tomada de internet)

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