Clásicos inmortales: Don Quijote de la Mancha.

QuijoteySancho

La razón de que hoy en día nos fascine tanto la realidad virtual ya estaba en el Quijote: el hecho de ser otros, de desear un nosotros que se imagina diferente, ya se esboza en el Quijote cuando lo vemos fabricar su propia fantasía e instalarse en ella.

Y es que quizá todos se rían al ver su apariencia, pero justo por lo mismo don Quijote se ríe de lo más recóndito de la condición humana. No teme a la vejez: está más allá del tiempo; no teme al aburrimiento: es un dinamitador de la cotidianidad y sus mañas. Semejante a un tipo embotado en una alta dosis de Ketamina, don Quijote monta a Rocinante como enfebrecido y sale a proclamar su bravura y a derribar molinos y gigantes y prejuicios, y hasta las barreras mismas de su época y de nuestro tiempo. (¡Dichosa edad, y siglo dichoso aquel donde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro!) 

Por lo demás, Cervantes calumnia a su propia lucidez al insinuar que no ha puesto en marcha el mayor talento para crear a este personaje. Mucho más escritor, por ser mucho más modesto, lanza un desafío a las cosas establecidas y las barniza de locura hasta volverlas nuevas; hasta renovarlas tanto que terminamos por creerlas anárquicas. Es el escritor que mejor entiende, el que mejor domina el oficio de la escritura pues, al traducir en emoción lo que otros escriben en la prosa del bostezo, es capaz de mostrar algo que no podemos leer sin asombrarnos; que nos obliga a poner una mano delante de los ojos para preguntar si acaso es cierto lo que vemos, todo ello mientras soltamos unas buenas carcajadas.

Tal como lo prueba ese zigzagueo verbal, esa forma de escribir que a veces parece hecha a las carreras, Cervantes crea y deshace, mastica y piensa, un mundo donde don Quijote viene a ser la herejía más entrañable, la más alejada del fanatismo y donde una utopía irrealizada se convierte en otra concreta.

De ahí que Cervantes fabrique un mundo tan arquitectónico -uno donde existe una simetría tan curiosa como ésa que habita en los cubos de un iglú-, y que sea tan genial al mismo tiempo, pues, acto seguido, vuelve ripios esa misma simetría y la trastorna poniéndola patas arriba.

Tal parece que don Quijote es un prisma que colorea y refracta lo que tiene en frente. Que tras empaparnos de una mar de extravagancias, de exhibir una riqueza que aumenta en cada capítulo, es capaz de pintar a nuestra aburrida realidad con el Photoshop más elaborado del que tengamos noticia.

Es fácil advertir que todo en él es una fiesta colmada de desfachateces. De engaños acorralados e ilusiones que alardean su derrota que, al abrazar la imaginación más disparatada, logra que todas nuestras ilusiones converjan en un sólo grito. En un rugido que aún hoy, a cuatro siglos de aparecer, vibra en los cinco continentes.

Don Quijote nos enseña que a veces es necesario rodearse de cierta oscuridad, que no siempre es malo inmiscuirse en un combate personal pues, al final, uno termina por enfrentarse a sus propios temores. Es una búsqueda que no sabe renunciar pues lucha hasta encontrar las encrucijadas que las derriban. (Los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer.)

Dueño de la mediocridad más versátil, capaz de dañar lo malo y empeorar lo pésimo, don Quijote es alguien que tropieza al calcular demasiado los pasos o porque adquirió la maña de encerrase en círculos. Es una víctima de su propio frenesí, de lo avistado en sus libros telarañosos, de invocar un amor que utiliza las apariencias para instalarse en lo que reflejan. (Porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma.)

No teniendo puertas, pero sí la fuerza para atravesarlas, él prefiere ser un profeta de la eternidad, jamás un traidor de sus convicciones. Un hombre dado a demostrar que el mundo entero, aun en su soberbia pequeñez, se abraza a unas ficciones que evitan toda dureza.De ahí que él ofrezca una alternativa más amable: una realidad híbrida y construida con unos ladrillos que al golpear no descalabran ni hieren.

Por eso no hay que subestimarlo. Por eso, antes de proceder a salir por primera vez, él toma las precauciones más “sensatas”: cuatro días para encontrar nombre al caballo, ocho días para encontrárselo a sí mismo: es un incalificable. Alguien que se eleva hasta superar los estrechos límites de la realidad, el desvanecimiento de las formas; hasta disolver los contornos de lo presente y lo pasado en una región de perpetuo éxtasis, allí donde la ebriedad nunca se sacia.

Así como algunas orquídeas simulan a ciertos insectos para seducirlos y hacerlos caer en la trampa, en el artificio que permite el trasporte del polen, asimismo don Quijote simula ser un loco que en realidad transporta la mirada más lúcida que se ha hecho a nuestra naturaleza: una mirada a sus deseos, a sus inconsistencias, a la fragilidad de las esperanzas en un mundo que las ha perdido todas.

No creamos que de él, alguna vez, alcancemos a decirlo todo, porque si el universo debe su creación al Big Bang, su destrucción la debe al Quijote. Con Don Quijote llegó una infinitud y una potencia tales que el universo se destruyó y dio paso a otra realidad más enriquecida. Con Don Quijote, el universo entero volvió a empezar de cero y un nuevo Big Bang nos volvió a crear a todos.

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