La filosofía en el tocador. Marqués de Sade. 1795.

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Explorar la obra del marqués de Sade, el más célebre de los sátiros contemporáneos, equivale a poner un pie en un territorio rebelde, delirante e insumiso, que se torna menos amenazador a medida que nos acercamos a él sin escrúpulos.

Y es que del apasionamiento de sus opiniones, del furor orgiástico contenido en sus obras, nos da una palpitante idea esa novela que, clandestina, surgida casi como de la nada, apareció al año siguiente de que Robespierre perdiera la cabeza; es decir, hablamos del año 1795 y de La filosofía en el tocador o los instructores inmorales.

En la portada no aparecía el nombre del autor, pero en el contenido se colegía. El escándalo fue inmediato. Mayúsculo. El desprevenido lector abría el libro y un furioso estornudo le salpicaba la cara con todas las parafilias imaginables y aun las imposibles.

Eugenia, una Venus adolescente, hija de un hombre disoluto y de una mujer de arraigados principios, posee la misma candidez de las heroínas literarias de su época: el desmedido asombro de la Fanny Hill de Cleland al ingresar a un burdel en plenos delirios; los desmayos de la Pamela de Richardson a la mención de una media femenina; y la inquietud, tan filosófica como incauta, de la Eloísa rousseauniana.

Y es aquí que llega Dolmancé, el alma mater de los lujuriosos. Un erotómano cuya concupiscencia bate records adonde quiera llega. Nada más ver a Eugenia, y ya se regodea con sólo imaginar los usos y abusos a que someterá a su reciente y desinformada alumna.

En las coordenadas de este universo, los instintos, las pulsiones, las acciones más primitivas y descarnadas, se erigen como un único gobierno donde sólo reina el desenfreno. Eugenia, tras resistirse en un principio al lúbrico adiestramiento, acabará por graduarse con honores y a ostentar, por poco, el título de catedrática.

Sin embargo, las ideas de Sade, reflejadas en sus novelas y en sus cuentos, no son como a simple vista parecen, una antítesis de la Ilustración, sino, más bien, su consecuencia más extrema.

Si la Revolución reemplazó al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo por la trinidad laica de Libertad, Igualdad y Fraternidad; si las aguas se agitaron tan rabiosamente que ahora palabras como tradición y moral sonaban cenozoicas y ridículas; si, en una palabra, se habían derribado todos los altares y pisoteado todos los ídolos, ¿para qué entonces ponernos trabas? ¿Para qué, pregunta Sade, imponernos freno alguno?

Para Sade, en Francia, pasada la Revolución, debían darse ciertos cambios. El país debía comportarse como una suerte de mar que se devuelve y remonta hasta su mismísimo origen. En el libelo, Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos, Sade hace un llamado a repensar las tradiciones, a despreciar la religión como la conocemos y a trocarla por una acorde a la nueva república, a los tiempos que corren. Su camaradería con la realeza, nos dice, representa una camisa de fuerza para una nación que está en la cuna. Si urgen nuevos ídolos, si se necesitan nuevos cultos, allí están los de los romanos: el culto a las pasiones, a los héroes, a las acciones valerosas, todos deben imitarse, o, en el peor de los casos, acoger aquellas virtudes que convengan a hombres que se dicen libres. Si la felicidad individual, ajena a los servilismos, pelea con las sujeciones, pues entonces para darse ella sólo necesita de una fórmula sencillísima: hacer a los demás tan afortunados como nosotros mismos deseamos serlo.

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“Ningún gobierno ha sido derribado nunca para fundar una monarquía”, por lo tanto, se precisa derrocar a las costumbres aristócratas: rechazar la pena de muerte, cuestionar la propiedad privada, dar vía libre a la prostitución, al incesto, al adulterio, a la violación, a la sodomía, al asesinato. Después de rebajar al hombre a su condición simiesca, al examinarlo al trasluz de la naturaleza que lo ha hecho, todo lo que antes se consideraba noble y sagrado, no es ahora, para Sade, más que un cajón risible con olor a naftalina. (Curiosamente, Sade rechaza el suicidio. Y en esto se remite a Rousseau cuando afirmaba que siempre debemos “huir del mal” para buscar el bien propio.)

Si los dadaístas del siglo XX, abocados a cuestionar las reglas y todo lo que oliera a orden, se congregaron en torno al catecismo de larga vida a lo efímero, el siglo XVIII ya mostraba ser un viejo zorro en esto cuando Casanova, al expresar mejor que nadie el apresuramiento y aceleración de su época, nos revelaba que con su más grande amor, la brillante y pizpireta Henriette, sostenía un inacabable y dilatado romance de 3 meses.

Es este un siglo tan impaciente, tan veloz, que el aluvión de cambios que patina por sobre los rieles del capitalismo acaba por trastornar las nociones más intuitivas: el concepto de tiempo, pongamos por caso, ligado desde antaño a la naturaleza y a los ciclos de las cosechas, termina por confundirse con el de velocidad: la urgencia de más y más mercancías reclama perfeccionar los relojes en un afán encarnizado por redituar todos los segundos. Hoy, gracias a una suerte de dictadura de lo tecnológico, comprobamos que de todo esto somos herederos, pues, multiplicándose a la n, el tiempo social e intuitivo corren a velocidades de tren bala, virales.

Y claro: hoy las perversiones de Sade (y un poco más), lejos de la clandestinidad de su época, nos aguardan a la distancia de un simple clic, de un leve tacto.

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