Bola De Sebo-Guy de Maupassant. Francia. 1880.

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Guy de Maupassant fue un hombre que vivió parcelado entre dos aguas: las aguas de una vida tumultuosa y vital, espoleada por un enorme éxito literario, y las aguas de una vida contigua a la locura, a cierto desequilibrio psíquico.

Quizá por ello no sorprenda que siendo muy joven, a los 14 años, salvara al poeta Swinburne de morir ahogado en Etretat, un balneario frecuentado por artistas; que a los 42, internado en una clínica psiquiátrica en Passy, falleciera tras 18 meses de terapias; y que a los 30, en un volumen titulado Las Veladas de Medan, publicara el relato que lo convertiría en un Best Seller y lo llevaría, de paso, a comprarse un yate.

Así es: aguijoneado por Flaubert, convertido en su discípulo, Maupassant logrará hermanar en Bola de sebo todas las enseñanzas de su mentor y, al mismo tiempo, evidenciar un genio tal que el creador de Madame Bovary se complacerá en decirle tras una primera lectura: «Vuestra hija es encantadora».

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Elisabeth Rousset, «Bola de sebo», es una prostituta cuyo sobrenombre remite a sus formas redondeadas, a su físico obeso (siendo el sebo la grasa animal o vegetal destinada a la fabricación de diversos productos). De entrada, es una «mujer galante». Una mujer cuya profesión va en contra de las normas morales. Será un personaje antitético. Un espíritu patriota dispuesto al sacrificio en beneficio de sus conciudadanos. Alguien que, tras inspirar desprecio a sus compañeros de viaje, acaba por inspirar compasión y respeto al lector.

Sus dedos son «ristras de cortas salchichas», su rostro, una «manzana roja»; su totalidad es calificada de «apetitosa». Sus rasgos están enunciados de forma que nos recuerden la profesión que ejerce. Este léxico de la alimentación no deja de ser sugerente: nos acerca a un personaje destinado a ser devorado, a ser consumido en su honor y sacrificio. Bola de sebo, a diferencia de los otros personajes, recibe una descripción física muy detallada. Su físico, puesto de relieve, parece contravenir un retrato intelectual casi inexistente.

Bola de sebo es una suerte de antiheroína. Maupassant destaca sus cualidades y la presenta como un ser inocente, inconsciente y generoso. Siempre dispuesta a ayudar a los demás, a ofrecer una de sus cosas más amadas: la comida. Así, en el instante de ceder a las pretensiones del oficial alemán, será para ayudar a los otros y por ello el autor no se limita a presentárnosla como una persona de gran corazón, sino que insiste sobre otras cualidades que parecen chirriar con la profesión que ejerce: Bola de sebo tiene convicciones religiosas e ideas políticas claras.

Maupassant nos hace saber que si ella se halla en la diligencia, presta a huir rápido a Ruán, es precisamente porque se ha rebelado contra un prusiano. Un gesto patriótico, un rechazo al ocupante, que se manifiesta también cuando se niega a las pretensiones de Cornudet, so pretexto de que el oficial alemán se encuentra en el mismo albergue.

Ella no es simplemente patriota, también confiesa un profundo respeto a la Iglesia.

Su devoción es subrayada por el modo en que se dirige a las dos monjas. Les ofrece sus víveres con toda humildad, sin sospechar que serán las palabras de la vieja religiosa las que la convenzan de la necesidad de entregarse. Un gesto vil, un pecado, desde luego, pero perdonable en la medida en que se hace en beneficio del prójimo. Es ella, la religiosa, la primera y única en preconizar la necesidad de la oración por el bienestar del alma.

Bola de sebo es bonapartista. Si bien sus ideas se nos antojan algo conservadoras, tiene convicciones que asume y clama a viva voz. No vacila en considerar traidores a quienes se han apartado de Bonaparte, en particular a los republicanos de izquierdas. Al final, resultará evidente que su personaje descansa sobre una paradoja que constituye el núcleo y riqueza del relato: por su profesión es juzgada en nombre de la moral, pero muestra una actitud que la sitúa por encima de sus críticos.

Cornudet, por ejemplo, es un personaje visto desde sus ideas políticas. De físico agradable, molesta por su ruidosa actitud, su educación incierta y su franqueza al hablar, sobre todo cuando aborda la cuestión política. Es un «democ». Tiene una alma revolucionaria y rechaza por completo la política del momento. Al igual que Bola de sebo, es un patriota y Maupassant se sirve de él para confiarnos la idea que tiene de los republicanos. Una idea más bien negativa, si tenemos en cuenta que sus opiniones políticas, comparadas con sus actos «heroicos», se reducen al ámbito de la palabra, pues parece incapaz de actuar. Su aparente valor se ve cuestionado cuando Bola de sebo, la más patriota, se encuentra sola. Ella solloza, es rechazada por todos, mientras él tararea una estrofa de La Marsellesa y actúa igual a los burgueses; a ésos a quienes dice profesar gran odio. Sus convicciones políticas son, pues, discutibles, y Maupassant no cesa de ridiculizarlas porque Cornudet y Bola de sebo son dos marginales a quienes todo habría podido unir, en teoría, pero que se ven separados por la doble moral y el orgullo.

Los Loiseau son gente de pueblo del tipo mediocre, profundamente vulgares, con un humor picante y que, habiendo adquirido recién una fortuna de origen dudoso, se han situado en el rango de la burguesía. Son dos seres carentes de escrúpulos que están dispuestos a unirse en su falsedad y ambición.

Los Carré-Lamadon, por su parte, representan la burguesía normanda. Dueños de importantes negocios, descansan su poder en el dinero. Maupassant destaca su carácter hipócrita. El Sr. Carré-Lamadon, por ejemplo, no tiene ninguna auténtica convicción política, y si el autor lo presenta como un opositor político, es para insistir en la idea de que su oposición es puramente calculada por su amor al lujo.

Los Carré-Landon son la imagen de esa casta social cuyas convicciones son inciertas y quebradizas. Su principal función en el relato es servir de intermedio entre el «pueblo» y la nobleza representada por los Bréville.

Los Bréville, a su vez, representan a la nobleza; más en particular a la normanda. Son aristócratas para quienes los signos de nobleza están esencialmente basados en las apariencias. Son los que ejercerán de voceros, con mayor autoridad, a la hora de convencer a Bola de sebo para que ceda ante el prusiano, olvidando así que con este acto se desdicen de esos valores que su casta, en apariencia superior, dice defender.

Con las religiosas, Maupassant critica a la Iglesia y por extensión a todas las instituciones religiosas. El autor pone en escena a estas dos representantes eclesiásticas quizá para recordarnos que su ideología ha estado siempre al servicio de las clases dominantes. Son presentadas como físicamente opuestas; una vieja, agresiva y de una fealdad exagerada; la otra joven, de aspecto más correcto, pero consumida por la enfermedad.

Estas «buenas hermanas» aparecen como autómatas de gestos mecánicos, propios de una disciplina que simplemente obedece. Su comportamiento remite a la servidumbre, a una sumisión amplificada frente al oficial prusiano. Serán las primeras en obedecer cuando éste ordene a los viajeros descender de la diligencia.

El oficial prusiano, al igual que las dos religiosas, es objeto de una caricatura por parte de Maupassant. Es un hombre seductor, «no malo del todo» según la Sra. Carré- Lamadon. Es autoritario, implacable, y su superioridad interpela a los burgueses que acaban por ceder. Sin embargo, es el único en llamar a Bola de sebo por su nombre, precedido de un «Señorita» en apariencia respetuoso. La caricatura que hace de él Maupassant reside, esencialmente, en la descripción de su aspecto: ridículo en su uniforme, le va demasiado estrecho; su bigote, a la altura de su insolencia, es todo lo exagerado posible; su acento, un alemán desmedido y brutal.

Los dueños del albergue, los Follenvie, también son caricaturizados. Representan una parte del pueblo a los que la guerra y el ocupante asustan. La Sra. Folenvie atrae más la simpatía que su marido. Ella es franca y parece tener una idea precisa y persuasiva de la guerra, lo que da a sus palabras cierta credibilidad. Su marido, por el contrario, sirve de intermediario entre el alemán y Bola de sebo. No es consciente de que su gesto es contrario a los intereses de Francia.

En este relato, pues, la tragedia de la guerra y el punto de vista del autor se entrelazan de un modo evidente. El sacrifico de Bola de sebo no puede ser considerado fuera de este contexto: ella representa a todo un pueblo que, frente al ocupante, es objeto de un chantaje; que impotente, siente la vergüenza y odio por el enemigo.

Con todo, en Maupassant y su relato también hallamos una sátira demoledora: por esas coincidencias de la literatura, Maupassant nació el mismo año (y el mismo mes) en que murió Balzac. ¿Un traspaso de poderes, acaso? Tal vez. Tal vez entre ellos hubo más afinidad de la que suponemos, porque así como Balzac (extendiéndose morosamente) lanzó una crítica bestial a la sociedad francesa que le tocó vivir, Maupassant ajusta cuentas parecidas con la suya, la sociedad del Segundo Imperio, y tras meter a toda Francia en un carruaje, expone sin clemencia toda la falsedad e hipocresía de que eran capaces.

No obstante, y pese a lo anterior, no todo es tan innoble: no debemos olvidar que nos queda Bola de sebo. Nos quedan sus lágrimas, su sencillez y su nobleza. El recuerdo contenido en su corazón generoso. Un corazón que late y vibra como pocos y que nos enseña que la literatura, en ciertas ocasiones, alcanza las cimas más altas. Las más sinceras.

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