El perjurio de la nieve. Adolfo Bioy casares. Argentina. 1945

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En la nieve duermen la tranquilidad y el equilibrio. La soledad más limpia. La más calma. Si la amasas en tus manos, en su blancor sucumben tus dudas y monotonías; si la miras rodearte, en su luminosidad cabecean el mundo y sus colores. Corres, con tus pesadas botas, y en el cansancio que te llega, lujurioso y sanguíneo, descubres una lentitud desatinada y cansina, una fatiga que arriba con más prisas que antes. Tal vez, buscando palabras para definirla, recurres a la comparación con el desierto, luminoso y granulado; o quizá con el océano, impulsivo, soez y sin modales. Quizá, cuando crees ya saber bastante de ella, terminas por descubrir que allí en la nieve, en su tiranía incolora y grumosa, se revelan indefensos los crímenes más insólitos. Que es ella la piel más virginal de un mundo en peligro siempre de ser contaminado; un mundo donde habita el perjurio, uno sigiloso, cobarde.

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Si existe algo que identifica a la literatura del siglo XX es su capacidad para implicar al lector y empujarlo a una lectura activa y exigente, nada pasiva. Bioy Casares, en un ejercicio policiaco y polifónico titulado El perjurio de la nieve, se encarga de demostrarnos que quizá en toda historia, en toda narración contada desde una primera persona (ese confesionario donde los lectores somos el oído), habitan a manera de código los odios y amores y deseos más recónditos de quien cuenta.

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Dos muertes. Un asesinato (¿dos asesinatos?). Un poeta. Un periodista. Un perro que vigila. Una joven muerta. La Patagonia. Unos extraños dinamarqueses. Una sombría hacienda donde el tiempo parece entelarañado. Bioy Casares apela a la técnica de las muñecas rusas (una historia que contiene a otra), y en una suerte de juego de espejos contrapone las personalidades de dos hombres que nos dicen que los valientes y los cobardes no se diferencian mucho cuando sus fines son iguales y ambos medran a la sombra.

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La literatura dentro de la literatura. Más allá, la realidad queriendo darle alcance. Este relato nos descubre que en todo ejercicio de lectura cabe una búsqueda detectivesca, a veces inconsciente, no pocas clara, pero siempre presente. Aquí somos el detective sin saberlo para luego, cuando finalmente lo descubrimos, sentirnos como ese niño que en el juego de las escondidas se ve engañado por ese compañero que se ocultaba en sus propias barbas.

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Algunos cuentos se parecen a los movimientos del peón del ajedrez: tienen un alcance tan limitado como pequeña es esa pieza; otros, a la dama: sus movimientos poseen tal atrevimiento que pocas direcciones se le resisten; y otros, quizá los más elegantes, destellan una simetría comparable a los movimientos del caballo. En este último grupo, y con todos los honores, se inscribe sin duda El perjurio de la nieve de Adolfo Bioy Casares.

genio

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