Clásicos inmortales: El Mercader de Venecia.

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Muchos hay que toman

por realidad los sueños:

natural es que su felicidad sea sueño también.

 

Para Harold Bloom (Shakespeare, la invención de lo humano, 2000) El Mercader de Venecia es una obra profundamente antisemita, tanto, que sólo un tonto ignoraría una verdad tan notoria.

Ahora bien, que detrás de esta afirmación esté Bloom, un especialista de marca mayor y dueño de una erudición escandalosa, la convierten en digna de consideración y confianza, de todo el respaldo posible por su rigor académico, aunque también hay que decir que suena, quizá, algo tajante.

Y es que incluso la verdad más evidente puede obviar algunas aristas, por lo que lanzar una mirada a ese tipo de certezas (a riesgo de perderse en sus intrincados pasillos), debe ser un ejercicio que nos convoque e invite; que nos motive a indagar siempre pues así alimentamos la necesidad del sano debate. De modo que iniciemos:

A lo primero que debemos hincar el diente (y a la luz de interpretaciones nuevas) es al hecho de que pueda afirmarse, sin lugar a dudas, que nos encontremos ante una suerte de apología antisemita. En primer lugar recordemos que para la época de Shakespeare los judíos llevaban tres siglos de haber sido expulsados de Gran Bretaña, y es muy probable que Shakespeare mismo jamás se haya cruzado con uno.

En segundo lugar, y contrariando otra vez a Bloom, en su obra Shakespeare no hace más que evidenciar lo injusto del comportamiento cristiano para con los judíos. Es de gran celebridad el fragmento donde Shylock proclama su defensa y la de su estirpe:…“¿y el judío no tiene ojos, ni manos ni órganos ni alma, ni sentidos ni pasiones? ¿No se alimenta de los mismos manjares, no recibe las mismas heridas, no padece las mismas enfermedades y se cura con iguales medicinas, no tiene calor en verano y frío en invierno, lo mismo que le cristiano? Si el pican ¿no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿No se muere si le envenenan? Si le ofenden ¿no trata de vengarse? Si en todo lo demás somos tan semejantes ¿por qué no hemos de parecernos en esto? Si un judío ofende a un cristiano ¿no se venga este, a pesar  de su cristiana caridad? Y si un cristiano a un judío, ¿que enseña al judío la humildad cristiana? A vengarse”… (Pág. 216)

Si bien Antonio, el mercader de Venecia, y Basando, su amigo, acusan constantemente a Shylock de usura sosteniendo razones muy válidas (aunque ejerciendo sobre él lo que hoy llamaríamos bullyng), no hay que perder de vista que la práctica de los judíos como prestamistas tenía una razón muy poderosa.

Hasta bien entrada la Edad Media existía un desprecio a la usura por parte de la iglesia y del pueblo, y en esa misma línea solía criticarse a los que acostumbraban a tales prácticas. Desde los siglos XI y XII, por su parte, comienza a verse una legitimación del dinero en la que paulatinamente deja de percibirse como ostentación y se emparenta cada vez más al concepto de desarrollo. Poco a poco, se asume la necesidad del comercio, se comienza a distinguir entre usura e interés, y es allí que emerge el escenario ideal para que florezcan los prestamistas. De manera que aquí llegamos a nuestra pregunta clave: ¿por qué entonces los judíos acostumbraban a comerciar con dinero? La respuesta, atendiendo a la consabida y milenaria persecución ejercida a este pueblo, la encontramos en la prohibición legal por parte de los gentiles de que los judíos poseyeran propiedades. Así, para poder sobrevivir, éstos se vieron en la obligación de especular con “el vil metal”.

Es así entonces que el poder de los judíos (y que en la obra salta a la vista) quizá tenga otras razones más allá del antisemitismo. En la película del mismo título (2004), protagonizada por Al Pacino, la versión de un Shylock sanguinario y cruel se minimiza ampliamente para dar paso a una muy cercana a la que aquí planteamos. Allí, la acaudalada Venecia aumenta sus ganancias de la mano de los insultos y desprecios de que son objeto los judíos, siendo ellos los responsables de su riqueza.

El mismo Antonio se ve impelido a reconocer la importancia y el poder manejado por los judíos:…“el crédito de la republica (Venecia) perdería mucho si no se respetasen los derechos del extranjero. Toda la riqueza, prosperidad y esplendor de esta ciudad, depende de su comercio con los extranjeros”… (Pág. 231)

Shylock, después de recibir numerosos agravios a su persona y a su gente, accederá una vez más a ayudar a los gentiles a través de su dinero. Cuando por ley y por legitimidad reclame lo suyo, acabara perdiéndolo todo —incluida su propia hija—, y de ahí que se nos antoje que la obra insinúe (siguiendo esta interpretación), que el final de Shylock es injusto y que más que el dinero y las propiedades, perder lo que más aprecia, su religión, será su verdadera pérdida.

Si bien en esta obra vemos a un judío maniatar a unos comerciantes y a éstos redargüir el influjo de su dinero, también hallamos una invitación a reflexionar sobre las consecuencias de la intolerancia religiosa, de la xenofobia, del rechazo a la otredad y al pensar distinto; temas todos de una actualidad tal que hoy desdicen mucho de nuestra sociedad hipertecnológica.

En El Mercader de Venecia se lanza, pues, más allá de la cuestión antisemita, una mirada a las relaciones que el dinero teje entre visiones antagónicas del mundo, al poder de su fuerza abstracta pero totalizante, y, al mismo tiempo, se hurga en hilos más finos cuando se examina el alcance de ese poder al enfrentar a otro crucial en la cosmovisión de los hombres: el poder de la identidad, de lo que somos.

 

Bibliografía

  • El Mercader de Venecia. Shakespeare William. Ed Ramon Sopena. Barcelona, España. 1968
  • el-mercader-de-venecia-1-638
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