Frankenstein. Mary Shelley. 1818.

the-house-of-frankenstein

Frankenstein o el dios extraviado.

El horror, el temor y el misterio: el horror a fuerzas primarias y recónditas; el temor a perder lo más entrañable y querido; y el misterio escondido en lo más sublime y sagrado: el origen de la vida.

Todo esto habita en Frankenstein.

Orquestado bajo la técnica de las matrioskas o muñecas rusas —es decir, bajo una estructura en que una historia contiene a otra y que a su vez da pie a otra—, el argumento de esta novela se ha hecho ya tan conocido que no necesita repetirse aquí de nuevo. Más bien, con la vista fija en sus implicaciones, indaguemos por esas preguntas que nos plantea y se nos presentan hoy con una actualidad rabiosa.

images

Tal parece que todos, en algún momento, deseamos escapar de quienes somos. Dar la espalda a lo probable para agarrar lo imposible y elevar así a la n nuestro ego. El doctor Frankenstein, poseído por la ceguera de por su propia inteligencia, se obstinó en una proeza que desborda los límites humanos: gestar la vida de un hombre con artificios científicos. El subtitulo de la obra, El moderno Prometeo, nos remite precisamente a la idea de un demiurgo y al titán de la mitología griega a quien se atribuye la creación de los hombres.

Pero la osadía de Frankenstein desató fuerzas primitivas. Zonas oscuras que terminaron por engullirlo y que nos llevan a preguntarnos: ¿es ésta una metáfora del hombre y las consecuencias de su afán por escarbarlo todo? ¿Un aviso a quien intenta sobrepasar sus propias posibilidades? ¿Qué pasa cuando la técnica se convierte en una herramienta que nos somete y empuja hacia obsesiones enfermizas? Pues sucede que nos exponemos a pagar precios irreversibles. Altísimos. El doctor Frankenstein, al cruzar enfebrecido el peaje de su soberbia y de su curiosidad morbosa, terminó por pagar con su vida y la de quienes más amaba. Es un espejo. Una bola de cristal que nos advierte lo que nos pasará a todos si nuestra civilización, empecinada en acrecentar un arsenal tan apocalíptico como costoso, continúa caminando por esa cuerda tan jabonosa: terminaremos con la vida del planeta.

Tal vez Mary Shelley, al escribir Frankenstein, tenía en mente aquel grabado de Goya titulado El sueño de la razón produce monstruos; tal vez, su Frankenstein, sin buscarlo a pleno, terminó por reafirmar la idea que allí late: que el capitalismo y su tecnificación, con su aspecto de traje lustroso y de buen corte, sacudió en el hombre el polvo de su condición simiesca, y una vez aprendió a garabatear un lenguaje embriagador, una escritura que supuso semejante a la de los dioses, creyó que podía equipáreseles y crear a la par que ellos. Pero no. Todo fue un simulacro. Una patraña. Las fuerzas desatadas por él (y que creyó bajo su poder y beneficio) se volvieron finalmente en su contra.

Si el Romanticismo había defendido la idea de que el artista no imita a la naturaleza, sino que la recrea de cero, Mary Shelley sustituye al héroe romántico por el científico megalomaníaco y, en esa sustitución de roles, nuestra precoz autora —tenía 19 años— nos ofrece un aspecto siniestro de ese concepto que ya Diderot y su Enciclopedia, en su acepción positiva, habían registrado pensando en Newton: el genio.

A lo mejor sin saberlo, Mary Shelley abrió con su novela un sendero que hará carrera en el siglo XIX y que eclosionará en el XX: el de la ciencia ficción y los científicos que ramonean en la literatura y en el arte: Isaac Asimov, Julio Verne, H.G. Welles, y el neblinoso doctor Jekyll, nos enseñan que los caminos de la psique humana, además de intrépidos e inagotables, son también tortuosos. Que en su afán por mercantilizar un mundo que percibe cada vez más como su mascota, el hombre acabará por encontrar siempre una felicidad inalcanzable. Ilusoria. Y por ello terminará convertido en una suerte de Tántalo creado, cómo no, por sí mismo.

Si, según decía José Saramago, las tres enfermedades del hombre actual son la incomunicación, la revolución tecnológica y la vida centrada en la idea de triunfo personal, ¿no podremos afirmar entonces que ya todo esto se bosquejaba en Frankenstein? ¿No es el hombre de hoy, acaso, una suerte de versión optimizada del doctor Víctor?

He aquí la pertinencia, la necesidad de repensar esta obra.

maryshelley_

Anuncios

Una respuesta a “Frankenstein. Mary Shelley. 1818.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s