La tragedia: breve evolución.

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La tragedia no siempre ha sido la misma: en la Grecia de las guerras médicas, en la España del Siglo de Oro, en la Inglaterra Isabelina o en la Europa del Romanticismo, la tragedia ha presentado características propias; características tantas y tan diversas que a día de hoy suman tal cantidad de estudios que, si los juntamos a todos en ficheros, muy seguramente llenamos varios rascacielos neoyorkinos. Para espantarse.

Lo cierto es que en cada época y sin importar el nombre, asistimos a una reinvención de la tragedia.

Para el contexto griego parece claro que la tragedia surge en el siglo V con la consolidación de la democracia. Recordemos que en el año 480 A. C, los griegos libran una lucha decisiva: la batalla de Salamina. El resultado, narrado por Heródoto y hoy de conocimiento público, es el siguiente: tras hacer morder el polvo a los persas –en parte gracias al audaz Temístocles– los griegos pueden no sólo dormir tranquilos (sin la amenaza de Darios y Jerjes asomando a sus costas), sino que además fortalecen sus instituciones políticas (entre ellas la democracia). Así que aquí ya tenemos el escenario favorable para auspiciar representaciones teatrales. Tanto así que en los textos de Esquilo se vislumbra, por ejemplo, la satisfacción que brinda el tener una democracia.

Ya para el año 534 A. C. se exhibe la primera representación trágica. Aunque los chinos ya hacían teatro, son los griegos quienes dan forma y prácticamente inventan el género. El origen, si seguimos a Aristóteles y a su Poética, hay que buscarlo en los cantos corales que se hacían en honor a Dionisio, en los llamados ditirambos. Estos ditirambos suponen, en principio, una forma improvisada y coral que luego asumirá una forma escrita y más elaborada. Si bien al comienzo se hacían para representar a pequeña escala (porque básicamente es un género literario para representar), luego se transformarán en un evento de multitudes.

Un poco después, será Pisístrato quien instituya las fiestas dionisíacas que duraban ocho días. Entre los eventos creados para tales fiestas se encontraban los concursos teatrales: una competición a cuyo ganador se daba una corona de laurel y un coro para que lo implementara en su próxima representación. A la postre, Sófocles, Eurípides y Esquilo serán los participantes mas famosos de estos concursos.

Para el griego de entonces existían dos tipos de pensamiento: el Mythos y el Logos. Por el Mythos entendía la narración, y por el Logos la racionalidad. Es en estos dos tipos de pensamiento donde encontramos el porqué los griegos son quienes, en cierto modo, inauguran el modo de pensar racional. Un modo de pensar distinto al hebreo, pues mientras el griego sabe que la polis es de orden humano, aquél piensa que es de orden divino.

Los griegos denominaban al azar Tyche. Para ellos, aunque razonaran mucho, aunque se devanaron los sesos determinando qué camino tomar para huir a un dictamen fatídico, tanta cavilación terminaba en Tyche. Es decir: tomar una decisión frente a un destino aciago representaba una suerte de incursión por una escalera que, como salida de los dibujos de Escher, apuntaba simultáneamente hacia arriba y hacia abajo. Ahora bien, ¿cómo explicar esto, tamaña paradoja? Serán la tragedia y las preguntas que pone en escena quienes nos brinden una respuesta: la forma de responder a la Tyche es la que labra nuestra fortuna o desdicha. La Tyche no es ni buena ni mala, puesto que la decisión es nuestra; cualquier respuesta que nos de la Tyche es insuficiente.

De manera que la gran aspiración del griego es ser autosuficiente, en un sentido racional, pero esta tentativa choca contra la Tyche y las fuerzas que escapan a su dominio; he aquí su gran dilema. El destino no es ni injusto ni caprichoso, porque es lo que se obtiene al tratar de huir de la Tyche. En la tragedia, esta verdad se evidencia en la Aletheia, es decir, en eso que se muestra ocultándose, que se revela en una cosa pero que se oculta en otra. (Un ejemplo de ello serían los oráculos: como es incierto y ambiguo, me equivoco).

Una de las funciones principales de la tragedia es la producción de Catarsis o purga emocional —Eleos y Phobos–. Con esto se descubre el carácter paidético de la tragedia, el entendimiento del universo humano en su fragilidad, el Brotoi —lo efímero–. En otras palabras, la gran verdad que descubrió el teatro griego es que, en el fondo, la vida del hombre es siempre frágil.

Por otro lado, la interpretación nietzscheana del sentido de la tragedia nos aporta lo siguiente: el arte trágico, bien como labor artística, bien como experiencia mística, construye o dispone una conjunción tensa entre lo Apolíneo –la razón, el orden, la voz que por las mañanas me dice que hay que levantarse- y lo Dionisíaco –la pasión, la embriaguez, la vida nocturna–. En una palabra: la obra trágica se da mediante la tensión originada entre el orden y la sensualidad, entre lo apolíneo y lo dionisíaco.

Con la llegada de Shakespeare (y a diferencia de las representaciones características de la antigüedad), la tragedia se convierte en espectáculo. El dramaturgo inglés aparece en un mundo donde el hombre reclama para sí una racionalidad propia: estamos en la Modernidad. La felicidad en la modernidad es un derecho, la búsqueda del confort, la huida del dolor; todo lo opuesto al sentido trágico griego. En el mundo antiguo el yo está sujeto al colectivo, no hay emociones propias, ideas particulares, razones individuales; aquí el yo no importa sino la comunidad y la opinión de todos (o de una autoridad, como en el caso de Aristóteles). En la tragedia isabelina, por su parte, el hombre se ve por primera vez al espejo de sí mismo, en el reflejo de su alma individual. Esta vez es él quien busca las respuestas a sus temores personales y lo hace allí donde la muerte extiende su carpa, en la conversación con un espectro, en los oscuros cuencos de una calavera –Hamlet–.

El Romanticismo aportará a la visión trágica un punto de vista artístico al aproximar al hombre a lo que lo rodea, a la naturaleza, y al permitirse la representación de ésta no como un todo mecánico, funcional –como en la Ilustración–, sino como un organismo espontáneo y vivo, como una divinidad autocreativa que se distancia de la razón excesiva. De la tiranía de Descartes.

En el siglo XX, el siglo de los totalitarismos, la tragedia empuja al hombre a los abismos de su irracionalidad. El Teatro del Absurdo nace y toda representación teatral se tiñe de incertidumbre que nos conduce por un callejón de desconciertos, allí donde sólo puede caminarse con la cabeza gacha. Aquí, conocemos la era más esquizofrénica y turbia. Un mundo donde Albert Camus nos recordará a Calígula: un hombre perdido en una intrincada madeja de poder y soledad, y en donde no hay futuro. Es un siglo donde sólo puede vivirse sumido en la derrota, con las filosofías partidas, achicharradas por la radiaciones de Hiroshima. Es la tragedia que más ahonda, que más se acerca a lo humano.

Hasta aquí este breve resumen. Queda por otear lo que nos deja ya, subiendo del telón, este siglo XXI. Un telón y unos cortinajes que desde ya anuncian un espectáculo harto descorazonador e inquietante.

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