Whiplash. Damien Chazelle. 2014. USA.

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Whiplash, nombre musical, de sinfonía perfecta, de cadencia narcótica, ajeno a lugares comunes y que en cada silaba evidencia un acento preciso para titular a esta cinta, es un baldado de agua fría lanzado a esas vidas que rehúyen las grandes pasiones.

Y es que a golpes de baqueta y redobles de tambor, esta historia respira y transpira un potente sonido que el director insertó adrede para contarnos la historia de una obsesión y dos obsesionados. O mejor: de las obsesiones y de los obsesionados y de esas persecuciones lunáticas y casi esquizofrénicas de quienes, en pos de una labor perfecta, terminan por atentar contra su integridad en todos los sentidos.

Si en El escritor y sus fantasmas Ernesto Sábato decía que para alcanzar el éxito se necesita convertirse en un fanático, en esta película esa apreciación se cumple a rajatabla. Y quizá se va un poco más lejos: entre el joven Andrew y su batería existe una relación simbiótica y binaria, casi fetichista, casi igual a esa afinidad que existe entre las pupilas de un inquisidor y el fuego, entre un caníbal y la cara de terror de un extraviado. Una unión en donde la exigencia constante se convierte en necesaria y febril, agotadora, llevada a un punto en que la palabra práctica se convierte en el dios y único tótem.

Presto a nunca menguar sus energías, a jamás diluir la tensión, el montaje de esta cinta tiene la habilidad de no desmadejarse y de suceder en un torbellino de bemoles que nos deja sin aire. Carburante y plena de fogosidad, amiga del rapto pero jamás de poner mordazas, esta película nos sube a un cuadrilátero para recibir los golpes de Fletcher, un profesor de música que espolea y da coletazos, que mezquina y regala odios en cada insulto mientras se erige como el mejor acicate del aprendizaje. Está claro que frente a él no es posible dimitir, decir ya basta, a menos, claro está, que se reconozca la incapacidad o la derrota, los complejos o esos egos de vedette de turno, pues a un rápido golpe de vista él puede reconocer el talento o su ausencia.

Todo parece indicar que de un tirón la excelencia es inalcanzable, que si se procede de un hogar sin tradiciones afines, donde se registran frustraciones y lo que algunos llaman mediocridad, esta tarea se torna aún más cuesta arriba. Es más, viendo a Whiplash casi que se siente uno tentado a decir que quizá Sábato está en lo cierto, que para lograr el éxito no alumbra otra estrella que la de la obcecación, el incubarse tenazmente en lo que deseamos, hasta convertirlo en el todo, en el principio y fin que llena la existencia.

Es el camino a seguir, claro, siempre y cuando estemos dispuestos a pagar sus costos; a quitar incluso la butaca a una faceta esencial como la vida romántica.

De manera que huracanarse y dejarse huracanar, abandonarse inermes a eso que cuesta tanto y que es tan difícil (no importan los límites porque el objetivo es borrarlos), parece una de las conclusiones y peligros que nos advierte esta película. Sin embargo, la película también va más allá, puesto que cuestiona las ideas del fracaso y del éxito en tanto pregunta si rehuimos de la una y perseguimos a la otra para complacernos o complacer a los otros; a lo mejor el éxito, entendido en su acepción social, no es más que un concepto estúpido, pues sólo busca la verificación ajena y colectiva de unos méritos que el fuero interno ya reconocía como propios.

Si desde hace 70 años repudiamos los fascismos del siglo XX, para, en cierto modo, enmascararlos hoy bajo los fascismos individuales del éxito y del brillo personal, en ese sentido Whiplash (con sus soberbias actuaciones y su dirección impecable), nos viene a decir que estamos equivocados, que las competencias que vale la pena seguir son las que se entablan contra nosotros mismos, no contra un suplente de una batería, o contra el director de una orquesta, como aquí sucede.

Whiplash, como mirada lúcida al quehacer del cine, a sus aspectos formales como propuesta visual, alimenta ampliamente el panorama contemporáneo y lo enriquece sobremanera. Muy probablemente, a la mayoría de las personas que asistan a su visionado, les quedará un agradable sabor de boca en la retina; no digamos ya en los oídos.

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