Fahrenheit 451. Ray Bradbury. 1953. USA

Fahrenheit-451

Las ideas son como pequeños seres. Casi como virus. Se resisten a morir. Se saltan los precipicios. Se meten en todas las camas y se hiperventilan cuando les das razones y las pones en movimiento. Son peligrosísimas. Y de ahí que sean tan temidas en regímenes dictatoriales. Que se les censure porque cuestionan a quienes ejercen el mando y a esos gobiernos que cojean del mismo pie que los totalitarismos.

Aquí, en Fahrenheit 451, encontramos la historia de un régimen que prohibió los libros y de paso las ideas que allí viajan. Su método: quemarlos; su estrategia: maquillar la realidad con supercherías televisivas.

En este mundo, la sonrisa no está en la boca y la mirada no está en los ojos: ambas habitan, como en el 1984 orwelliano, en las pantallas y en los sueños de polietileno. Son pantallas que invitan a un silencio pasivo, a una mudez que impide desabotonar las ansias y darles vía libre para que hagan lo que se les dé la gana. Aquí, en este universo, todo se tiñe de una vaga y fatigada soledad. De una felicidad de ruinas pero maquillada con los colores del paraíso. Es un mundo que intenta jalarnos hacia el fango, conciliarnos con él,  y hacerlo pasar como el más deslumbrante de los jardines. Una esclavitud de terciopelo.

Si pensamos en ello, caminar en pos de la felicidad nos mueve siempre hacia una errancia que no fatiga. Una en la que el paladar nos deja siempre un gustillo a promesas. Entre idas y vueltas, con su aura de irrealidad, ella nos da la sensación de estar siempre al alcance de la mano, pues, rodeados de la muerte por un lado y de necesidades por el otro -algunas creadas, otras básicas-, ella se convierte en el oasis más apetecible. De ahí que nos fascine tanto, que nos cautive tanto el espejismo de su lejanía y que por ella estemos dispuestos a disimular los pecados que puedan cometerse en su nombre. Que, indiferente a nuestros delirios, la hayamos convertido en la máxima aspiración humana. En El fetiche. Pero ¿es así realmente? ¿Es realmente ella quien lo contiene todo porque a su vez lo es todo? Y de ser así: ¿de qué somos capaces por ella? ¿Hasta dónde llegaríamos con tal de alcanzarla? Fahrenheit 451, al respecto, satiriza algunas respuestas en tanto nos devuelve las anteriores preguntas.

Fahrenheit 451 nos muestra que vivir en pos de la felicidad, ansiándola de un modo enfermizo, nos puede lanzar a una ficticia, decorada con las guirnaldas de la represión y el oprobio. Nos muestra que cuando renunciamos a nuestra libertad, a la individualidad y a esa posibilidad de elegir que tenemos como sujetos de derecho, se rompe un hilo vital en nosotros: nos hominizamos, en lugar humanizarnos.

En un mundo como el de Fahrenheit 451, extraviamos las reglas del juego más elemental que establecimos como sociedad: el de poder decidir y elegir y de, simultáneamente, no hacerlo. Aquí jugamos un juego donde perdemos siempre. Indiferentes a la realidad, a los poderes imperantes, dejamos que éstos nos pongan una mano en la boca y otra en los ojos para decirnos qué es real y deseable. Cercados por las antenas televisivas, por las pompas de la frivolidad, renunciamos a nuestras conquistas más altas: a la posibilidad de pensar y del disenso, de establecer un dialogo con las ideas y el debate. Así, por esa misma senda, también el erotismo se halla sublimado. Contenido para que la pasión y las ganas de consumarla languidezcan por un estilo de vida creado para no desbordarse.

En las pantallas, nuestro cerebro hace gárgaras con el bebedizo más tóxico, ése que le hace la invitación más mortífera: no pienses. Es una forma de llamarnos con mil voces, porque, semejante a las sirenas de Ulises, no guarda en su laringe la menor certeza y sí un millar de trampas. Aquí, una carrera de caballos podría ser realmente un partido de tenis, o quizá una pelea de boxeo; aquí una persecución a muerte es nada más que la parodia de un prófugo que ve a salvo su propio asesinato.

Negarse a las posibilidades del arte, a las de la literatura y de la información, equivale a sumergirse en un río torrentoso donde renunciamos al oxígeno del mundo. Es una fábula que no tiene moraleja, porque, según parece, a nuestra celda la hicieron pasar por una cosa diferente: la disfrazaron de una habitación amoblada y pompadour, provista de un sinfín de antidepresivos. Es un mundo de confort donde un incendio subterráneo nos mina de a poco y donde, si no reaccionamos, no podemos vivir sin autoconsumirnos.

fahrenheit

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s