Bola de fuego, Howard Hanks. 1941. USA

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Atracción gravitacional, dictadura celeste, constante universal o ley cósmica ¿de qué otro modo podemos llamar a la férrea sujeción que el sol ejerce sobre los planetas? Tal vez, después de ver esta película, podríamos llamarla Bárbara Stanwick.

Así es: Bárbara Stanwick (llamada aquí Sugarpuss O’Shea) se arroga para sí el centro de gravedad de esta película y de aquí para allá, de allá para acá, bamboleándola por mil parábolas y caminos y elipsis, la lleva hasta enfilar a ruta de colisión a sus siete protagonistas.

Es la historia remozada de una Blancanieves avispada, alegre, de unos “enanos” estudiosos y románticos, llena de juegos de palabras, de situaciones cómicas, de gags y gánsteres; de un mundo donde el drum boogie tiene sabor a cabaret y la coquetería es el arma más mortífera.

Escrita por el genial Billy Wilder, en asocio con el no menos grande Charles Brackett, Bola de fuego destaca por un nivel actoral que se sale del cabestrillo que llamamos “bien”, y ya desde el inicio, desde la aparición de Stanwick, todos los actores (incluidos los extras) acrecen este filme con sus interpretaciones llenas de chispa hasta elevarlo a un tamaño colosal, cercano al sol; hasta hacer honor a su nombre. Vaya estrella.

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Y claro: lugares comunes los tiene. Clichés aparecidos mil películas y situaciones que ya hemos visto hasta la náusea y que aspiran a llamarse cómicas; pero recordemos, estamos en los años 40, y en este caso, esos chistes en nada desmerecen el buen rato que se pasa en compañía de estos personajes y la sonrisa que nos pueden sacar sus ocurrencias.

Para destacar, quedan varias escenas para la memoria fílmica: aquella donde el pie de Stanwick necesita el  dictamen de un nervioso Gary Cooper –el profesor Potts–; otra donde Stanwick aparece en escena y hace el baile de las cerillas; aquellas donde el profesor de gramática anota los giros lingüísticos que abundan en la calle –el lunfardo gringo de entonces–; y aquellas en que los siete sabios celebran sus reuniones (y casi aquelarres) en que brota un mar de conocimientos inútiles.

En suma, Bola de fuego es una película para disfrutar sin exigencias ni prisas, como quien come una golosina, para imaginar que Bárbara Stanwick es una especie de Eva Hollywoodense que, al trastornar el destino de los hombres que la acechan, nos lleva ante nada más y nada menos que el paraíso. Un paraíso hecho de celuloide.

bola

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