Qué no leer y por qué.

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A quien dé un vistazo por cualquier librería de cualquier país medianamente civilizado no puede menos que asombrarlo la cantidad de libros que se ofrece: es incalculable. Ya en el siglo XVIII, Jean Jacques Rousseau, haciendo mención al tema, se quejaba de los “ríos de libros” a los que cualquier persona interesada en ellos se veía enfrentada.

Hoy en día, y a más de dos siglos de la queja de Rousseau, podemos decir que el océano de libros que nos rodea es inabarcable. Basta pensar, solamente, en la obra de un escritor como Dostoievski —por citar a uno de culto— para descubrir que la lectura atenta de sus obras completas nos demandaría, por lo menos, dos años íntegros de nuestra vida. No, no podemos leer todos los libros. Y no podemos porque, de un lado, es temporalmente imposible, y de otro, porque es realmente innecesario: muchos libros no merecen ser ojeados siquiera.

Así pues, el objetivo de estas líneas es presentar algunos títulos de los que aconsejaría huir como si de una enfermedad contagiosa se tratase.

En primer lugar, no leer ningún libro de la saga Caballo de Troya de J.J Benítez. Su linea argumental, en líneas generales, no pasa de especulaciones conspirativas, situaciones harto imposibles, y de milagros que aterrorizan a la razón. Es más, hagamos nuestra recomendación más extensiva: no leamos ningún libro de J.J Benitez. Toda su obra es, en resumen, un compendio de fantasías sin el menor asidero en al realidad, un amasijo de fábulas que el autor ha volcado en miles de páginas y que al día de hoy (y como si tuviera una imprenta en la cabecera de la cama) se multiplican como virus.

Para este hombre, la megalomanía no se diferencia mucho de lo que otros consideran escribir. Y por eso para él (y como si se tratara de un fenómeno físico) publicar se sucede a la velocidad del sonido –¿o deberíamos decir del eco?–. Después de leer en la solapa de uno de sus libros: «En este momento prepara 40 nuevos libros sobre los más diversos temas», estaría dicho todo. Pero no, no está, porque no contento con ello, no conforme con llamar a sus ensoñaciones «reales», las respalda presentando como prueba irrebatible (¡qué mejor prueba!) el hecho de que él, justo él, ha sido testigo en todas ellas.

el arte de leer es

Con el título de “investigaciones periodísticas” habla sin ruborizarse de ángeles, extraterrestres, viajes en el tiempo, vírgenes, monstruos y seres místicos que se aparecen a cada dos pasos. Las civilizaciones avanzadísimas que se ocultan en nuestro planeta, también aportan su cuota: los secretos que el maquiavélico gobierno esconde serán, a su debido tiempo, expuestos a la luz, porque afortunadamente para nosotros, él está allí, vigilante, instigador, presto a desenmascarar todas las añagazas.

Afirma, a todo pulmón y sin la menor prueba seria, que las grandes construcciones de la antigüedad –pensemos aquí en las pirámides mayas y egipcias– fueron construidas por seres de otro mundo; que aquí nada tienen que ver los humanos.

En cierto pasaje, por ejemplo, Jesucristo aparece como un espectador del coliseo de Roma. Un coliseo que, entre otras cosas, empezó a construirse bajo el imperio de Vespasiano, es decir, ¡70 años después de Cristo! Sin más pruebas que su palabra, Benítez sitúa a los hombres junto a los dinosaurios, cuando sabemos, gracias a la paleontología, que entre la aparición de los unos y la extinción de los otros media una distancia a considerar: ¡la bicoca de 60 millones de años!

Si la experiencia ajena sirve de algo, por favor, por favor, no pierda valiosos segundos en ojear, siquiera, las solapas de estos bodrios. Si por un inesperado accidente, si por un funesto azar alguno de ellos cae en sus manos, no lo dude, no vacile: llame inmediatamente a los bomberos de Fahrenheit 451. Algún día me lo agradecerá gozoso.

No leamos libros de moda, del momento. Hagamos oídos sordos a los sonajeros que cascabelean tras las editoriales. Miremos con cuidado, con cierta prevención, a los Best Sellers. Hagamos caso a Schopenhauer y a lo que dice en El arte de no leer; es decir, al tacto que debemos tener con la lectura para, al igual que con la comida, distinguir entre lo sabroso y lo nocivo, entre lo sano y lo venenoso. Si, pongamos por caso, un libro como 50 sombras de grey, una novela cuya alharaca mediática la ha lanzado, literalmente, a las manos de miles de incautos (sobre todo de incautas); si un libro, digamos, tan vendido, muestra cómo su protagonista –una chica tímida e inexperta– conoce al galán –un joven guapo y poderoso– en un tropezón con el que va a dar a sus brazos cual Thalia en telenovela mexicana, entonces no merece tocarse siquiera.

Pero no. Que no se nos haga eterna esta lista. Finalicemos con Ser y Tiempo de Heidegger. Un libro que en el que aparecen frases como ésta: «El ser-ahí es el ser a quien le va en su ser su ser», no es precisamente la invitación a un fin de semana con tobogán y piscina.

Pero en últimas, ¿suena pretencioso aconsejar qué leer y qué no? Lo suena. Oscar Wilde lo hizo, pero era Oscar Wilde. En todo caso, pensemos en que así como a veces recomendamos libros, a veces también podemos hacer lo contrario: no recomendarlos. Si el tiempo es oro (como dicen ciertos empleadores proclives a implementar más de 8 horas laborales), la lectura no lo es menos, y si estamos algo alertas, haremos rendir al primero al escoger buenas muestras de la segunda.

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