La evasión. Jacques Becker. 1960. Francia.

La-Evasion-1960-Caratula

… la belleza será solo el fragmento

de algo roto que tuvo en cada sitio su

áureo centro y hoy es fuga y nostalgia

y extrañeza.

Eliseo Diego

1

Una estrechez que la miras y se estrecha. Un aire que sabe a cemento. Unas paredes que sufren de poliomielitis y que al acecharlas nos convierten en voyeristas de nosotros mismos. Sí, es el penitenciario. Y aquí los sonidos mienten. La oscuridad se divierte a carcajadas. Aquí los fugitivos atraviesan paredes escolásticas mientras se curten en picar piedras tenaces. Ya lo intuíamos, creíamos saberlo, pero a partir de ahora ya no podemos creer en resignación alguna: necesitamos escaparnos.

2

Basada en la novela homónima de José Giovanni, La evasión cuenta una historia real acaecida en la prisión La Santé, Francia, en el año 1947. Cuatro prisioneros comparten celda, precisan ya los detalles de una audaz fuga, y justo llega otro recluso a compartir su encierro. ¿Qué hacer con el nuevo entonces? ¿Contar con él? ¿Ignorarlo? ¿Actuar al amparo de su complicidad o de su distancia? Las motivaciones más profundas de los hombres, sometidas bajo el archipiélago de una celda, se examinan así en poco menos de dos horas.

3

La diferencia entre estar muertos en un ataúd y estar metidos en una cárcel radica en que en la cárcel puedes hacer amigos. Y por eso la película exalta el compañerismo, la fraternidad, la lealtad, pero, sobre todo, una golosina que se estima poco en estos días: la inteligencia. Esa cualidad que en el hombre de Cromagnon debía ser muy limitada, pero que aquí se para de puntillas y nos mira por encima del hombro: Roland, un hombre al que le faltan falanges en un dedo, es el tipo más listo que cabe. Si lo mandas a la jungla, con sólo un alfiler, muy seguramente te levanta un centro comercial sin quitarse la chaqueta.

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Así como el famoso peñasco que mencionaba Poe, ése capaz de resistir aun los ataques más violentos, pero incapaz de resistir a la caricia de una flor llamada Aspodelo, asimismo se torna la prisión para los hombres: un mundo donde los sensores y muros pensados para restringir su libertad pueden, llegado el caso, sucumbir ante esa flor llamada inteligencia.

Por eso esta película no es sólo una película. Es también un teorema. Un ejercicio matemático que evidencia que cuando entre la libertad y nosotros se interpone una tapa de alcantarilla, nuestras decisiones se acercan mucho a las que podrían tomar las ratas.

4

Un ardid supera al anterior. La fotografía regala contraluces filosóficas. En la artesanía del escape, sin advertirlo, aprendemos a conseguir mucho con casi nada. El primer boquete abierto, por ejemplo, nos deja con la garganta seca. Sostener este plano sin zarandajas, hiperreal, de cámara ilocalizable y más cercano al drama psicológico que a los malabarismos de Hollywood, es sin duda uno de los grandes méritos de esta película; después de rubricar un intrincado plan de escape, es de agradecer que no se caiga en los clichés del género: los abusos de poder, las riñas en comedores y patios, la condiciones infrahumanas que se pasean orondas en cárceles del primer mundo.

5

¿Cómo son las cosas cuando no las miramos? Son tranquilas y calladas. Duermen el sueño de la incontaminación, del barullo causado por el hombre, hasta que el hombre mismo las despierta. Las usa, a su amañado arbitrio, pero a veces ese uso puede resultar prodigioso. De altura. El cine es una enorme muestra de ello. Esta película lo dice a las claras.

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