Yo, el supremo. Augusto Roa Bastos. 1974. Paraguay.

11.gran_dictador(fotograma de la película El gran dictador, 1940.)

«El Dictador de una Nación, si es Su­premo, no necesita la ayuda de ningún Ser Supremo. Él mismo lo es

Vaya palabras. Cuánta petulancia. Cuánta suficiencia en ellas pues al leerlas nos da la sensación de que oímos a un Hitler o a un Stalin. A un Mussolini. De repente, parece que Luis XIV y aquello de «el estado soy yo» se pone frente a nosotros. Pero no. No es ninguno de ellos quien expresa esta opinión. Es un dictador situado en Sudamérica y en un siglo diferente: José Gaspar Rodríguez de Francia, presidente del Paraguay en la primera mitad del siglo XIX, y a quien Augusto Roa Bastos novela en Yo, el Supremo.

Valiéndose de cartas y reseñas, de enciclopedias y memorias, de escolios e incluso de crónicas de conquista escritas en viejo castellano, Roa Bastos hace las veces de un neurólogo que se adentra en el cerebro de un déspota.

1667894362c76f259f982c2d3d33745a(imagen tomada de internet)

Su voz hace honor a su investidura, a su manía de conservar el dedo puesto en el gatillo. En un amplio disertar, el Supremo se arroga para sí el derecho de la voz cantante. Habla y dicta, obliga y manda. Ajusticia y lejos de ceder o dispensar un átomo olvida lo que significa respetar pues él mismo borró ese verbo: Si el hombre común nunca ha­bla consigo mismo, el Supremo Dictador habla siempre a los de­más. Dirige su voz delante de sí para ser oído, escuchado, obedecido. Aunque parezca callado, silencioso, mudo, su silencio es de mando.

Una poética de la opresión y un concierto del acatamiento. Roa Bastos describe a un dictador imitando las dos cosas que mejor hacen ellos: ajusticiar y someter. Arrinconando al lenguaje con las botas de su habilidad, el escritor paraguayo lo flagela a su antojo y discreción. Y allí donde podría constreñirlo, lo ensancha hasta rehacer sus normas. Es una escritura polifónica y fascista- fascista, si se permite la expresión, en un sentido positivo-: así como se aprieta un acordeón para lograr las notas deseadas, asimismo Roa Bastos aprieta al lenguaje para obtener un néctar melódico. Es un Napoleón del idioma; un supremo dictador que describe a otro igual de tiránico:

“Anduvimos lado a lado sin poder juntarnos, en edades dife­rentes. Por todas esas lejanías he pasado con persona mía a mi lado, sin nadie. Solo. Sin familia. Solo. Sin amor. Sin consuelo. Solo. Sin nadie. Solo en país extraño, el más extraño siendo el más mío. Solo. Mi país acorralado, solo, extraño. Desierto. Solo. Lleno de mi desierta persona. Cuando salía de ese desierto, caía en otro aún más desierto. El viento vuela entre los dos con olor de alguna lluvia cerca. ¡Cuánto querer poder querer! ¡No recibir más que te­mor, y uno acaba suspirando odio como si fuera amor! Cae la llu­via fuerte. Goterones sólidos. Cortina de plomo entre dos edades del universo. ¿Es el Diluvio? El Diluvio.”

obra-roa-bastos-los-10-mejores-libros-latinoamericanos(imagen tomada de internet)

Los ojos parecen dedos: en cada párrafo leído parece que agarramos a manos llenas:

Tengo en mis manos los cuatro ases: El de bastos en mis manos, garrote de mi poder. El de oro en las arcas del Esta­do. El de copas en que darles de beber la hiel y el vinagre a los traidores.

Envuelto en la filosofía del despotismo, en la ejercida por quienes se antojan superiores y sobre la humanidad entera, el Supremo deja ver en su “cuaderno privado” y en la “circular perpetua” sus ideas más insidiosas:

—Al pueblo se le embrutece mediante su propia memoria.

—Tyrano, dijo el rey sabio, es aquel que con el pretexto del progreso, bienestar y prosperidad de sus gobernados, substituye el culto de su pueblo por el de su propia persona.

—El poder de los gobernantes (…) está fundado sobre la ignorancia, en la domesticada mansedumbre del pueblo. El poder tiene por base la debilidad. Esta base es firme porque su mayor seguridad está en que el pueblo sea débil.  

Al dictar las reglas a su arbitrio, sus caprichos no se sacian, antes bien: su mayor disfrute es verse obedecido al pie de la letra y de la sangre. Su patio de recreo es el patíbulo; la horca, el lazo con que salta en sus ratos de ocio: Yo no escribo la historia. La hago. Puedo re­hacerla según mi voluntad, ajustando, reforzando, enriqueciendo su sentido y verdad.

El contrapunto viene dado por su secretario. Un hombre apocado que haciendo las veces de contertulio, homenajea al Sancho del Quijote (¿No será que prometió hacerte cónsul de su ínsula barataría?). Es a través de él, tal como hiciera don Quijote con Sancho, que el Supremo se oye y dialoga en una suerte de relación amo-alumno. Allí reflexiona y piensa, exige aprobación y exhibe jactancia, al tiempo que examina las enmarañadas fórmulas que engarrotan al Estado.

Es un personaje clave este secretario: representa a los acólitos del poder. A ésos que cohonestan con el vasallaje a cambio de favores mezquinos. Su voz, hueca de personalidad, apéndice de los poderosos, constituye sin embargo el atril en que ellos se levantan y que los encarama por encima de la gente. Dicho de otro modo: los sacristanes del poder (y sus hosannas) son quienes sostienen a los opresores; y será su ausencia, sin duda alguna, la que los derribe. (Frente a lo que Vuecencia dice, hasta la verdad parece mentira).

Investido del poder absoluto, el Supremo Dictador no tiene más que enemigos. Esperemos que después de leer esta novela, sus amigos, los amigos de la gran literatura, se multipliquen a dos manos.

las-novelas-de-dictador-6-728(imagen tomada de internet)

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