Drácula. 1897. Bram Stoker. Irlanda.

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Hacia finales del siglo XIX, Bram Stoker, un irlandés con una marcada inclinación por el ocultismo, creador de una curiosa obra que afirmaba que la reina Isabel I de Inglaterra era realmente un hombre, logró en la más famosa novela de los chupasangres, Drácula, aunar con una habilidad de no creer las características que por antonomasia irían a definir lo que entendernos por un vampiro.

Y es que desde el siglo XVIII el halo de leyendas que rodea la figura del vampiro atribuye a éste una multitud de características provenientes de diversas tradiciones europeas, pasando por el folklore popular, hasta llegar a la pluma de reconocidos pensadores. Diderot, por ejemplo, se preguntaba en su enciclopedia si: «¿es posible creer en la existencia de vampiros en pleno siglo XVIII, después del reinado de Locke, Saftesbury, Trenchard, D’Alembert…?»

A los ojos de las luces enciclopédicas, los vampiros sólo existían en las mentes llenas del humo que tanta superstición había nublado. Voltaire mismo, enterado de esto, hacía eco de su acostumbrada ironía y con el filoso cuchillo de su pluma se carcajeaba mientras coincidía con su ilustrado colega: “Era en Polonia, en Hungría, en Silesia, en Moravia, en Austria, en Lorena, donde los muertos se daban estos banquetes. No se oía hablar de vampiros en Londres y menos en París. Confieso que en estas dos ciudades hubo agiotistas, usureros, gente de negocios, que chuparon a pleno día la sangre del pueblo, pero de ningún modo estaban muertos, aunque sí corrompidos. Esos verdaderos chupasangres no moraban en los cementerios, sino en palacios muy agradables.”

Para 1762, Jean Jacques Rousseau, en una carta dirigida a Christophe de Beaumont, Arzobispo de París, recordaba que había muchas más pruebas para aceptar la existencia de los vampiros que la de Cristo: “Si hay en el mundo una historia acreditada, ésa es la de los vampiros. No le falta nada: testimonios orales, certificados de personas notables, de cirujanos, de curas, de magistrados. La evidencia jurídica es la de las más completas. Con todo, ¿quién cree en los vampiros? ¿Seremos todos condenados por no haber creído en ellos?”

Los vampiros eran muertos que salían del cementerio por la noche para chupar la sangre a los vivos en la garganta o en el vientre, y que después volvían al camposanto y se encerraban en sus fosas. Los vivos, a quienes los vampiros chupaban la sangre, enflaquecían y se iban consumiendo mientras que los muertos que la habían chupado engordaban, les salían los colores y estaban la mar de rozagantes.

Esta era la figura del vampiro, a grandes rasgos, pero tal como decíamos al principio el folklore y la amplitud de las tradiciones europeas lo dotaron de tantas y tan variadas características que sólo hasta la llegada del Drácula de Stoker se logró el sincretismo que su figura urgía: su descripción se homogenizó, su trasegar se instaló en una gran urbe europea y, ya más tarde, con la llegada del cine en el siglo XX, se aportó el resto a su catadura y costumbres.

Ahora bien, el profesor Van Helsing -uno de los protagonistas de la obra- menciona que si en el momento en que el vampiro está dentro del ataúd se pone una rosa sobre la tapa, éste no podrá salir de ningún modo.

Vaya, cuánta sutileza. Un lance poético que luego será malogrado por la escritora Stephenie Meyer en su saga de vampiros Crepúsculo: muy a su modo, esta señora tomó a los vampiros tradicionales y los edulcoró hasta subvertirlos: los bañó de mil perfumes, los convirtió en adolescentes hormonados, y no contenta con montar su propia pasarela de modelos Armani, los mandó finalmente a pasear a plena luz del día. Dicho de otro modo: Stephanie Meyer puso sobre el ataúd de Drácula la rosa que sugirió Van Helsing y que él nunca puso. Ay.

Afortunadamente, los lectores de hoy aún tenemos la posibilidad de quitar esa rosa y visitar la figura del vampiro en su versión siniestra y noctambula; en la versión de Stoker. Allí asistimos, no sin asombro, a una novela de una consumada técnica literaria (urdida bajo múltiples puntos de vista) que consiguió instalarse en el imaginario colectivo y que a día hoy, en pleno siglo de los aceleradores de partículas y las supercomputadoras, sigue trastornando los sueños de las imaginaciones más febriles.

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