Fitzcarraldo. Werner Herzog. Alemania occidental. 1982.

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El quijotismo llevado al cubo, a los confines de la esquizofrenia; una empresa delirante donde una nota imposible vibra en la garganta de un hombre sin laringe. Todo esto es Fitzcarraldo. La fusión de un hombre convertido en sueño y el sueño convertido en una posibilidad latente.

Quizá (es una suposición), por exhalar una fuerza tan indomable como infinita, enorme como la circunferencia del mundo, Brian Fitzgerald “Fitzcarraldo” termina siempre lejos de cualquier asomo de coherencia. Tiene que escalar y escalar. Sobrepasar toda cima. Incluso, da la impresión que no es la cima lo que busca, sino correr constantemente, perseguir absurdos imposibles, ser un poeta que en tanto sueña con la luna se figura instalado en ella; he aquí su destino. Y a fuerza de ser consecuente, terminó por convertir una debilidad en su mayor fortaleza.

Si los sonidos son un sacudimiento del aire, esta vez el aire ama doblegarse bajo las modulaciones de Caruso. La barbarie se suaviza. La música anestesia. Recorriendo las sinuosidades y corrientes del río, la ópera nos enseña que el agua no es tan peligrosa y que el calor no es tan sádico después de todo.

Es cierto que se necesitaron muchos siglos para que la selva se convirtiera en ese abigarrado templo donde todo se somete, sí, pero también es cierto que se necesitó a un gran hombre, de tenacidad hercúlea, para que se igualaran tamañas proporciones. En esta película constatamos que la selva y los colosos, los hombres-rascacielos, lejos de enfrentarse se imitan hasta parecerse. Hasta volverse uno.

El tono documental nos deja un sabor a autenticidad. Los indígenas son reales. El barco es real. El cruce por la montaña es real. Aquí no hay efectos especiales porque Fitzcarraldo es una oda a los románticos y a las ilusiones que se burlan de la civilización y sus monedas.

Fitzcarraldo

Fitzcarraldo nos hace creer que todo lo podemos. Que la selva no es ese verde inextricable donde todo se agota, sino un monstruo fabuloso en espera de un amo. Las risas no son impedimentos, motivos para desanimarse, no; son sólo la confirmación evidente de los tontos. No hay temores. No hay dudas. Si le das un dodecaedro a Fitzcarraldo, te devuelve un teorema; si una montaña, un valle. Para él toda cobardía es motivo de rechazo pues, como si hablara por boca de Ricardo Piglia, parece repetir sus mismas palabras: “sólo en la mente de los traidores y de los viles, de los hombres como yo, pueden surgir los bellos sueños que llamamos utopías.”

Hace muchos siglos, por la época en que Sócrates revolucionaba la filosofía, Protágoras afirmó que “El hombre es la medida de todas las cosas”. Werner Herzog, con este populoso obelisco fílmico, parece reafirmar esta opinión al demostrar que es la voluntad, la voluntad de los hombres-océano, la verdadera medida de todas las cosas.

Viva Fitzcarraldo!

eqONk

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