Alicia o la imaginación ermitaña.

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Resulta curioso, por decir lo menos, que desde el país de los sirs, los lords, las miladies, los modales, la puntualidad, la rigidez, el engolamiento, el repelente de Newton, el urticante 007, el cerebral Sherlock Holmes, en una palabra, desde Inglaterra, el país de la seriedad, el más pavo real del Globo, haya surgido una historia tan disparatada como la de Alicia.

Aunque bueno: quizá sea ésta, en cierto modo, una de las razones que expliquen un origen en tales coordenadas: si apretamos y apretamos un corsé, tarde que temprano veremos saltar costillas. Y vísceras. Y las más impensadas viscosidades.

El creador de Alicia, Charles Dogson, alias Lewis Caroll, fue un hombre con todos los signos de alguien reprimido hasta las mitocondrias. Un hombre que le tocó en suerte (en mala suerte) vivir en un periodo atravesado por una represión moral excesiva: la época Victoriana. Una época en la que, según se dice, llegaron a usarse cortinillas -una suerte de faldas- para tapar las obscenas y provocativas patas de los pianos.

Pero ¿por qué Alicia fascina tanto a los niños? La respuesta es sencilla: por su imaginación desatada. ¿Y por qué fascina a los adultos? Por lo mismo que a los niños, sólo que a los adultos, a algunos adultos, les produce la vaga sensación de que, mientras leen, asisten a algo más que un simple cuento para distraerse.

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También está el atractivo de sus ilustraciones; ilustraciones que harán las delicias en las salas de cine del siglo XX y el XXI, en forma de películas, y que atestiguan la influencia (la enorme influencia) que en esta obra dejó impresa la fotografía, entonces impúber.

Pero estas razones no bastan, en sí mismas, para explicar una fascinación que ya pasa de siglo y medio.

Si, como decía Carroll, «El sueño tiene su propio mundo y a menudo es tan natural como el otro.», tal vez debamos suponer que nuestro mundo (¿el real?) no puede escindirse de otro muy presente en Alicia: el mundo de las matemáticas.

Sí. Las matemáticas, vistas como una construcción abstracta y simbólica, no pertenecen a nuestro mundo, al mundo sensible, pero es indudable y hasta ingenuo pensar que sin ellas podríamos concebir hoy la realidad como la conocemos.

Si Alicia se mueve en una realidad rocambolesca y alucinógena, que no cesa de atraer, debido, quizá, a cierta racionalidad oculta, a lo mejor por la razón contraria -vivir en una realidad demoledora- nosotros no cesamos de imaginar cielos, infiernos, fantasmas y todo tipo de espejismos y realidades calderonbarquianas, oníricas, que en cierto modo nos azucaran las incertidumbres. En una palabra: Alicia vive en un cuadro de Dalí aderezado con colores de Monet, gracias a unos ocultos trazos perfectos; nosotros, en una realidad insufrible y depredadora, que nos llevó a idear las más variadas matrix.

¿Por qué, por ejemplo, un acto de magia nos fascina tanto? Por la misma razón que nos fascina Alicia: vemos al mago, vemos el prodigio, y nos quedamos con la boca abierta. Pero todos sabemos que detrás de aquello existe un truco. Que detrás hay una explicación razonada, aunque no atinamos a saber cuál exactamente.

En Alicia, no hay por qué dudarlo, el mago aún ejecuta el prodigio. Y a 150 años de su aparición, nosotros, después de un millón de explicaciones, seguimos atónitos. Es el truco de trucos. La imaginación vuelta una cometa elevadísima. Inalcanzable. Ermitaña.

Larga vida a esta chica.

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