La hojarasca. Gabriel García Márquez. 1955. Colombia.

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Un tren llega. Una transnacional llega. Un párroco nuevo llega y con él un cosmos entero a un pueblo situado en las coordenadas de ninguna parte. ¿Es la civilización? ¿Es el progreso? Sí, lo son. Pero también son los remolinos que anteceden a la Hojarasca: ese caos que, fingiéndose ordenado, se deleita en tocar las notas más chirriantes.

2

Enterrar o no enterrar a un muerto. He aquí un dilema traído de la Antígona de Sófocles y presente en la novela. De un modo intencional, que se evidencia en el epígrafe, García Márquez homenajea a la tragedia griega al traer a uno de sus conflictos al trópico caribeño. Es su manera de redituar, de rumiar lo que ha leído para luego construir su propio edificio literario; un edificio que nos remite, de un modo casi forzoso, a hablar de William Faulkner.

3

Bastante se ha dicho ya de las deudas contraídas por algunos escritores latinoamericanos con Faulkner. Recordemos, por citar un ejemplo, que aparte de su construcción fragmentaria, La muerte de Artemio Cruz (Carlos Fuentes, 1962) presenta intercalada a lo largo del texto una frase que, de modo significativo, le adeuda al escritor estadounidense: cruzaron el rio a caballo. Este recurso comparte intencionalidad y estructura con uno que se repite en Mientras Agonizo (Faulkner, 1930): Anse se estriega las manos. En el caso de García Márquez, el colombiano le presta al Nobel yanqui las intrincadas medidas de su sastrería y las estudia, las aprende, las revisa con minuciosidad atómica y a tal punto las aprovecha el de Aracataca, que con ellas logra confeccionar un insólito frac al estilo guayabera.

El multiperspectivismo, la técnica de voces múltiples que ya aparecía en Mientras Agonizo, le sirve a García Márquez para explorar aquí una misma superficie: la vida de un pueblo latinoamericano que languidece tras sus horas de opulencia. 28 monólogos, divididos en un periscopio de tres miras, se dosifican en 11 partes. Allí presenciamos el impacto la muerte en la cosmovisión de un niño, vista por vez primera (Eso fue el año pasado. Ahora es distinto, ahora he visto un cadáver y me basta con cerrar los ojos para seguir viéndolo adentro, en la oscuridad de los ojos.); oímos a Isabel, y desde ella evidenciamos el aislamiento de las mujeres ante la incomprensión y torpeza de los hombres; con el coronel, por su parte, asistimos a un sentido del honor y de la palabra que ya quisieran muchos.

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«Cuando la enfermedad de papá, hace tres años, el doctor no había salido de esta esquina una sola vez, después de la noche en que le negó su asistencia a los heridos lo mismo que seis años antes se la había negado a la mujer que dos días después sería su concubina.»

Aquí el tiempo narrativo, cual comprador de hoy que va de un estante a otro en un hipermercado, salta entre planos temporales. Este procedimiento, volviendo a Faulkner, ya lo podíamos ver por ejemplo en Humo:

«Anselm Holland llegó a Jefferson hace muchos años. De dónde, nadie lo sabía. Pero era joven entonces, y un hombre de variados recursos, o por lo menos, de presencia, porque antes de que hubieran transcurrido tres años estaba casado con la única hija de un hombre que poseía dos mil acres de las mejores tierras del distrito, y fue a vivir en la casa de su suegro, donde dos años más tarde su mujer le dio dos hijos, y donde a los pocos años murió aquel…( )»

Pero La Hojarasca es mucho más que una simple versión sudamericana de Faulkner: es realmente la metáfora de que se vale García Márquez para ilustrar todo aquello que llega (en forma colateral) con la civilización (o el progreso) allí adonde no ha llegado. En el prólogo de la novela, una voz desde la primera persona del plural (“nos llegaron”, “no contábamos”, un préstamo más de Faulkner tomado de Una rosa para Emily) nos narra cómo ese progreso llega a un pueblo, Macondo, para una vez allí trastocarlo y nunca más ser el mismo.

Podríamos decir que es la historia de Latinoamérica y sus pueblos. Una rueda que al girar brillante hoy se apaga mañana en una sorda quietud de guiñapos.

4

La guerra, esa otra hojarasca, también se hace presente: detrás de ella vienen grupos de personas hechas girones, gentes sin porvenir que se suman a las que ya sufrían en el pueblo. El doctor, pese a estar muerto al principio del relato, lo atraviesa de un modo protagónico, pues es también su víctima indirecta; Isabel, su padre y el niño, compartirán la incertidumbre de esos que llegan sin horizonte.

5

La Hojarasca viene a ser, pues, el equivalente en un pueblo a esa Vorágine que soberbiamente retrató José Eustasio Rivera en la selva: un ventarrón de modernización que nos sacude hasta dejar sólo escombros. Hasta remecer a los mismísimos muertos.

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