Los Cortejos del Diablo. German Espinosa. 1967. Colombia.

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Es pasada la medianoche y en la habitación de Juan de Mañozga sólo los objetos duermen. De aquí para allá y de allá para acá el inquisidor camina y camina. Sin poder conciliar el sueño, oye que afuera baten alas el descaro y la impudicia. Son los adoradores de Buziraco. Hacen de las suyas: celebran aquelarres, alzan vuelos, entraban sexos y festejan la vida mientras Mañozga, impedido y escocido por la próstata, sigue sudando víctima de un aire endemoniado que parece carbón ardiente.

Ah, si él fuera el de antes, el de otros tiempos. El nuevo Torquemada cuya sola mención hacía castañear los dientes, los herejes dejarían de reírse. Pararían de bailar afuera y de estar en su cabeza. Ah, si Mañozga fuera el de antes… Pero no. No lo es. Ya Mañozga no es el de antaño y el que vemos no es más que una imagen borrosa en el espejo retrovisor de sus memorias. Un Mañozga de salida, orbitando  en una franja oscura más allá de la razón y del respeto. Ahora, es sólo una reliquia curiosa. El último hallazgo de un museo que sólo da para mofarse.

Había llegado a América tras una ambición; había supuesto, gracias a su entrega irrestricta a la causa dominica, que sería nombrado cardenal y de paso confesor de los reyes. Pero no. Nada de eso. El dominio de la brujería, el nuevo mundo, menguó sus fuerzas y acentuó su decrepitud hasta hacer de él un Mañozga de papel; un personaje de los que se suelen reír por lo bajo las criadas.

Mañozga, hijo fiel de su tiempo y de su procedencia, representa a la España más España: la conservadora, la anquilosada, la beata y la sectaria, la más opuesta a ese mundo donde ríe lo fértil y la luz hiriente, la prodigalidad y el despilfarro. Ya no es el látigo implacable. Tampoco la palabra cáustica. Ahora Mañozga es sólo una pintura desteñida y un amasijo de sombras sobre un vidrio esmerilado. Alguien que da la sensación, con sólo verlo, que anda tras sus ansias más secretas y tras esa fórmula de la felicidad que buscamos todos.

Acaso Catalina Alcántara, esa suerte de Catalina la Grande tropical, sea su alter ego; acaso lo sea Cristóbal Pérez de Lazarraga. Quién sabe. Lo cierto es que espoleado por sus propios fantasmas, Mañozga se nos aparece como un personaje muy cercano y actual, casi que moderno. Claro, si entendemos por moderno ese arquetipo que no se agota y que encontramos en Don Juan, el amante insaciable; en Harpagón, el tacaño consumado; o en Otelo, el poseso de los celos. Es una misma línea que nos muestra a Mañozga como la encarnación del fanático. En su espíritu lo identificamos. Sí. Es el fanático por antonomasia.

En conclusión, si pensamos en Mañozga hay que decir que los cazadores de brujas no han muerto. Que el pasado nos habla de un presente ya pasado y que la Modernidad, llena de contradicciones, arrastra sus propios anacronismos. Así la censura sigue festejando cacerías y persecuciones y sus propios aquelarres. Cambia de traje según la moda de los tiempos, y aguarda tras la puerta y con un puñal en alto a quien se atreva a pensar diferente. Ah, cuánto se parecen los extremos. Cuánto te pareces tú, Juan de Mañozga, a los demonios que tanto perseguiste.

german espinosa

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