El hombre tranquilo. John Ford. 1952. USA

hombre_tranquilo_remasteriz

Qué bello es el mundo cuando un rayo de sol se arroja entre la campiña y se queda a vivir entre la arboleda. Ah, qué canto inigualable cuando esa carta que el cartero arrojó bajo la puerta volvió a salir por sí sola, y todo porque no fue leída.

Sí, qué bello cruzar el límite temido, las márgenes que nos constriñen. Vivir en un soleado florecer que apague nuestros miedos, las angustias, los sinsabores; en un luminoso día que se ría de los precipicios que nos acechan a diario.

Sí, qué bueno retornar al sendero de hierbas, a los días de andar descalzos. A ese viaje que John Ford recorre sereno en la mirada de Sean Thorton, escondido en sus puños de box, tras un tapete de gaitas; bajo un pulso en que la tradición enfrenta a las ideas venidas de otra parte.

Así que ahora no tenemos más que respondernos: ¿qué ha de suceder si un mensajero del polvo llega a nosotros, si toca a nuestra puerta?, ¿qué ha de pasar si busca amparo en nuestros valles? Después de conocer a Innisfree, ya sabemos cómo conducirnos: en primer lugar, hay que ayudar a bajar del tren al viajero, conminarlo a desandar los pasos, a descender hacia el calor de la tarde y a desempacar maletas. Es muy especial este primer momento porque, más tarde, a la hora de la brisa estival, nos ayudará a mostrar nuestro acento insumiso, pedestre; a explicar por qué el tiempo no existe allí donde el color rojo anida sin igual en una cabellera irlandesa.

Pero tal vez deseemos saber de dónde viene. A qué ha llegado. El porqué de este viajero. O quizá esas preguntas ya las sepamos y no tengamos más que repetírnoslas: a veces, ansiosos, atrapados en una red de sigilos, en una orfandad que nos persigue aun bajo las suelas, imaginamos un país que nos aleje de la muerte, que nos aproxime a un templo al interior de nuestra infancia; a un refugio que deshaga nuestras penas en el aire que se duerme.

Es entonces que presentimos un aletear de algo, de cierto fin grisáceo que nos persigue, que nos domina hasta lo indecible, pero que no deja verse. A veces, sin poder entenderlo, ese algo nos conmina a trasegar y trasegar, a un deambular gitano, que acaba en los brazos de lo que no llega. Es entonces que vamos con la voluntad en la garganta, viajando en un refugio sin techos, heridos a campo traviesa, hasta que un viejo camino aparece:

Es una vía donde se puede silbar y el calendario no cambia. Un sendero a la nostalgia dándonos una risa de humildad en la hierba. Sí, ahora podemos sortear las matas de heliotropos, notar que no tenemos una edad concreta. Que podemos prendernos en la ilusión de los castaños y abandonarnos a algún albor distante.

Son las hojas destinadas a alegrarnos.

Si nos detenemos con la sombra del musgo, los brazos aman callar lo irreversible, la rendición que no se avergüenza de su suerte. Aquí, no necesitamos volver al humo citadino, al frenesí del dinero, a ese sueño donde negamos las gracias; allí donde ansiamos una palabra que no viene. Ah, qué lugar para saciarnos; un paraíso desea ser así y no lo sabe.

Aquí, en Innisfree, estamos en todos los sitios. Como donde se crece y no se crece. Como donde callamos lo irreparable. Ahora, sólo por esta vez, abrazamos nuestra hora más ansiada: descubrimos estar vivos.

23324456

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s