Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses). Billy Wilder. USA. 1950.

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Nada peor que un boomerang que no vuelve. Que una dicha que no regresa. Ser arrancados de la fama y de los aplausos y de los hábitos suntuosos en que hemos vivido es algo que no asimilamos así nomás porque, para la mayoría de las personas, los halagos calan más hondo cuando se ausentan.

Y claro: es así que el mundo empieza a desfigurarse para nosotros, cuando, tras habernos mimado por mucho tiempo, nos abandona hasta incapacitarnos para vivir en él como antes. La mente se embriaga con los triunfos, se carcajea con las victorias, y en tanto los delirios de nuestro ego las ensalza, ellas se inflan exageradamente. Así que ahora llega el turno de una realidad muy dura, e indecisos entre aceptarla o darnos a los berrinches, preferimos retirarnos a un albergue oculto. A un mundo donde seguimos siendo los dictadores.

De manera que entonces se comprende mejor todo esto: en espera de más ovaciones, de una caricia como las de antaño, estamos dispuestos a dejar que cualquier brillo, sin importar su procedencia, llegue. Que vengan ese tipo de cosas promisorias nos entusiasma; y no, no importa si ocultan un puñal filoso. En ese momento rechazamos lo que ofrezca una pizca de sensatez, un asomo de coherencia. Nos creemos dueños de una sagacidad que se siente superior porque, repetidamente, recibió más de lo previsto. Es estúpido pensar que no triunfemos, que no venzamos, nuevamente…

Sunset Boulevard es una gran historia porque, en contravía de lo anterior, viene a mostrarnos que en ese choque entre las luces y las sombras, no siempre pierden las sombras; que no siempre ganamos.

Así que hablemos de Norma Desmond. Pero no de la actriz ni de la persona ni de la diva: hablemos de la estrella relegada al olvido. De la mujer que recluida en la cima de un castillo mohoso, empedrado en su propio narcisismo, se aferró a una gloria demolida y hecha astillas. A un mundo habitado sólo por sonámbulos.

Así es: a Norma Desmond los reflectores dejaron de añorarla hasta desatenderla. Le dieron la espalda, la olvidaron y, finalmente, le tendieron una cortés invitación al ostracismo. Pero claro, esto no es algo que pueda engullirse así de fácil porque, esencialmente, los que antes se echaban a sus pies en actitud perruna, fueron quienes la abandonaron primero. Sin embargo, ella tenía un as bajo el abrigo de pieles: necesitaba un instante. Un solo instante para que tras la mirada de los reflectores su rostro increíble, el milagro de su divinidad, volvieran. Qué fácil. Qué fácil y a la vez qué imposible resultaba porque, lamentablemente, Hollywood no cree en dioses que no mueren. Los toma y los usa y cuando no los necesita los arroja a la basura como si fueran Afroditas de plástico.

Aquí, en Sunset Boulevard, descubrimos que el cine detrás del cine oculta la película más tenebrosa: una donde se puede querer a alguien para huir de la miseria (Joe); donde podemos amar hasta convertirnos en satélites, seres que sólo giran en torno a alguien (Max); donde se puede rebajar el amor propio hasta lo indecible con tal de apagar una soledad enorme (Norma); o donde el tiempo pasa hiriendo y la gloria de hoy es la decrepitud del mañana(el cine mismo).

Ahora bien, de otra parte existen los que no han conocido el triunfo. Ésos que se desaniman día a día y renacen al siguiente con la vista fija, cómo no, en un futuro prometedor; en uno que a veces se llama Hollywood. Arrastrados por la fuerza de la supervivencia, se saben a su merced, y en búsqueda de un punto fijo en medio de la ventisca, se meten en muchos problemas. El ser humano reduce el peso de su sufrimiento cuando las pasiones se calman, pero, ante situaciones de alta incertidumbre, su mente no abandona la tentación del escape, y, mucho menos, la más grave de permanecer en el mismo sitio. A este tipo de personas, desafortunadamente, pertenecía Joe Gillis.

Pero bueno. No nos detengamos en ternezas, no tengamos miedo de preguntar lo indebido: ¿de qué modo terminó sus días este pobre hombre? Es una pregunta necesaria puesto que así empieza la película y se nos explica cómo sucedieron los hechos: murió justo como había vivido: flotando en una piscina igual que flotaba en su vida diaria, en la burbuja de superficialidad que le pintó Hollywood. Día a día, entregado a mecanografiar sin descanso, Joe Gillis se dedicó a presionar las teclas de su máquina para, a veces, hacer más ruido con ellas que con lo escrito.

Con todo, él pudo contar su historia en un flashback de ultratumba. Pese a ser un difunto pudo retroceder seis meses para demostrarnos que probar fortuna en Hollywood y verse con la puerta en las narices, a veces, no pocas, son sinónimos; las dos caras de una moneda muy falsa.

Si las guerras más atroces dejaban—y aún dejan—secuelas y traumas incurables en los soldados, la meca del séptimo arte es, en sus efectos colaterales, igual de mortífera: Hollywood inventó su propio Vietnam antes de recrearlo y convirtió a personas como Norma Desmond y Joe Gillis en víctimas fatales al lanzarlos tras la gloria. Tras un triunfo ilusorio.

“Pero así es la vida”, nos dirá nuestro amigo Joe en ese contrapicado fantástico, dificilísimo, que le hace Wilder en el agua…

Cuando las estrellas masivas se apagan, estallan en forma cataclísmica y violenta, y arrasan con todo a su paso. Es un apagón que sucede tan lejos de nosotros que las cámaras, habituadas a señalar qué es lo ideal y apetecible, no lo captan, porque están mirando siempre las luces próximas; esas luces que alumbran con frescura y sin interrumpirse. Sunset Boulevard, a unos pocos metros-luz de nosotros, a la distancia que nos separa de la pantalla, es una estrella que sigue y seguirá irradiando con una fuerza inaudita y terrible. Con la fuerza que contiene el cine más grande.

1950 El crepusculo de los dioses (ing) (lc) 05

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