Ana karenina (Greta Garbo). Clarence Brown. 1935. USA.

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Canciones rusas, bailes rusos. En Ana Karenina (1935) se bebe a la manera rusa y se come a la manera rusa en banquetes que, de lo descomunales, requieren del travelling para ser abarcados a fondo. Tal vez la intención del director no era incitar nuestro apetito o, mucho menos, las simpatías que tengamos a la hora de humedecer el gaznate, pero lo cierto es que la película no prescinde de ello, en tanto minimiza (como es de suponer) los dilemas existenciales que en la novela Tolstoi despliega morosamente. Así, la cinta se enfoca en la historia de Ana, apelando a muchos planos medios con una correcta puesta en escena.

Por lo demás, ¿qué sería de esta versión del inagotable clásico ruso sin Greta Garbo? Tal vez muy poco, quizá nada. “La Divina” aparece y su rostro poético, con ese aire que guarda algo de ateniense, surge de entre los vapores del tren para incendiar al frio moscovita y de paso al sorprendido Vronsky. Vaya aparición. Es una mujer que “tiene el don del silencio” y que por ello escucha (mientras los otros hablan como loros) los golpeteos que el fogonero da a las ruedas anunciando un mal presagio; el mismo mal presagio que veremos en Ana cuando, al final, en una sucesión de luces y sombras, vuelva el golpeteo y ella mire hipnotizada las ruedas que parten.

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Ahora bien, hablar de igualdad en los roles del hombre y la mujer, en una sociedad amante de los fingimientos, es incurrir en una contradicción sociológica. Es jugar con los términos y reducir abusivamente las diferencias hasta cometer la indiscreción de negarlas: no puede haber igualdad donde un sexo es considerado débil y fuerte el otro. Así, cuando el hombre engaña -Stiva-, la mujer debe perdonar -Dolly-, o mediar en el perdón -Ana-, pero cuando es la mujer quien engaña y rompe ciertas reglas que el decoro social impone, termina ajusticiada del modo más implacable.

Levin es “demasiado serio” y además “vive en el campo”, pero para Levin los moscovitas son “vagos” y no aran. Además, él no se siente a gusto en las conversaciones artificiosas y esas galanterías que reinan en los salones y fiestas citadinas. Vronsky, por su parte, es todo un seductor. Cae montando a todo galope y no contento con salir ileso, no contento con ser un gallardo militar que al beber aventaja a todos, se toma la molestia de sacrificar a su caballo con un disparo fuera de campo; con el mismo fuera de campo con que la sociedad rusa afrenta y silencia a Ana.

Cada que Ana baja del tren sube un peldaño hacia el autoconocimiento; hacia ese calor tan homínido que ni aún el frio más ruso logra enfriar: cuando llega a Moscú y conoce a Vronsky; cuando baja a descansar en el regreso y se encuentran de nuevo; cuando llega a San Petersburgo y Karenin y Vronsky se conocen y la tragedia enfila al clímax: “Te fuiste con la madre y regresas con el hijo”. Es el inicio. El arranque de los reproches y de un castigo ponzoñoso que pone de manifiesto todo el egoísmo que puede caber en una sociedad entera: “Serás de esas mujeres de posición ambigua, que van por Europa de un bebedero a otro, ni soltera ni casada, sin futuro ni presente, y cuyo único sostén es el amor”.

Las culpas que deben expiar los hijos, la sacralidad del matrimonio en detrimento de la felicidad propia, el domeñar una pasión que a la vez que prohibida se descubre indomable, la posición social, la reputación, el honor; en Ana Karenina las relaciones sociales se nos revelan como un manual de la condición humana y en el que, cuando oímos, “Del modo que uno viva siempre hay un castigo.”, oímos quizá la gran lección de esta historia.

Vivimos en una época difícil. En un cruce de caminos colmado de perplejidades. Dislocamos los valores y ahora lo deseable se desprecia y lo que merece el repudio se aplaude hasta enrojecer las palmas. Así, a condición de no elogiar lo que otros desestiman, algunos dejaron de ser ellos para huir del rechazo y encajar en la manada. Pobres. Habría que compadecerles. Darles un abrazo fraternal para decirles: es mejor ser Ana Karenina. Es mejor lanzarse a un tren que vivir una vida sosa, sin ideas, sin rumbo. Una vida digna de un sonámbulo o de un zombi; claro, con el perdón de los zombies.

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