Madame Bovary. Vincente Minnelli. 1949.USA

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La primera vez que oímos el nombre de Madame Bovary lo vemos sacudirse en la portada de un libro que un puño ondea en alto. Es un fiscal, estamos en un juicio, y en ese gesto de algún modo se perfilará la existencia que tendrá Emma: una vida de sacudidas e inquietudes, de agitaciones sobre sueños largamente acariciados pero nunca asidos.

La película arranca con un flashback que incorpora una voz en off: es Flaubert, cuenta la historia de Emma, y desde una perspectiva un tanto paternalista nos lleva al primer encuentro y a los primeros devaneos con Charles.

Risillas, miradas azucaradas, en esta pareja la boda no dará esperas en tanto las cosas empiezan a irse de narices: allí presenciaremos una vulgaridad de no creer, y que aparte de asquear a Emma y evidenciar su quijotismo, nos mostrará cuán alejada está su vida de la que anhela.

Pasará el tiempo. Los días se sucederán como guirnaldas de una cadena para el matrimonio Bovary. Luego, ansiando liberar energías acumuladas, un gran distanciamiento crecerá entre ambos. Tal parece que para él, para Charles, vivir cegado a sus hábitos no representa la incomodidad más mínima. Pero para ella, en cambio, esa opción jamás será admisible: siempre será impermeable a la uniformidad y al automatismo.

Aflojarse el corsé de lo cotidiano, repeler la sofocación del día a día, he aquí, pues, el catecismo de Emma. Ni que decir que cuando advierte la fermentación de sus sentimientos, la rutina que habita en su provincia normanda (esas costumbres que se sabe de memoria), su mundo se le antoje enfermizo y estrecho.

Pero un día todo se trastoca: un marqués de nombre impronunciable llega y  una nueva luz, desconocida para ella, fluye a chorros. Es la tragedia que se avecina. Aquí vendrán los aristócratas a atropellar a Charles, anunciando lo que la vida hará con él a partir de ahora. Aquí se reafirmará lo que ya sospechábamos: que es un hombre excesivamente básico, que es imposible que pueda entender a Emma, que imaginarla en un mundo donde los abanicos rozan lámparas, donde se producen ruidos acristalados, allí donde todo parece verdadero y falso simultáneamente, es una tarea excesiva para su imaginación pigmea. Si él supiera cuánto necesita ella esto, girar alucinada en bailes de muselina, trasportarse a una fantasía novelesca donde un encopetado marqués manda a romper las ventanas que retienen el aire y el aburrimiento.

“Un hombre puede ser libre, si no le gusta su vida puede cambiarla.”, dice Emma, dejando entrever lo que le hubiera gustado ser y no puede: tener la libertad que tienen los hombres; esa amplitud que le permite a Homais, el boticario, darse el lujo de ser tan insoportable; de caminar en las fiestas agrícolas lejos de esa gente aburrida, llena de tanta cháchara; de ser definida como Rodolfo, en una sola frase: “podrido de dinero y sin esposa”. Ya sabemos lo que esto significa.

“Emma, eso sólo pasa en los cuentos”, le dice Charles aludiendo a sus sueños. Y es aquí que el director, quizá atendiendo a esto, disponga de una elipsis sensacional para mostrar su primera intimidad con Rodolfo: un sombrero tendido en la hierba evidencia el amor consumado. Sí, eso sólo pasa en los cuentos.

La diferencia entre verse en un espejo rodeada de galanes, y en otro que aparte de quebrado la muestra sola, dice a las claras que todos esos giros que Emma daba no eran más que el eco de los sueños, de la fugacidad de la vida, de la superficialidad de un mundo donde tocas algo  y se evapora irremisiblemente.

“Tal vez, algún día, yo deje de esperar cosas”. Dice Emma en un instante, para, al que sigue, dejar de esperar y dormirse. Es la premonición, la certeza de que muchos espectadores y lectores de su historia no dejaremos de soñarla y de leerla.

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