Her (Ella). Spike Jonze. 2013. Estados Unidos.

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Theodore es un hombre que escribe cartas para gente que desconoce; una suerte de Cyrano de Bergerac gringo, de un futuro no muy distante, que media entre los sentimientos de quienes tienen limitaciones para expresarlos, pues vivimos en mundo sumamente despersonalizado.

Solitario, melancólico, envuelto en un doloroso proceso de divorcio, Theodore descubre un día un avanzado sistema operativo con quien inicia un contranatura e intenso affaire cibernético. Hasta aquí, el filme parece una suerte de metáfora sobre la enfermiza relación que las personas sostienen con la tecnología en los tiempos que corren. Pero no. Esta sinopsis es sólo un espejismo; un velo que oculta el verdadero nervio de la película.

La película, realmente, busca interrogar la soledad y tomar el pulso a la manera en que funcionan nuestras relaciones, el precio que estamos dispuestos a pagar por un poco de compañía. ¿De qué nos enamoramos? ¿De una personalidad? ¿O quizá de un cuerpo? ¿Es posible entablar una relación profunda prescindiendo de uno de ellos? ¿Y si tuviéramos la posibilidad de contar con las sensaciones corporales y las emocionales separadas, emanando de direcciones distintas, podríamos conectar lo que nos brindan ambas en un solo ente? ¿De qué depende el sentir? ¿Por qué queremos? ¿Hasta dónde lo virtual es real, lo real real, y lo emocional dependiente de lo corpóreo?

Theodore entabla una relación con un software consciente que crece en emociones, que se enriquece con su personalidad, y que aprende a ser cada vez más humano: suspira como un humano, hace chistes como un humano, y termina siendo infiel como un humano. Es más: trasciende a lo humano, porque en su canibalismo por aprender y mutar, este software abandona a su pareja para seguir creciendo con sus iguales. El software nos demuestra (una vez más) cuán pequeñas somos las personas -recordemos aquella escena donde están las dos parejas y ella comenta sobre la finitud y fragilidad de la vida.

Quizá, en el fondo, ser como Her es lo que anhelamos todos: ser unos seres emocionalmente inteligentes, de decisiones acertadas, dueños de una fuerza que no amaina y que camina por encima de los envoltorios. Al conocer a Her, podemos concluir que la inteligencia artificial, en su definición amplia, es lo más natural que existe –o que se ha creado–, porque aparece al interior de la naturaleza, como una forma de interrogar sus límites.

Si alguien camina alienado y abstraído (como vemos en la cinta y en la vida diaria) junto a una compañía virtual, ¿se nos está diciendo acaso que quien no puede estar solo, en su propia compañía, es porque se aburre consigo mismo; es decir, que le falta autoestima? ¿Será imposible, acaso, para los seres humanos prescindir de los otros y agotarse hasta buscarlos en lo más impensado, incluso fuera de sí mismos?

Las actuaciones sobresalen a tal punto que una solitaria voz hace olvidar a una actriz de carne; la fotografía, con sus tonos coloristas –pasteles y dorados, rojos y azules–, acompaña adecuadamente a las partes de amor y soledad, de celos y amargura; la banda sonora, alineada con los sube y bajas emocionales, no puede estar más conectada; el ritmo, consistente, se mantiene codo a codo; el humor, suavizando las heridas, nos distrae del halo dramático. ¿Qué se le puede reprochar entonces a esta película? Se le puede reprochar que nos desnude tanto, que nos deje sin de donde agarrarse; y que, al final, tras las risas y la incredulidad, nos deje con un gran vacío y sin una fantástica compañera: ella.

Her

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