ADN y literatura.

estructura-ADN

El ADN, más allá de ser esa sigla que en nuestros días aparece frecuente en los medios; más allá de ser un ácido de nombre impronunciable y que dirime líos de paternidades dudosas; más allá de constituirse en la prueba reina que esclarece la suerte de acusados e inocentes; más allá, digamos, de su ámbito netamente biológico, es también literatura.

Y es literatura no sólo por su presencia en novelas como las de Michael Crichton, presta a hacer de hilo conductor de intrigas científicas, no. Es literatura, también, por ella misma, por su carácter intrínseco; porque aparte de ser ese largo texto que se repite aleatoriamente en las mismas cuatro letras (A-T-G-C), es también una suerte de novela donde algunos iniciados -genetistas y especialistas afines. pueden leer por qué una persona es como es, o por qué una especie o incluso todas las especies difieren entre ellas.

Nuestro sudor, por ejemplo, contiene un complicado cóctel de proteínas y los detalles precisos de todas ellas están minuciosamente especificados por las instrucciones de ADN codificadas que son nuestros genes. De ahí que un sabueso, lanzado tras nosotros, sea capaz de reconocer la singularidad de nuestro olor entre mil olores diferentes, pues el ADN, como si dijéramos, ya taquigrafió el tipo de persona que somos y así nuestra vida viene a ser su novela resultante; la novela más interesante de todas porque guarda la posibilidad de ser cambiada por su protagonista, bajo la marcha, en su trascurso mismo, pese a la fuerza de los dictados previos.

Pero resulta que el ADN es también (y paradójicamente) antiliteratura: un territorio que por su carácter frío, razonador, puede colgarse como una roca al cuello de la imaginación literaria: de haber sido descubiertas mucho antes, las pruebas de ADN habrían hecho innecesarias, en gran medida, las presencias de Auguste Dupin, Sherlock Holmes, de Hércules Poirot y en definitiva de todos los grandes detectives literarios. (Y ni hablemos ya de la vengativa Emma de Zunz de Borges: una prueba de ADN  a su declaración y se habría al piso).

Es más, toda la mar de novelas policiacas, de series y películas de cine negro, se habrían visto (y aún se ven hoy) en serios aprietos para crear tramas consistentes con un mundo en que las técnicas investigativas, derivadas del ADN, revelan tanto. Tantos misterios, tantos asesinos inasibles de antaño -pensemos aquí, por ejemplo, en El Vampiro de Dusseldorf-, se habrían develado pronto o no habrían pasado del primer crimen, y todo ello por la iluminación prestada por el detective más analítico: el dictamen de un laboratorio.

Y sin embargo…

Y sin embargo nos dice Richard Dawkins es Destejiendo el arcoíris:

Los misterios no pierden su poesía cuando se resuelven. Bien al contrario; la solución es muchas veces más hermosa que el enigma y, en cualquier caso, cuando se resuelve un misterio salen a relucir otros, quizá inspiradores de una poesía más elevada.

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