Cartas a Eugenia. Barón de Holbach. 1768. Francia.

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Un blasfemo, un alucinado. Esto dijeron algunos de John Lennon cuando, por allá por los años 70’s, cantó algo parecido a lo que sigue: “Imagina un mundo sin religiones, es fácil si lo intentas”.

Hubo muchos ofendidos y otros no menos escandalizados que pidieron colgar a Lennon, calificándolo de apóstata disfrazado de cantante, olvidando que, como es de suponer, anticlericales ha habido siempre y en grado sumo, y que no por ello se justifica censurarlos o arrojarlos a la hoguera.

No. Todo lo contrario. A Lennon había que escucharlo y, en lugar de dispensarle un sonoro puntapié hacia al destierro, había que atender eso que manifestaba; esas ideas cuya irreverencia suele ganar inquinas, pero que, al mismo tiempo— y afortunadamente para el avance de las ideas— ganan también partidarios. Hoy, haciendo eco de esa complacencia para con los anticlericales, nos ocuparemos de uno de ellos: el Barón de Holbach.

El Barón de Holbach -cuyo nombre completo era Paul Heinrich Dietrich von Holbach- era un hombre que pertenecía al círculo de los ilustrados, al de Diderot y su camarilla. Sus opiniones, a diferencia de sus colegas, tendían hacía la virulencia y el extremismo. En el ámbito de las ideas religiosas, las suyas se alejaban marcadamente del deísmo volteriano y de las posiciones intermedias que preconizaba la mayoría de los enciclopedistas; en una palabra: era un hombre rabiosa y abiertamente ateo.

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Ahora bien, si en Cartas a Eugenia Holbach echa mano de un recurso muy en boga entonces, esto es, el de apelar a una correspondencia ficticia para movilizar ideas y cuestionamientos, Holbach mismo se salta esas restricciones para entregarnos una lección magistral de cómo debatir y argumentar con altura.

Su forma de razonar es sencilla y, por la misma razón, pide tomarse con la yema de los dedos. Para entenderla, pongamos un botón de muestra: si Dios, el ser más perfecto, creó un mundo tan imperfecto, esto sólo puede significar dos cosas: o Dios no pudo haber hecho el mundo (puesto que de un ser perfecto no puede surgir algo imperfecto), o lo hizo tal como es, intencionadamente malo, y por eso mismo le importa un comino.

De esta ardua encrucijada se desprende otra, si cabe, aún más espinosa: si Dios no hizo el mundo, ¿qué sentido tiene entonces adorarlo?, y si lo hizo tan desprolijo, inclinado en sus favores a pocos y en sus males a muchos, ¿para qué molestarse en obedecerle? ¿No es el hombre, acaso, demasiado diminuto y la vida demasiado corta para malgastarla en auscultar los enigmáticos caprichos del Bien Supremo? Que sus designios son impenetrables, bien: no hay razón entonces para comprender la religión y abrazarla. Para qué desgastarse en insondables misterios teniendo como guía una razón tan corta.

En un derroche de locuacidad, Holbach busca un punto fijo en medio del torbellino teológico, de sus innumerables dogmas y callejones tapiados. Para ello, valiéndose de un lenguaje trasparente, alejado de las jerigonzas de los clérigos y su boato metafísico, Holbach nos señala cuánta incoherencia guarda, por ejemplo, el hecho de que un Dios “infinitamente bueno” nos amenace con una cremación eterna; con una suerte de Auschwitz del subsuelo.

El tema del libre albedrio, cómo no, también pasa al frente: si el hombre tiene libre albedrio, si puede molestar a la divinidad, ofenderla, contrariarla e incluso hacerla desbarrar en sus planes (recordemos que con el diluvio -pongamos por caso- el hombre es castigado menos por su comportamiento que por arruinar los planes perfectos de la Providencia), si el hombre, en una palabra, tan pequeño él, puede de alguna manera suscitar una leve alteración en los planes divinos, entonces Dios no es todopoderoso, y si no es todopoderoso, no puede ser Dios.

Si el pecado existe, Dios no es todopoderoso; si el diablo existe, Dios no es todopoderoso; si el mal existe, Dios no es todopoderoso. Los teólogos, nos dice Holbach, al dotar a Dios con todas las cualidades imaginables, cayeron en la contradicción que la reunión de esas mismas cualidades implica.

El raciocinio, nos dice el barón, es señalado como un enemigo por parte de los fanáticos religiosos. Una artimaña del demonio que se debe extirpar pues, en ese puesto, sólo debe existir eso que los sacerdotes describen con un detallismo que pasma: los deberes del hombre para con su creador, su obligación de adorarle y (cómo dudarlo) las consecuencias de desobedecerle: una catarata de terrores ultraterrenos.

Aplicados a la religión, los adjetivos de Holbach parecen, a primera vista, un tanto desproporcionados —“nociva, perjudicial, inútil”—, pero en cuanto se pone en su lugar al sufrimiento que bulle por el mundo, caemos en la cuenta de que en su aparente consuelo, la religión se queda en eso, en aparente: mitiga lo que debería resolver, agrava lo que debería mitigar, calla cuando debe alzar la voz, y allí adonde se le llama a desmadejar sinrazones, termina por enfrentar a los hombres. Dicho de otro modo: con religión o sin ella la gente no es más feliz, quizá sí más desgraciada, de ahí que sobre.

Así, pues, Holbach no tiene la menor intención de atenuar su carácter polémico o, mucho menos, entablar un debate que se meta en berenjenales filosóficos. No. Holbach, al negar a Dios— y más que negar su raciocinio se dirige a la utilidad del Arquitecto—, nos dice que Dios no se necesita, que no sirve para nada, que se vive mejor y más tranquilo sin esa especie de bastón y, para demostrarlo, hace acopio de esa navaja que el siglo XVIII afiló como ninguna otra: el someter las verdades monolíticas a juicios razonados.

En conclusión: en Cartas a Eugenia el Barón de Holbach se lanza contra la religión y todo lo que ella representa tal como se lanzaban, digamos, los caballeros en la Edad Media: con la alabarda inhiesta y el menor comedimiento. Se lanza, no sin pensarlo poco, sino tras cavilarlo mucho. Y en este duelo, a juzgar por el resultado final, su oponente queda boqueando inerme y gravemente herida. Con la misma indefensión de una cucaracha cuyas patas apuntan al cielo.

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