Ana Karenina. León Tolstoi. Rusia. 1877

Libro-conmemorativo

No se puede ser más imprudente y hacerlo con mayor franqueza que cuando nos enamoramos. Nuestro comportamiento, fuera de sí, abandona las infracciones sociales más elementales para que (tal como atañe a nuestra faceta más primitiva) desestimemos las conveniencias y las cedamos a quienes no pueden emanciparse de ellas. Pobre de nosotros.

En este trance, tan indefinible como nuestro, y en el que tarde o temprano nos reconocemos todos, el salirse de las normas se convierte en un gran problema. En una dificultad insalvable cuando caemos, por ejemplo, en eso que llamamos adulterio y que, a ojos de muchos, vendría a ser algo así como “legitimar el pecado”.

De modo que preguntémonos: ¿qué pasa cuando exhibimos nuestro descarrío en una sociedad simuladora, donde el corsé de las apariencias ha sido apretado hasta el cuello?

Lo primero que debemos decir es que nada de lo que ejerce una fuerte seducción en nosotros es, por lo general, bien visto a ojos de la opinión pública. Refractarios a todo lo que signifique franqueza, a sentir efusivamente, los seres humanos desarrollamos una insólita capacidad para señalar el error ajeno y olvidar el propio. Es difícil determinar cuál sería su peor falla, pero lo cierto es que en una sociedad ultraconservadora, amante de las mojigaterias, entrar a exhibir lo llamado muchas veces “inmoral” se convierte en un acto temerario. Casi suicida. En un acto de provocación sin igual pues habiendo roto con las simulaciones, creamos unas coordenadas donde no es posible tener dos caras; aquí, tal como sucede en El traje nuevo del emperador de Andersen, o se exhibe una sinceridad sin prejuicios o se expresan opiniones acordes a las conveniencias.

En todo caso, cuando las apariencias obsesionan, cuando son ellas quienes hacen girar el globo terráqueo, ¿qué importancia pueden tener la verdad o las emociones? Paralizados por la idolatría que le otorgamos a la opinión ajena, debilitamos la propia en perjuicio nuestro. Así, dados a escoger entre el ensañamiento y un mundo férreamente inmóvil, condenados a bascular entre la dicha y la desesperación, nuestras acciones tienden a evitar el desprecio generalizado.

En este tipo de sociedades, menos por valentía que por temor al linchamiento social (y al que ahora algunos llaman bullying), muchos se abstienen de sus complacencias más íntimas. Nada permite sospechar qué pasaría si todos actuamos en consonancia con lo que deseamos (o aborrecemos), sin temer las consecuencias, pero lo cierto es que una pasión que busca triunfar, aislarse del gentío, debe caer en estos atolladeros y batirse.

No se trata de una decadencia de las costumbres. Tampoco de que haya que alterar nuestras rutinas porque, en el fondo, son anómalas. No. Viendo la civilización que hemos edificado, observando sus intereses y aspiraciones, cualquier observador medianamente atento puede precisar nuestros mayores errores: nos apresuramos a búsquedas infructuosas, sin inventiva alguna. A aparentar, a exhibir. A llenarnos de lo innecesario y a vivir para los demás y jamás para nosotros. A hablar sin parar en lugar de prestar oídos. A callar cuando hay que hablar y a dar importancia a lo que no lo merece. En una palabra: perdimos todo rumbo y de ahí que ya no sepamos quiénes somos o qué queremos, o si nuestros gustos son nuestros o vienen de afuera.

Desde pequeños, y sin el menor recato, aprendemos a interiorizar lecciones como la que sigue: quien persiga un amor idealizado y a la vez medite, seriamente, las carencias que ese amor trae consigo, no debe detenerse a contemplarlas. Todo lo contrario, debe prescindir de ellas y hacerse el de la vista gorda, pues, de otro modo, lo invadirán las dudas y echará todo por la borda. Tendrá que renunciar a esa aspiración pues, querer sin restricciones, abandonarse a alguien con una inercia absoluta, equivale a probar un filo sobre la carne propia y eso, ya lo intuimos, es cosa de estúpidos.

Así que aquí negamos un hecho crucial, concerniente a nuestra naturaleza afectiva, al no enfrentar una realidad difícil: querer a plenitud significa romper con los apegos y romper con los apegos significa triunfar sobre los miedos que de ello se derivan.

El amar, mirado en amplitud, se debe ejercitar más allá del poseer y ese poseer debe ser sinónimo de renuncia. Así, si la única calamidad, si la gran tragedia que encabeza la lista de nuestros mayores temores es perder a una pareja, entonces estamos al nivel de quienes se entregan a la opinión de la gente.

Y es aquí que llegamos a Ana Karenina, pues, sin duda, nos lanza a la cara una lección magistral de todo lo dicho: una lección donde descubrimos que ponerse en sus zapatos, por más esfuerzos que hagamos, no debe ser nada cómodo ni deseable. No. No debe serlo, porque a la vez que su historia versa sobre el adulterio, al tiempo que examina el peso de las apariencias en una sociedad hiperconservadora (una donde la hipocresía campea a sus anchas), es también una mirada clarividente a nuestras formas de amar: a la manera de entender el amor en relación a sus renuncias y virtudes.

En Ana Karenina, digámoslo sin rodeos, no hayamos sólo una historia referente a las resignaciones, los engaños, las derrotas, en un mundo que sólo sabe ensalzar los triunfos. No. Aquí descubrimos, también, una novela sobre adioses silenciosos, sobre lágrimas que no se miran y se lloran hacia adentro. Es una obra que se leerá por los próximos siglos, sin importar las transformaciones venideras, porque aun en ellos tendrá algo que decir sobre lo que somos. O callamos. O podríamos haber sido.

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