Clásicos inmortales: Discurso sobre las ciencias y las artes. Rousseau. 1750.

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Corría el año 1750 y de repente llegó a él una suerte de iluminación: caminaba distraído, como quien sale a solazarse, y al alzar la vista vio algo que no esperaba y que para su fortuna lo cambió todo. Era un aviso del Mercure, un periódico Francés, y allí se anunciaba la apertura del concurso de Academia de las Ciencias y las Artes de Dijon: en él se ofrecía un premio a quien respondiera, de la mejor manera, a la pregunta de si el avance de las ciencias y las artes había contribuido a mejorar al hombre o, si por el contrario, había ayudado a convertirlo (si es posible) en algo más bajo.

Ah! Qué oportunidad. Era la anhelada. La esperada por él para columpiarse en los jardines de sus odios y pasiones y secretas ansias de gloria. Así que no había tiempo que perder. Chasqueó los dedos, se pasó la lengua de un lado a otro, y rápidamente se dio a redactar la respuesta más elaborada que su cabeza pudo concebir.

Y claro, ante semejante pastelillo, horneado a las medidas de su paladar antiilustrado, el resultado no podía ser otro: Rousseau ganó el concurso, demostró con unos finos (aunque desordenados) razonamientos que la Ilustración podría estar equivocada, y de paso se granjeó la enemistad de Voltaire y de casi todos sus colegas.

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Rousseau, quizá sin saberlo, escribe en esta obra la primera gran crítica a la Modernidad. No está de acuerdo con Voltaire, no está de acuerdo con los ditirambos dirigidos a su civilización, y no cree que “las luces” y las ambrosías de la razón sean tan vitamínicas y saludables; más bien, enfocándose en sus áreas oscuras, Rousseau termina por censurar el exceso de tanta luz: el hombre vive en inocencia en el estado de naturaleza, nos dice, pero una vez entra en el estado social, en ese hacinarse en inacabables urbes, se convierte en un ser sin virtud, un bípedo lleno de poses y pretensiones que sólo busca el aplauso colectivo. Es la forma en que nace, nos dirá Rousseau, ese monstruo bicéfalo que aún hoy pervive y que no para de cobrar víctimas: la propiedad privada y la enorme desigualdad.

Está claro que para él, todo ese culto, todo ese fervor casi enfermizo a la racionalidad y a sus maneras, necesita repensarse. Necesita hacer uso de una buena dosis de sentimiento (“Si la razón hace el hombre, el sentimiento lo conduce”) que conducirá a que en esa dualidad, en esa bragueta escindida entre sentimiento y razón, asome ese movimiento antiilustrado que se llamará Romanticismo.

“En nuestras costumbres reina una vil y engañosa uniformidad y todos los espíritus parecen haber sido fabricados con un mismo molde… …continuamente nos adherimos al uso, nunca a nuestro propio genio… Nadie se atreve ya a parecer lo que es; y en esta coacción perpetua, los hombres que conforman el rebaño llamado sociedad, situados en las mismas circunstancias, hagan todos lo mismo si no se lo impiden motivos de fuerza mayor.”

Si detrás de estas palabras no hallamos un fiel retrato a nuestros días, si en lo que allí se dice no aparece un espejo que, pese a sus más de 200 años, nos refleja como ningún otro, entonces podríamos convenir que Rousseau se equivocó. ¿Podríamos convenirlo?

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Versión pública para leer online:

http://www.rosariosantodomingo.edu.co/contenido/tarea_5152.pdf

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