El fantasma y la señora Muir. USA. 1947. Joseph L. Mankiewicz

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I

Hay hombres que tienen los modales del mar. Se mueven como él, se expresan como él. Se diría incluso que tienen algo de salobre y de azulado en la mirada tostada por los rayos solares. Si los vemos de pasada, aunque sea una vez, no tardamos en notar que hay en ellos algo excepcional y misterioso. Algo como lo que posee el capitán Greeg. Un viejo y experimentado lobo de mar, un hombre que guarda con el océano una relación de ésas que nos hacen pensar en la infancia y en esas cosas que consideramos entrañables.

II

El océano, una vieja cabaña frente a él, el rostro entusiasta y magnético de Gene Tierney. En esta película se nos muestra de un modo inusual lo anterior hasta que en esas imágenes, en ese encadenamiento simétrico de planos en blanco y negro, algo inexplicable ocurre: algo poderoso llega y nos cosquillea la corteza cerebral sin que atinemos a decir qué exactamente.

III

El tiempo, también está el tiempo. Ese tiempo que se parece a esa espuma de mar que nace para volver una y otra vez en un eterno bucle salado. Ese tiempo donde las cosas más serias, aun las más ceñudas como la vida y la muerte, se inclinan ante su rigidez y ante “esa otra flecha” como diría Borges.

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IV

Reunir la vastedad del océano y del tiempo, de la vida y de la muerte en una sola película que busca medir la magnitud del amor, parecía una apuesta segura por la más azucarada cursilería. Sin embargo, El Fantasma y la señora Muir se sale con la suya, pues sin caer en un océano de caramelos y miel, propio de muchos melodramas hollywoodenses, logra que todas esas magnitudes insondables quepan en una pequeñez equilibrada, en una fragilidad que, a punto de romperse siempre, nos dice en el oído y en un susurro apenas audible que en el fondo todos somos cursis. Que en las cosas inagotables debemos incluir a las fragilidades del hombre.

V

El mar se deleita en tocar rumoroso una y otra vez su propia partitura. Va y viene como van y vienen las ilusiones y las decepciones humanas. Horada la piedra, al tiempo que hipnotiza con su restallar, pues no debemos olvidarlo: el mar no es otra cosa que poesía en movimiento. Si los cuerpos, dispuestos en el espacio o en el tiempo o en realidades ajenas nos separan, el amor, con sus invisibles hilos dorados, con esa reposada violencia que atenaza incluso lo inasible, se encarga de unirnos en una rara sensación de eternidad, en una quietud que nos lleva a pensar que no morimos.

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VI

Lucy, “Luchía”, representa a ese mundo que dejó de creer en fantasmas y apariciones, un mundo que se entregó a las maravillas y artilugios de nuestra moderna civilización. Nos recuerda un poco a El Fantasma de Canterville de Wilde. Nos recuerda que en esa necesidad de Lucia, de encontrar una ilusión amorosa que rehúye cualquier posibilidad de decepción, cabemos todos, que todos guardamos algo de esa gente que se las da de práctica mientras guarda mucho de soñadora e ingenua.

VII

De manera que al desenmascarar al soñador que todos llevamos dentro, el mayor mérito de El fantasma y la señora Muir, más allá del lirismo de algunas de sus imágenes, estriba en que se las ingenia para hacernos desear la muerte a su protagonista. Una sensación inquietante, inusual, que pocas películas nos pueden ofrecer, y que llevó a decir a Javier Marías que El fantasma y la señorita Muir era su película favorita.

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