21 Gramos. Alejandro González Inárritu. USA. 2003

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A veces estar pletórico de vida te acerca más que nunca a la muerte. Y, a veces, estar al borde la muerte te puede levantar hacia un nuevo soplo de vida. En 21 Gramos un hombre lleno de Dios se siente insuflado de vida para, tras un error, verse atrapado en la órbita de la muerte. Simultáneamente, otro hombre moribundo necesitado de un corazón se encuentra repentinamente con el corazón que necesitaba para alzar vuelo. Las dos caras del fenómeno biológico que definimos con las consabidas cuatro letras (vida), encuentran en esta película una mirada desde ambas caras. Las dos ponen al espectador contra la pared al preguntar qué tanto pesa el abandonarla y qué tanto el entrar en ella. Al final, será Naomi Watts quien encarne la esperanza al mostrarnos que la vida no para, que siempre vive en un curso perpetuo, que no cesa aunque muchas veces deseemos interrumpir su curso y, así, de ese modo, llegar a la muerte aun con vida.

Y es que cuando la vida termina despedazada por una tragedia, no queda más que entenderla de manera epiléptica, como si nos fuera dada narrarla a través de un síncope. De ahí que, más que un montaje fragmentado, en 21 Gramos encontremos realmente fragmentos de un montaje. Retazos de vida que se entienden mejor cuando se filma con cámara en mano, cuando un accidente fuera de campo y un plano fijo muestran un soplador de hojas dando cuenta de lo frágiles que somos; cuando se nos muestra que, al igual que unas hojas indefensas ante una ventisca, nuestra existencia es sumamente efímera, acorralada por fuerzas que a veces atacan sin decir hola ni rendir explicaciones porque, a fin de cuentas, sólo estamos aquí de paso.

Hay que decir que la muerte es el caos que guarda la más perfecta simetría. La que regula y controla. Es ese peaje que frena a la Vida y a su manía de desperdigarse en forma irresponsable por todo el globo. De no ser por ella, ya no cabríamos en este planeta. Él sería una gigantesca arca de Noé, abarrotada, y allí tendríamos que compartir un apretujado espacio con tortugas y batracios y antílopes, y ni digamos ya con la gente indeseable. De ahí que la muerte sea tan importante, porque, dentro de la aprensión y terror que nos genera, es ella el caos que nos conduce al mejor orden: a entender mejor nuestra naturaleza, la relación con nuestro entorno y las posibilidades de ser felices. A comprender que necesitamos una ley de renovación y finitud sin la cual no podría funcionar nuestra existencia en esta realidad tan complicada. Por lo tanto, es preciso decirlo: es ella nuestro mal más necesario.

Y así, por difícil que se nos antoje, por tozuda que sea nuestra mente en comprenderlo, la muerte es el acontecimiento que le da el verdadero valor a la vida. Su dimensión sagrada. El equivalente a esa cintilla de meta que aguarda al atleta y que da sentido a todo su esfuerzo. Es tan importante, que sin ella, la inmortalidad, al arropar nuestras existencias, las convertiría en una sucesión eterna y cansina, inagotable. Llena de días insoportablemente sosos.

Pero, ¿a cuento de qué decimos todo esto?  Lo decimos a razón de que lo que se nos narra en 21 Gramos—pese a su lejanía cinematográfica, a su irrealidad Hollywoodense— es algo con lo que cualquiera puede identificarse y reflejarse, porque de algún modo, todos hemos tenido o tendremos tratos con la muerte.

La presencia de la muerte y las preguntas que nos deja su mortífero golpe, descubren qué tan profundas son nuestras convicciones (como le sucede al personaje que interpreta Benicio del Toro); en qué somos capaces de convertirnos cuando estamos dispuestos a llegar incluso al asesinato (como le sucede al personaje de Naomi Watts); o hasta qué punto el amor es capaz de hacernos luchar y creer que todo lo que nos rodea no es huidizo ni perecedero (como le sucede al personaje de Sean Penn.)

Una viñeta aparte merece la actuación de Naomy Watts. Su interpretación logra conectar porque en sus maneras y en su rostro— el rostro del dolor— no habita el maquillaje de los sentimientos cosméticos sino un flujo de dolorosas emociones que, para ser creíbles, deben surgir desde el vientre. Desde las vísceras. De la interiorización de unas circunstancias que, al menor paso en falso, al menor matiz de mentira, dejan en evidencia su cariz postizo.

Finalicemos remarcando un mensaje que ondea en la película y que, relegado por la voracidad que impone el argumento, se advierte poco: sin importar los golpes, los ataques que nos llegan de eso que llamamos vida (o destino, o lo que antes se llamaba fatalidad o Providencia), siempre podemos tomar decisiones. Decisiones que vienen a solapar o a contribuir o a revalorizar esa lucha a brazo partido que nos plantean los problemas y sus callejones cerrados. 21 Gramos, a su manera, nos viene a decir que no hay tales. Que todos los callejones sin salida tienen resquicios. Incluso puertas (con letreros luminosos), pero que no vemos y que solemos ignorar por la ceguera de nuestros egoísmos más persistentes. Al final, nos dice 21 Gramos, la muerte siempre retorna a su curso: a la vida que renace.

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