El crimen de un académico, Anatole France. 1881. Francia.

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En El crimen de un académico no hallamos a plenitud lo que insinúa el título: no hay crímenes ni truculencias ni, mucho menos, escenas de sangre pues en ella el único crimen es que su lectura permanezca enmohecida en un estante y lejos de un lector curioso.

Y es que vista en amplitud, en esta novela, lejos del estilo naturalista que imponía Zola por aquel entonces, se nos presenta otra manera de entender lo que muchos consideran el periplo vital, la razón y motor de la existencia, todo ello desde la mirada de un hombre sui generis: Sylvestre Bonnard.

Así es: Sylvestre Bonnard es un hombre que ha dedicado su vida entera a los libros, a amarlos y absorberlos y a imbuirse en ellos hasta convertirlos en el núcleo de sus días: “Yo he construido mi ensueño en mi biblioteca, y cuando me llegue la hora de abandonar este mundo, ¡ojalá me encuentre Dios sobre mi escalera frente a los estantes repletos de libros!”

Es un hombre que a su modo nos hace ver otras posibilidades y caminos, que existen otras rutas en eso que llamamos vivir, pues, tras unos sucesos inesperados para él y su vida contemplativa de erudito -la aventura con la princesa Trepav y el libro de coleccionista, lo acaecido con la huérfana Jean Alexander y la señora Prefiere-, Sylvestre Bonnard descubre que en la vida todo cobra mayor sentido cuando dejamos de vivir sólo para nosotros y nos ponemos en el lugar de los demás; que, a veces, vivir para los otros enriquece la vida.

Sylvestre Bonnard lo descubrirá y será un cambio de esos esenciales: será capaz de vender lo que más ama, su inmensa y apetecible biblioteca, para ayudar a una persona que prácticamente desconoce, pero que se halla librada al azar y a sus vaivenes. Es una lección bellísima y ejemplificante, en un mundo que sólo estima lo que ofrece un tintineo metalizado; una experiencia para los sentidos y para el recuerdo porque en esta novela, aparte de un humor entrañable, campea una sutileza semejante a esas espumillas que tienen bajo sus patas los gatos.

No hay más que decir: leamos esta novela con gratitud y esperanza, con ilusión y una mirada que de ser posible encuentre complicidad por las noches; una complicidad en ese tipo de noches que tan bien describe Sylvestre Bonnard, nuestro amigo el erudito: “¡Qué hermosa noche! Reina con noble languidez sobre los hombres y los animales ya libres del yugo cotidiano, y siento su benigna influencia, aun cuando por una costumbre de sesenta años sólo reconozco la existencia de las cosas en los signos que las representan. Para mí en el mundo no hay más que palabras; soy un filólogo impenitente. Cada uno construye a su manera el sueño de su vida.”

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