La Religiosa. Denis Diderot. 1760. Francia

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«¿Para qué sirven esos lugares en donde hombres y mujeres viven como parásitos, se aprovechan del trabajo de los pobres sometidos a tasas e impuestos y llevan una vida de lujo y de comodidades en una especie de castillo en el que la plegaria, que es como decir la inactividad y la inutilidad social, les sirve de excusa?» Palabras de Michel Onfray (Los ultras de las luces, 2007) dirigidas a los conventos y monasterios.

2

Bellísima, tan bella como desgraciada, Susana Simonin es enviada al convento a tomar los votos y entregar su vida a Dios. Pero, una vez allí, cuando ya unos cuantos días y las ropas grises ensombrecen su cabellera y destino, descubre que aquello no es lo suyo, que no soporta esa vida de inclinaciones y entregas. Se resiste, con los limitados recursos a su alcance, a su aparente porvenir. Pero, desafortunadamente para ella, el universo entero encarnado en sus familiares y los religiosos conspirará para enclaustrarla y acordar en que no hay mejor sitio para ella.

Este retrato que se bosqueja aquí de los conventos no es muy elogioso que digamos. ¿Ocultamiento?, sin duda; ¿fanatismo?, también; ¿alienación?, seguro; ¿los clérigos?, bestias feroces disfrazadas de ovejas; ¿la virtud?, una cosa que se alaba pero que no se practica. Casi se diría que la idea aquí no es denunciar a los claustros sino abolirlos, pues Diderot, «el hijo del cuchillero», bajo la forma de una larga carta disfrazada de memorias, redacta las injusticias de lo que le sucede a Susana Simonin con una crudeza y una naturalidad que en verdad parece que pasan frente a nosotros.

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(La Religieuse | dirigida por Guillaume Nicloux, 2013)

Se nos muestra el callar. El moverse por automatismo. El olvidar el mundo externo en tanto oímos susurrar en ese tono pecaminoso que los religiosos endilgan a los demonios pero que ellos, mirado su comportamiento seductor, poseen en grado sumo.

Vivir allí, en la vida monacal, es como salir de una larga enfermedad y estar en una perpetua convalecencia. Aquí, tal como sucede en otras grandes novelas, comprobamos que los microcosmos sacan lo peor de nosotros -y si no, que lo digan nuestros modernos realities. Aquí descubrimos de qué modo la libertad, al ser conducida sin una razón que la guíe, se trunca; una cuestión que sin lugar a dudas constituye el quid de la novela: hacer uso de tu libertad, de un derecho tan inherente al ser humano sin mediar tus luces, tu razón, es no sólo convertir esa libertad en violencia sino también cometer un crimen. En una palabra: no hay una verdadera libertad donde esta carece de un uso razonado. La una no puede existir sin la otra.

Pero ¿por qué Susana termina en semejante sitio? Su madre busca expiar a través de ella su crimen secreto. En un mundo dominado por los hombres, allí donde la condición secundaria de la mujer pasa a terciaria –la misma que denunciará Madame Bovary con ocasión de tener una niña y no un niño–, tomar decisiones propias se convierte, paradójicamente, en una piedra al cuello que impide la más mínima independencia.

3

Tal parece que, vengan de Dios o del diablo, debemos agradecer la aparición de los anticlericales y de las “luces”, de hombres como Diderot porque, aparte de legarnos a increíbles herederos de la más diversa estirpe -Sade, Kant, Henry Miller, Germán Espinosa, etc.-, nos han ayudado a entender el mundo en un sentido más amplio, sin sujeciones y con menos fanatismos.

Lástima, eso sí, que la pobre Susana no haya contado con semejante suerte.

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