El Banquete, Platón. 380 A. C. Grecia.

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Sócrates era hijo de un escultor y de una comadrona; es decir, hijo de una persona que con sus manos daba origen a nuevas formas y de otra que mediaba para que nuevas formas lleguen a este mundo.

Fue el resultado de una intersección vital. De un cruce de caminos en que la vida y el arte se miraron de frente e hicieron de él lo que fue: un meteoro que rasgó el cielo de las ideas; una hoja serena pero convulsa que agitó las aguas del pensamiento y las hizo manar de pozos infrecuentes: la filosofía, a partir de ahora, comienza a entenderse como una suerte de alumbramiento. Una especie de iluminación para indagar y hacer preguntas y que se condensará en una insospechada técnica: la mayéutica, «el arte de la comadrona».

De manera que con la llegada de Sócrates aparece una filosofía que contribuye a dar a luz al pensamiento independiente. Ahora, en lugar de mirar exclusivamente a la naturaleza (tal como hicieran sus antecesores, los llamados presocráticos), Sócrates dirige la mirada al conocimiento y en tanto hace las veces de periscopio, asomándose a inexploradas superficies, examina al entorno social de entonces.

Es difícil no pensar que es una lástima -para la posteridad, para la historia de las ideas- que Sócrates no dejara textos. Su pensamiento, al ajustarse y moverse mejor en los cauces del dialogo, al pelear con la palabra escrita y rechazar el registro, nos deja con la obligada pregunta de qué tanto pudieron cambiar sus ideas al pasar por los médiums que lo trajeron hasta nosotros.

Es así que llegamos al Banquete.

En el Banquete Platón nos lleva a los entretelones de un festín de amigos. Aristófanes, Pausanias, Fedro, Sócrates y otros más se entregan a los placeres de Dionisio. Allí, bajando tembloroso por las comisuras de los labios, el licor se desliza abundante en tanto las risas, coreando aguardentosas, convienen en que el amor sea el tema a tratar y que a su calor cada quien afine sus mejores discursos. Es esta una atmósfera embotada de efluvios de sabiduría, es cierto, pero también lo es que aquí nadie se molesta en disimular su evidente homosexualidad, pues, siendo común entonces, propicia que cada hombre dirija sus picardías a esos mismos hombres de la manera más sincera.

Si bien Agatón es el invitado de honor- puesto que acaba de ganar el concurso de tragedias y es este el motivo del agasajo-, es sin duda Sócrates el centro del convite.

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Aristófanes contará el mito del origen del amor, ese cuerpo escindido por un castigo divino que vivirá condenado a buscarse por los siglos de los siglos, y luego Sócrates expondrá su teoría del amor y sus grados ascendentes.

A continuación aparecerá Alcibíades, bastante ebrio y lenguaraz, y con él el relato ascenderá a su parte más lograda. «Alcibíades, pronuncia un discurso sobre el amor», le piden los compadres. Y él, en lugar de acceder a esta noble solicitud, llama a su maestro «sátiro burlón» —por su fingida y autoproclamada ignorancia— y acto seguido procede a dirigirle el más conmovedor de los elogios.

Es casi un hecho que Eros ha encarnado en su maestro, nos dice Alcibíades, pero también lo es que su discurso alcanzará el cenit cuando oígamos (tras contar con el beneplácito de los achispados bacantes) que pese a la irrefrenable atracción que ejerce su belleza, Sócrates ha rechazado a Alcibíades.

Al final, Alcibíades dirigirá sus elogios hacia la filosofía, y el relato nos dejará en la antesala de la muerte de Sócrates. Una muerte que marcará época porque, entre muchos otros, plantea el suicido como un problema filosófico y el abandono del mundo como un hecho deseable. Jacques Louis David, el gran pintor de la Francia bonapartista, representará esta muerte con una maestría fuera de dudas. Y allí el evento alcanzará honduras de mito. Unas honduras dignas de este personaje extraordinario.

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2 Respuestas a “El Banquete, Platón. 380 A. C. Grecia.

  1. Excelente entrega… Efectivamente, la expresión ¨amor platónico¨tiene sus raíces en ¨El Banquete¨y el Mito del Andrógino es básicamente su expresión metafórica o simbólica… Gracia por compartir! Aquileana ⭐

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