Niebla. Miguel de Unamuno. 1914. España.

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Dada la amplitud y variedad temática que pone en escena la literatura –cuesta mucho encontrar temas sin tratar aún– no resulta extraño observar el tratamiento dado a la noción misma de realidad. ¿Qué tan real es la realidad? Parecería una pregunta obligada para un novelista y ni qué decir un cuentista. La frontera entre realidad y ficción, entre sueño y vigilia, como abono artístico, ha sido el terreno idóneo para que las creaciones literarias más audaces e impensadas alcancen las cuotas más agudas. Don Quijote, pongamos por caso, nos muestra a un viejo hidalgo sumergido en una fantasía caballeresca otrora existente, a la que luego va y construye él, en su propio tiempo, volviéndola corpórea.

En las mismas coordenadas gravita Madame Bovary, una suerte de versión femenina del ejemplo anterior: una mujer provinciana que embebida en lecturas novelescas se forma una concepción idealista del amor y que, cuando sale y confronta su “amor de novela” con el de “la vida real”, se encuentra con que éste dista mucho de aquél. Confunde la realidad, no la acepta y lucha a brazo partido con ella hasta suicidarse.

Hasta qué punto la literatura nos muestra la realidad, o en qué medida la realidad es reflejo de la literatura, parece ser un puente de doble sentido dirigiéndose a puertos seguros. Por un lado, la realidad puede verse sobrepasada por la literatura y, por otro, puede ser esta última la mejor aproximación de aquella.

Ahora bien, la realidad como manifestación de un sueño, como una posibilidad ilusoria, es sin duda un tema que recorre todas las épocas y culturas. Casi que podríamos afirmar que gran parte de la filosofía occidental ―de sus búsquedas y orientaciones―, se ha dedicado a erigir laberintos alrededor de esto para, acto seguido, arrojarse a ellos. En Oriente, por su parte, el Budismo nos ha dicho que el alma crea el mundo y lo despliega en su propia imaginación; en el hinduismo, oímos hablar del velo de Maya: un velo que nos impide ver que el mundo que nos rodea está hecho del mismo material de los sueños; en el Brahmanismo, se nos ha dicho siempre que sólo somos un sueño de Brahma. Coleridge, ya entrado el siglo XIX, se preguntaba que: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?”. Es la misma posibilidad que explora Gautier en El pie de la momia y que encuentra otra variante en el sueño de Alicia y el rey en Alicia a través del espejo. Sí, son muchos los ejemplos, y por supuesto no debemos olvidar el monólogo de Segismundo en La vida es sueño de Calderón de la Barca:

“¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.”

En Niebla, hallamos otra variante de esta posibilidad. Augusto Pérez, protagonista de esta novela y creación de Miguel de Unamuno, se entera por boca de su autor de lo que es y que aún ignora: un personaje, una mentira y una ficción sin asidero en el mundo verdadero. Es una revelación dura para Augusto, sin duda, pero también es una verdad que abre un geiser de creatividad alimenticia, más que enriquecedora, porque la implicación de sus consecuencias plantea una encrucijada que nos rodea de caminos y un sinfín de preguntas estimulantes para la mente, que extiende no sólo las posibilidades del arte sino también las de la vida misma. ¿Cómo reaccionaríamos (ya poniéndonos en los zapatos de Augusto) ante algo semejante? ¿Qué pasaría si nos enteramos de que no pertenecemos al mundo real, que somos sólo el sueño de alguien más, una mentira imaginada justo como el personaje de Borges en Las ruinas circulares: “No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo!”?

Esta verdad supone un traumatismo que Augusto Pérez duda en aceptar, no sólo por lo desconcertante y catastrófico que resulta para él, sino porque además supone una revelación positiva y decisoria; un hallazgo que nos sitúa frente a un espejo que no depende de nuestra percepción, sino de una que está más allá, objetiva, y que se acerca más que nunca a lo real, a mi yo verdadero y a ése que no puede huir de sí porque “sólo está de veras despierto el que tiene conciencia de estar soñando”, tal como dice Unamuno en el prólogo. Sí: es la misma búsqueda que persigue y enfrenta ―esta vez en el cine― el protagonista de La rosa purpura del Cairo y que encontramos también (aunque a la inversa de Niebla pues los personajes son conscientes de su origen ficticio), en Seis personajes en busca de autor de Pirandello.

Aquí la niebla es sinónimo de sueño. Todos somos entes de ficción. Y hemos de volver a la nada y a la niebla, a ese sitio de donde nos sacaron los dioses para soñarnos. A mí. A las personas a mi alrededor. A las que ya no están. Incluso a Miguel de Unamuno. Es la venganza de Augusto Pérez.

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