El castillo de Otranto. Horace Walpole. 1764. Inglaterra.

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Más allá de ser la primera gran novela gótica —o de ser una suerte de ghost story muy célebre—, El castillo de Otranto pasa a la historia de la literatura por ser, en realidad, el vientre que dará a luz las características que definen al subgénero gótico: puertas chirriantes, calabozos terroríficos, pasadizos secretos y castillos medievales que, de lo decadentes, sólo pueden dar cabida a cierto tipo de atmosferas: las lúgubres.

Con una temporalidad situada en la Edad Media, las locaciones cercanas a la Europa mediterránea (Italia), el viejo manuscrito como garantía de autenticidad irrebatible, la maldición que exige víctimas y victimarios, los prodigios sucedidos por arte de birlibirloque, las apariciones y desapariciones, la doncella en apuros (Isabella), el hombre a la par que malvado poderoso (Manfred), el joven valiente y humilde pero signado por un destino aristocrático (Teodore), todos estos tópicos (y unos tantos más), se reúnen en esta obra para recrearse en las ficciones que caminarán, más adelante, por este misma senda.

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Pese a todo, El castillo de Otranto permite ser leído, también, como una suerte de reacción antilustrada. Escrito en la Inglaterra del siglo XVIII, El castillo de Otranto se reclina de un modo sospechosamente natural en las supersticiones y nigromancias que calaban tanto en la época y que tanto combatieron Voltaire y sus adláteres: el regreso a la Europa medieval, a sus entornos bucólicos y fantásticos, el deleite por las circunstancias harto mágicas, el regodeo morboso en situaciones inexplicables y, en fin, todo lo que agradaba sobremanera a los amantes de las ensoñaciones y los paseos solitarios, esto es, a los románticos, se conjuga copiosamente en esta novela mientras su otra cara, la razón y su cortante filo, se hallan prácticamente ausentes.

Esta situación se volverá a repetir de un modo similar, en el siglo XX, cuando el movimiento surrealista (abanderado por André Bretón y Tristan Tzara) se matricule para ajusticiar, aún más, a la Razón y a su marchito culto. Aquí los surrealistas desempolvarán al castillo de Otranto y a varios textos parecidos y en ellos esculcarán esas simbologías que les eran tan caras.

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Concluyamos diciendo que en este tipo de novelas no se ofrece un análisis de un contexto histórico dado, tal como podría suceder, digamos, en las llamadas novelas históricas. Aquí, por contrario, el marco histórico sólo sirve para reforzar la atmosfera del argumento y apropiarse de su aura mítico-mágica, para encadenar así una sucesión de elementos que hoy, sin duda, calificaríamos de tópicos, pero que, de faltar entonces, seguramente habrían retrasado el surgimiento de escritores de la talla de Edgar Allan Poe o de novelas como Otra vuelta de tuerca.

En suma: en El castillo de Otranto lo de menos son las cadenas, lo importante es su ruido; o mejor, su eco. Un eco que trascendió a su época y que por su potencia y su singularidad, llegó hasta nosotros.

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«El Castillo de Otranto es notable no sólo por el sombrío interés de la historia, sino por haber sido el primer intento moderno de fundar una literatura de ficción fantástica sobre la base de las antiguas novelas de caballerías.» Walter Scott.

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