El Señor Presidente. Miguel Ángel Asturias. Guatemala. 1946.

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Un poder totalitario no es totalitario solamente por su alcance inmoderado, por su capacidad intrusiva, por su fervor para quebrantar incluso lo pequeño y obstinarse en legitimar una y otra vez lo odioso. No. Es totalitario, además y principalmente, porque ante la amenaza de ataque sabe siempre responder con arrogancia, con una muralla de un violento y filoso desprecio.

Ocultando el rostro en la impunidad de sus desmanes, el régimen totalitario deja para sí el privilegio de desconcertar y teñir de ambigüedad sus golpes, la dirección de sus asaltos. Calla y ruge, simultáneamente, y en ese juego se permite el lujo de embestir con un terror emitido en voz baja. Casi en silencio. En el mismo silencio que habita en El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias.

Pero no. No nos engañemos: donde decimos silencio debe leerse habladuría y donde voz baja entender locuacidad impetuosa. Es ese tipo de habla que al callar señala con el índice eso que no se dice. Calla, pero designa; designa, pero sin revelar nombres. A la vez que se mueve en un registro endiabladamente polifónico, la novela encubre la realidad más corrosiva y tiránica. La que abarca casi todas las cosas. Allí, el poder corre en pos de ajusticiar al culpable atacando al inocente, presionándolo, y es por ello que el hombre sentado a la diestra del mando es Miguel “Cara de Ángel”, y el nombre del presidente no se dice.

Lo que sí tiene nombre es la técnica de Asturias: extraordinaria. Comprime todos los sucesos en sólo seis días -del 21 al 27 de abril- y los ensancha hasta acomodarlos en la cabeza del lector como si sucedieran en eones. No sabemos sus coordenadas. Asturias las omite a propósito. Oculta el nombre del país donde transcurre la historia porque esta historia medra al tenor de las sombras y lo que allí medra no debe nombrarse. Sin embargo, lo que de sutil y tenebroso hay en ella, evoca una curiosa mezcla: un coctel donde Gerard de Nerval y Edgar Allan Poe podrían darse la mano.

La narración se abre con la muerte del Pelele en El Portal del señor y cierra con la muerte de Miguel Cara de Ángel en un pútrido calabozo. Todos los sucesos caben entre estas dos muertes; en un hiato de dos sombrías nadas.

Con todo, no sólo oscuridad hallamos en El Señor Presidente. El amor irrumpe como salido del mar para salpicarnos y condimentar con átomos de sal tanta represión y para que Miguel Cara de Ángel abandone una tiranía para abrazarse a otra; a una quizá más dulce, tal vez menos amarga, y que por lo menos tiene el mérito de que puede llegar a ser retribuida. Hablamos de enamorarse.

La poesía también hace presencia en esta obra: “Le deben doler las hojas de Árbol de la noche triste”. En el inicio mismo atestiguamos una musicalidad cercana a un clamor tónico: “¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre!” Es un lenguaje que eleva la novela a la categoría de monumento. Que cobra tal fuerza que por momentos difumina la realidad hasta lograr unas fronteras borrosas, casi místicas, donde lo que sucede se desmigaja en una procesión adyacente al sueño.

Pese a su ubicación imprecisa —geográficamente hablando—, hay un claro sabor a Latinoamérica instalado en cada rincón de la novela. Lo vemos en los indígenas, en las calles y en los pórticos, en las vestimentas y también en la forma de expresarse. De ahí que aunque se haya dicho que El señor presidente aluda a Manuel Estrada Cabrera, dictador guatemalteco de principios de siglo XX, la novela pertenezca no sólo a la tradición dictatorial Latinoamericana sino que su espacialidad sea extensiva a toda ella.

Digamos, finalmente, que quien ignore la posibilidad de aunar en una misma obra cadencia musical y maestría narrativa que la visite en El señor presidente. No quedará defraudado.

Si bien el dialogo a solas del poder con el poder, por su carácter unilateral, produce una sensación de impotencia, el oído de la gran literatura que lo calibra y amplifica, como sólo ella puede, nos lo devuelve enriquecido. Atravesado por un prisma que revela los colores del arte y que, sin duda, ambientan y habitan esta obra.

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