Napoleón. Emil Ludwig. Alemania. 1906

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«Es la marcha de un semidiós, de batalla en batalla, de victoria en victoria. Bien se podía decir de él que estaba en una iluminación perpetua: por ello es que su destino fue de un brillo tal que nunca el mundo había visto uno semejante antes de él, y tal vez no lo verá jamás después». Goethe.

Un megalómano sanguinario para algunos, la encarnación del superhombre para otros, Napoleón es sin duda un personaje capital en la historia contemporánea de Occidente: un foco de estudio que claramente arroja inapreciables luces sobre la condición humana. Aquí, con ocasión de esta biografía de Emil Ludwig, debemos decir con beneplácito que esta obra se mueve precisamente en ese registro.

Emil Ludwig nos cuenta la vida de Napoleón con gracia y con seriedad, con rigor y con indisciplina. Busca penetrar en la mente del Usurpador, pero compadece al hombre enloquecido por una casquivana. Filosofa sobre sus motivaciones ocultas, sobre su voracidad de conquista, pero no olvida al hombre sentado a la mesa y dócil ante la matrona de Córcega. Hombre de familia, azote de pueblos, Napoleón es el crisol de todo lo que los hombres han sido o han querido o han odiado ser. Tras subirlo a una barcaza y romper amarras, Emil Ludwig empuja el pie con audacia para cruzar con él las tumultuosas olas que surcaron su vida a mares.

La documentación que sustenta la obra nos hace pensar doblemente en el Everest, porque, por un lado, nos empequeñece ante una magnitud que parece infinita; y, por otro, por su capacidad para dejar sin aliento. Es un ejercicio que admira por el colosal batiburrillo de datos (¡vaya que los tiene!), pero que admira incluso más por la habilidad de Ludwig para mimetizarlos y contar y contar como si patinara sobre hielo.

Por momentos sentimos el olor a apología, es cierto. Vemos subir las vaharadas de incienso y los hosannas de Ludwig. No obstante, es comprensible suponer que, de un modo u otro, un biografiado termine por ganarse la admiración de su biógrafo. Ludwig, consciente de ello, lucha a brazo partido contra la fascinación que le ejerce su protagonista. No llega a convertirse en su fan. En ese feligrés que se inclina ante él como podría hacerlo, digamos, Leon Bloy («No se podrá comprender nada en Napoleón mientras en él no se vea un poeta, un incomparable poeta en acción»), y por lo mismo no oculta ni sus actos de soberbia ni se calla en sus excesos de barbarie. Discute, sin temor a desbarrar, las opiniones que de él tuvieron sus enemigos, y en ocasiones aprueba algunas no muy propicias. En algún momento, por ejemplo, se muestra acorde con Madame de Staël:

“Es un hábil jugador de ajedrez cuyo adversario es el género humano.”

Si decimos que esta obra se lee como una novela, además de hacerle un cumplido, amén de reafirmar un cliché que no por ello deja de ser válido, es hacerle justicia. Pero decir sólo esto sería quedarse cortos. Significaría obliterar, en algo, las formidables cualidades que igualmente contiene. Se lee como una novela, sí, pero también como un ensayo o un diario o una crónica de un hombre fuera de lo común. Un ornitorrinco o cruce de géneros cuyo disfraz de presentación es la biografía a secas.

Napoleon Bonaparte. Portarit of Napoleon Bonaparte 1769-1821 at the battle. Detail of a painting by Joseph Chabord 1786-1848. Museo Napoleonico, Rome Italy

Napoleon Bonaparte. Portarit of Napoleon Bonaparte 1769-1821 at the battle. Detail of a painting by Joseph Chabord 1786-1848. Museo Napoleonico, Rome Italy

¿Qué sentirá un mosquito cuando le lanzan una palmoteada dirigida a matarlo pero que falla? Tal vez algo parecido a lo que sintió Europa (y casi el mundo) cuando Napoleón le lanzó su golpe.

Emil Ludwig nos lo cuenta aquí con arte. Con dotes de sabio.

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