¿Para qué leer literatura?

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Un carruaje real que frena. Una alfombra que se desenrolla. Un pie aristocrático que asoma y un ligero viento lo acaricia como si le dijera buenas tardes. Es el año 1797. Estamos en algún lugar de Crimea. Al fondo, en una pose que parece invitar al descanso, un pequeño pueblo se acoda en un valle enorme. Arriba, desde un cerro no muy elevado, la mujer que se acaba de bajar del coche lo mira con una mano delante de los ojos. Aguza la vista. Es la zarina de Rusia, Catalina la Grande. Lo que ve le agrada pues el pueblo se le antoja bello y los habitantes ni se diga. A su lado, Grigor Potemkim, el más reciente y favorito de sus amantes, la mira de reojo y cree advertir allí una sonrisa que promete. Es de no creer, se dice Catalina, que mis reformas estén arrojando estos resultados, ¡qué pueblo increíble!

Pero no, no nos engañemos. Aquí nada es lo que parece. Aquel pueblo y aquellos campesinos bien alimentados y bien vestidos no son más que una treta. Una farsa. Potemkim, en una audacia digna de antología, ensambló fachadas hermosas y las puso delante de las casas miserables hasta ocultarlas. Maquilló, en un gesto propio de las mejores comedias, a las ruinosas calles con visos de unas buenas y suplantó a los verdaderos y harapientos pueblerinos por unos actores. Lo que allí se ve, lo que Catalina observa desde la colina, no es más que un un engaño encaminado a elogiar sus reformas. Una bufonada para ganar sus favores.

Ahora bien, la literatura, en relación a estos pueblos de Potemkim, viene a ser exactamente lo contrario: una simulación que desnuda y se pone delante de las fachadas que intentan hermosear al mundo.

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Es ella esa herramienta, si la miramos en amplitud, que no oculta sino que exhibe; que no disfraza sino que revela. Con su simulacro de las más diversas geografías, nos enseña las cicatrices y grietas que intentan embellecer quienes controlan al orbe. La literatura, al igual que las artes elevadas, nos acerca a las certidumbres de este mundo sin importar si son amargas o dulces.

Las preguntas esenciales, las rutas para acceder a las respuestas primarias, se asoman a través de ella porque por su naturaleza misma —es decir, por su capacidad para desestimar lo acomodaticio—, se convierte en el mejor instrumento para comprendernos y enfrentarnos a nosotros mismos pues, al encarar a nuestras emociones, acabamos por comprender a los demás en un proceso de ida y retorno. Es el mejor modo, para decirlo en una palabra, de comprender esa complejidad que llamamos cultura.

En el capítulo XXX de la segunda parte del Quijote, un duque socarrón, que conocía ya las primeras aventuras del Ingenioso Hidalgo, decide divertirse a costillas suyas y ordena a su corte entrar en su loco mundo.

Es entonces que la corte simula y la duquesa simula. Todo el mundo simula una y mil pleitesías —tal como corresponde a un caballero y a un escudero de semejantes cualidades—, hasta que Don quijote y Sancho caen en la trampa. Es aquí que la ficción parece escapar a la ficción misma, borrando cualquier línea divisoria, pues aquí la literatura alcanza su orilla más sólida: a medida que leemos y nos internamos en su mundo —como en apariencia creemos—, es ella quien realmente se interna en el nuestro, y, una vez nos cuenta lo que se proponía, termina por influir en nuestras emociones hasta despojarlas de esos perfumes —pensemos aquí en la publicidad— que a diario buscan engañarnos.

Por eso, si bien el duque imita a la locura de don Quijote, la literatura imita a la locura del mundo. Y, en ese proceso de ida y vuelta (de feedback como se dice ahora) ambos, personajes y lectores, descubrimos una verdad que hasta entonces ignorábamos: Don Quijote se ve de cara a su insensatez enorme; nosotros, a la locura que rebosa al mundo.

Así pues, respondamos entonces a la pregunta que proponíamos arriba: ¿para qué leer literatura? Hay que leer literatura porque cada que lo hacemos reencantamos al mundo y nos fabricamos un génesis personal, nuevo. Un cosmos en el que somos verosímiles pese a su carácter artificioso, pues, al multiplicarnos en cientos de existencias, casi que alargamos la vida.

Es la venganza, nuestra mayor venganza para con la muerte.

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