Sylvie. Gerard de Nerval. Francia. 1853

9782081289635FS

“El espectáculo de la naturaleza nos consuela de todo”. Así aseveraba Rousseau hace más de 200 años. Y aunque dicha afirmación distaba aún de la aparición de Sylvie, al leer la obra tenemos la sensación de que el filósofo ginebrino lo hubiera dicho pensado en ella.

Y es que en Sylvie el espectáculo de la naturaleza parece deslizarse al son de un rumor surgido del suelo. De una danza en la que nadie se mueve. De un conjuro donde la hierba crece a su capricho e invade, incluso, el rincón más solitario.

Vaya por delante afirmar que aquí la tranquilidad campea a sus anchas. Cuanto más instigan los problemas, más hondo calan los paisajes. Hay cierto fulgor en las hojas, cierto magnetismo susurra en las fuentes. Ya nada puede redargüir nuestros gustos ni apagarlos ni disminuirlos y, mucho menos, ocultar los agujeros por donde se cuela el calor de la tarde. Aquí, cualquier esfuerzo, por gigante o imposible que parezca, es ahora tan sencillo como mirarse en los ríos. Como hojear unas fotos que olvidaron la quietud para vivir en marcha.

Hay que atravesar muchos hierbajos, muchas sendas difíciles, es cierto. También hay que desincronizar los relojes para que al llegar el verano algo surja de entre la maleza; para que los días lleguen con el viento de respaldo. Con un rumor de pasos y una claridad que enseña el sendero.

El vientre blanco del papel, embelesado por lo que se dice, se adentra en el misterioso sueño de los bosques de Valois. Ahora conocemos la luz que habita en los ojos de Sylvie. Vemos los bailes, los carnavales, los estribillos de otros tiempos. De repente parece que la memoria, con sus constantes aproximadas, nos lleva allí adonde todo crece a una sola cadencia. A una sola voz imperiosa.

No sabemos cómo, pero parece que un arroyo se remonta a su origen, que un camino de arenisca cruje. Que mientras las hilanderas cantan, una profusión de hierbadoncellas, de ésas tan queridas a Rousseau, sale a solazarse. Es por ello inevitable elevar la mirada al sol, hacia la limpidez del cielo.

Llevados de la mano y vueltos al primer minuto, retornamos al pasado como si fuera una eternidad que nace. Un regreso con dos jóvenes que caminan por la hierba insonora, ajena; que se mueven por espacios donde el viento siempre sopla y nunca triunfó el aburrimiento. Aquí, un pájaro se posa en la mano, una luz acaricia el follaje, un rubor anida en los pómulos de las hojas.

Pero pese a todo, el tiempo pasa…

Pasa sin brindar licencias, pues los que antes caminaban por el bosque lo vuelven a hacer ahora pero no en el mismo mundo. El regreso fue demasiado tarde. Antes, él utilizaba el espejo de lo vivido no para olvidar, sino para reinventar el pasado. Como si temiera ver su propio rostro y comprendiera mejor el mundo no en su realidad, sino en su reflejo. Ahora, aferrarse a una tabla desastillada por el tiempo parecía la mejor opción y el mejor medio para no hundirse en un raro maremágnum; en ese oscuro tiempo al que llamamos ‘olvido’.

Al parecer, ya Sylvie no hace encajes sino que trabaja en “lo que llaman mecánica”, en hacer guantes para Dammartin. Ya no canta los antiguos romances (ni se diga en la mesa), sino que frasea óperas. Lee libros, como tantos otros en la ciudad, y sólo sus padres siguen siendo campesinos. Mientras tanto ella, cada vez más, parece una señorita parisina. Es el antiguo régimen y sus maneras que han quedado obsoletas. Es el capitalismo y su vértigo que se ha abierto paso hasta el campo.

Tirando piedras a la luna, amparado en los muelles de sus recuerdos, él deambulaba por caminos desconocidos. Por rutas imaginadas en sus sueños de aire. Y al regresar, el camino ya era otro: las brumas, que antes rodeaban al valle y cubrían a los pobladores con las flechas de Cupido, lo envolvieron ahora en una sensación de silencio muy sólida.

El tener “un corazón dominado por dos amores simultáneos”, ambos instalados en la infancia, ambos entresoñados; uno próximo a los espejismos de la idealización- envuelto en la fugacidad de una joven entrevista un par de noches-; otro demasiado real y próximo, más cercano al amor filial que a una pasión de carne, terminó por convencerlo de que si alguien corre tras fantasmas, termina por convertirse en uno de ellos.

¿Acaso Aurélie la actriz, o Sylvie la campesina, podían encarnar el amor soñado de Adrienne la religiosa? Se puede revivir el pasado siempre y cuando se comprenda que se corre tras delirios. Se puede, pese a las apariencias, vivir nuestras ilusiones más profundas siempre y cuando recordemos que suceden dentro de nuestra cabeza. Es la lección más trágica de Sylvie. La más humana.

9782917845004

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