Clásicos inmortales: Macbeth.

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Por qué temer que se sepa

cuando nadie puede pedir

 al poder que ostentamos

que rinda cuenta?

La fantasmagórico, lo mágico, lo alucinante, se abrazan en un sincrónico mosaico en Macbeth. La obra es a la vez resultado y fuente de un enorme poder: el poder de la fantasía; de una fantasía cuya maestría ha redundado en una popularidad tal, que lo familiar del argumento resulta ya tan conocido como un chisme de barrio: tres brujas predicen a Macbeth (general del ejército del rey Duncan) que en poco tiempo obtendrá dos títulos de nobleza y el titulo mismo del rey. Poco después, las profecías empiezan a cumplirse y Macbeth recibe los títulos de señor de Glamis y de Cawdor, en tanto obtiene el de rey asesinando al mismo en complicidad con su esposa.

Los hijos y herederos legítimos del rey huyen al deceso de éste para luego, a su regreso, derrocar y asesinar al usurpador. Los méritos de Macbeth en el campo de batalla le convierten en acreedor legítimo a los títulos que le otorgan, mientras que su periplo al crimen parece un hecho más próximo a la condición humana, teatralmente inexorable. El asesinato del rey no obedece, pese a que todo apunto a ello, a la inducción que lady Macbeth hace a su esposo. En realidad, se nos deja entrever que Macbeth estaría dispuesto a hacerlo de todos modos.

En un monólogo aparte, se le oye decir: …”señor de Glamis, y de Cawdor. Lo más grande está aún por llegar”… (P. 59)

En otro, por el contrario, parece resarcirse:…”si el azar quiere que yo sea rey, también azar podría coronarme sin que yo se lo pida”… (P. 60)

Sin embargo, cuando el rey Duncan le anuncia a Malcolm el primogénito, que ha sido nombrado príncipe de Cumberland, es decir, el título que recibe el heredero al trono de Escocia, Macbeth comunica para sus adentros lo que resulta ser su verdadera naturaleza, sus reales propósitos: …”¡príncipe de Cumberland! Un obstáculo nuevo para que yo me hunda, a menos que lo evite, pues se atraviesa en mi camino. ¡Estrellas, ocultad vuestro fuego! Que la luz no haga ver mis oscuros deseos escondidos. Que no vean los ojos lo que las manos hacen.”(P. 63)

Es un hecho: Macbeth es un ambicioso desaforado, pero con una ambición que arrastra ciertos lastres. Ama el poder, pero ese amor no olvida a plenitud las implicaciones de un crimen, mucho menos las de un regicidio. Malvado pero sin conocer el mal, comenzará a delirar con un puñal ensangrentado y a tambalear antes de asestar el golpe. Es el punto vital, el centro de mayor hondura del drama y que, precisamente, se acentúa cuando aparece en escena lady Macbeth, presta a cerrar el pico a esa cotorra aspaventosa que llamamos conciencia.

Sin embargo, el destino de Macbeth está escrito. Por más giros que dé el boomerang de la infamia siempre retorna al mismo punto.Y es tal vez por ello que, en cierto modo, Macbeth no sea muy diferente a su conyugue. Harold Bloom nos dice al respecto: …”¿Por qué quieren la corona? Los Macbeth no están obsesionados con el poder como tal. Su mutua lascivia es también una lascivia por el trono”… (P. 523)

He aquí la semejanza entre ellos y que nos dice que, quizá, sus diferencias no sean más que otro punto de contacto, una unión entre intereses distintos pero que que encajan de un modo perfecto y que Bloom deja en evidencia:…”las diferentes maneras en que los Macbeth desean la corona: ella la desea, él no la desea nada, y paradójicamente ella se derrumba mientras que él ultraja a los demás cada vez más aterradoramente”… (P. 523)

Los Macbeth son conscientes que el poder como abstracción reposa en la corona, pero más que poseerlo, encontramos otro gran objetivo: preservarlo:…”nuestro gran proyecto que dará a nuestros días venideros y a todas nuestras noches absoluto dominio soberano, y el poder”… (P. 67) Quien aquí habla es lady Macbeth. Es un tono confidencial, muy propio del teatro, y él notamos un término y una visión de las cosas que nos llevan a otro punto significativo: dominación.

Sí: dominación. El poder es una abstracción que se materializa, por ejemplo, en el trono y en la corona, pero cuando nos acercarnos al sentido del término dominación, encontramos que éste se reviste a su vez del mismo parentesco. El dominio, visto desde esta perspectiva, se manifiesta como la realización concreta del poder, y será esta unión, precisamente, el eje en que se mueva Macbeth a lo largo de la obra.

De este modo, una palabra resume la relación macbethiana entre dominio y poder: tiranía.

Macbeth es un tirano no solo porque así lo llamen sus enemigos, con mucho acierto; no solo porque se haya adueñado de un trono que no es suyo:…”el hijo de Duncan, cuyos derechos de sangre ha usurpado el tirano”… (P. 118)

No. Además de lo anterior y principalmente, es un tirano porque ha atentado contra un orden natural, un orden político, en otras palabras, ha contaminado el poder:…”Tú, gran tiranía, consolida tu base con firmeza puesto que la virtud no ha de osar enfrentarte. Viste tus agravios. ¡Se ha confirmado tu poder!”…(P. 134)

Concluyamos, tomándonos la libertad de parafrasear a Hamlet, y allí donde dice: “¡Hay algo más en el cielo y en la tierra, Horacio, de lo que ha soñado tu filosofía!, digámosle a Macbeth a modo de consejo: ¡Hay algo más en el cielo y en la tierra, Macbeth, de lo que ha soñado tu ambición!

Bibliografía.

Harold Bloom, Shakespeare, la invención de lo humano, Anagrama, Barcelona, 2002, 862 pp.

Macbeth. William Shakespeare. Traducción, introducción y notas de Manuel Angel Conejero. Ed Folio, 1999.

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