Los puentes de Madison. Clint Eastwood. 1995. USA.

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Llovió y llovió tanto que se enojaron los insectos. Una a una, gota a gota, la tierra se llenó del más húmedo murmullo. Un calor algo mercenario, algo insolente, cobijó el suelo con la memoria de todo lo vivido, con esos recuerdos y esa fracción de vida comprimida en algo más de cuatro días. Sí: esa era su última oportunidad, el momento para reanudar eso que lo cambió todo. Allí, bajo un cielo barrenado por las nubes, desparramado a cántaros, él permaneció por ella doblegado por el peso de las gotas y por eso que en su desconcierto se intuía. Pero no. No pudo ser. Ella decidió permanecer en el decoro, lejos de las murmuraciones. Más fuerza tuvo, esta vez, una fuerza superior, oscura. Un poderío que hizo presencia y agarró la manija del auto mientras, tiránicamente, imponía la intensidad de su misterio. Fue entonces que dejaron de enhebrarse. De encontrarse en las praderas de los ojos. Ya no fueron esa alegría que en los intersticios de un puente dibuja las lineas de una carta.

Qué descubrimiento para los dos. Cuánto se necesitaban. Después de encontrarse en ese cruce de caminos, en esa extraña casualidad tan infrecuente, despertaron al milenario sueño que lo atraviesa todo: a los poetas, a los pájaros, a las mareas, quién sabe si a los puentes. Era una oportunidad de una sola vía. La más crucial. Nada los habría preparado para descubrirse tanto, a tal límite, pues tal vez por eso, desbandados a un descenso de mares vaporosos, a sus mejores horas pasadas y futuras, bordearon el indeciso tamaño de la noche. El latir de los estambres. La esperanza que atraviesa un bosque acorazado.

Nuestra vida, a la edad de ellos, siempre odiará lo incalculable. Esa decisión que no elige raspaduras ni esa encrucijada que, lejos de las privaciones, nos quita una pirámide del pecho. Ah, cuán extraño lo que ansiamos: una pasión que supere la suma de mil soles, que lo abarque todo sin usar las manos. Una emoción que nos supere y que, a través de la tormenta, eleve la cometa de nuestros deseos. Eso y más ansiamos: acariciar las antenas de un insecto, ignorar esa alcoba que al levantarnos nos juzga en su desorden. Sí: eso hemos querido, cada vez, siempre. Ser ese cactus que acaricia mariposas de alas grandes, acabar con los egos de un corazón que se endurece.

Ahora llueve otra vez, a toda prisa, y un rumor llegado de otro mundo cae al calor de la carretera, al lado de las plantas, tras esas fotos que revelan los puentes de Madison. ¿De qué modo debía acabar esta historia? La respuesta escapa a estas márgenes. Con la proa en la eternidad, con las amarras sueltas al deseo, el barco de su cuerpo dejó que una pasión nueva ardiera. Hasta aquí nada diferente. Todo igual a tantas otras historias y, sin embargo, en sus horas finales, descubrimos la importancia de esta experiencia para ella: invisible en la ternura, escondida, pero a la vez llena de vida en sus diarios, en las fotos que le tomara Robert, Francesca decidió que su futuro debía alzar vuelo, abrazarse a ese puente en olas de cenizas; que el juicio de sus hijos corriera el velo de un pasado inédito, en apariencia intachable.

Ahora, el futuro se curva y los aleja lentos, temerosos, a un licor en la hierba desnuda, a un camino que suaviza las caídas, a un temblor en los pliegues de esos puentes que, rumorosos, bajo el tremolar de las aguas, tal vez callan eso que tantos (y tantas veces) soñaron y aún esperan: una certeza que se tiene sólo una vez en la vida.

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